¿Qué significa  

CONVERSIÓN

por Roderick C. Meredith

y

Herbert W. Armstrong

 

¿Cuántas veces ha escuchado usted a los no creyentes - juzgando a alguien que profesa a Cristo - decir con desdén: “¡Pues si esto es lo que significa ser un cristiano, prefiero mil veces no serlo!”?

¿Cuántos no hay que juzgan a Dios por la manera de vivir de quienes se dicen ser cristianos? ¡Y cuántos suponen que antes de que uno pueda convertirse en cristiano debe vivir una vida perfecta!

¿Cuántos no hay que dicen: “Si tan sólo pudiera dejar de fumar, me convertiría en cristiano”?

¿Cuántos no piensan que un cristiano debe ser perfecto, alguien que jamás hace nada malo? Suponga que usted, efectivamente, ve o sabe de un cristiano que comete un error. ¿Acaso ello significa que en realidad él es un hipócrita, que, después de todo, no es un verdadero cristiano?

¿Es posible que uno llegue a pecar en tanto que es cristiano, y que aun así siga siendo un cristiano verdaderamente convertido?

La asombrosa verdad es que muy pocos conocen lo que es, en efecto, un cristiano. Pocos saben cómo es que uno llega a ser convertido - si se trata de algo repentino, de algo que ocurre de una sola vez, o más bien de un proceso paulatino. ¿Acaso la conversión tiene lugar súbitamente, o es algo gradual? Es tiempo ya de que entendamos lo que constituye la verdadera conversión.

 

Primera parte:

CÓMO LLEGAR A SER UN CRISTIANO

 

¿Q

UÉ OPINA JESUCRISTO del espectáculo que ofrecen las diversas sectas, siempre en rivalidad, que se hacen llamar “cristianas”? ¿Enseñó Jesús varios métodos de salvación y señaló centenares de caminos que llevan a la vida eterna - o solamente uno?

     Desde la guerra de Corea y el advenimiento de la bomba de hidrógeno, millones de individuos se han vuelto asiduos concurrentes a las diversas iglesias que existen en el mundo. Más y más individuos están buscando comunión con Dios. Más gentes piensan en la religión.

     Pero, ¿qué clase de religión es la que adoptan? ¿Simplemente cualquier religión?

 

¿Qué iglesia?

 

     Quizás mucha gente sensata ha quedado estupefacta al leer los artículos recientemente publicados en revistas muy populares, que revelan cuán descuidados somos, casi todos, para seleccionar la iglesia a la que asistimos. Pero ciertamente este problema atañe a todos y cada uno de nosotros, y por lo tanto, es menester que hagamos algunas consideraciones al respecto.

     Si usted es miembro de alguna iglesia, ¿cómo escogió usted su iglesia - su teología?

     Trate de mirar este problema objetivamente - reflexivamente. Antes de que usted empezara a asistir a su iglesia predilecta, ¿trató primeramente de hacer un análisis cuidadoso, imparcial, de todas las iglesias, para ver cuál de ellas enseñaba más acerca de la verdad de las Sagradas Escrituras? ¿Estudió usted la Biblia para estar seguro de sus enseñanzas sobre varios puntos doctrinales?

     ¿O usted como tantas personas, simplemente creció en su fe particular y la aceptó sin jamás haber comprobado sus enseñanzas por sí mismo?

     Reflexione en esto. La gente emplea tiempo y esfuerzos para determinar qué clase o estilo de ropa debe comprar, qué carro debe manejar. El hombre prudente y la mujer sabia emplean muchas horas, meses, a fin de conocerse mutuamente antes de disponerse a hacer un contrato matrimonial para toda la vida.

     Pero proporcionalmente, las personas no son así de cuidadosas cuando se trata de unirse a una iglesia y sus doctrinas y depositar en éstas su esperanza de recibir un galardón eterno del Creador mismo.

     Sí, ya sea que pertenezcamos a una iglesia o no, los más de nosotros hemos sido muy descuidados al adquirir nuestras diversas creencias en Dios. Hemos sido tan descuidados, que hay más de cuatrocientas sectas, todas enseñando diferentes conceptos, en el nombre de Cristo y de Dios.

     Pero la Biblia dice, y el sentido común debiera decírnoslo también, que hay sólo un camino recto y justo. El apóstol Pablo escribió por inspiración divina: “Un cuerpo iglesia, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4.4-5).

     ¿Cómo podemos encontrar el camino recto para ganar la salvación? ¿Cómo podemos estar seguros?

 

La verdad comprobatoria

 

     Lo primero que debemos tener en mente es que si algunas de nuestras creencias son verdad, resistirán toda prueba y quedarán firmes. Si no son verdad, deberíamos desear descubrirlo y apartarnos de ese error lo más pronto posible.

     El inspirado Pablo exhorta: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5.21).

     Al probar cualquier asunto espiritual, debemos obedecer la admonición de Dios: “Y no te apoyes en tu propia prudencia” (Proverbios 3.5). La Palabra de Dios también nos instruye: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es caminos de muerte” (Proverbios 14.12).

     ¿Cómo hemos de comprobar entonces cuál es el camino de salvación señalado por Dios? ¿Dónde podremos encontrar la verdadera doctrina?

     “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3.16).

     Jesucristo dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4.4). Por lo tanto, a los cristianos les está mandado vivir por la Biblia - basar sus mismas vidas en las enseñanzas del Sagrado Volumen.

     Por lo cual, si de una manera honrada hacemos a un lado nuestras ideas, y empezamos a probar todas las cosas por la Biblia, ¿qué mejor enseñanza pudiéramos seguir que la de Cristo mismo? ¿Quién puede saber mejor cómo instruimos dentro del cristianismo, que Cristo?

     Dejemos a un lado nuestras opiniones e ideas por un momento, y veamos qué dice Jesucristo sobre este particular.

     Después de todo, ¡Él es el único que realmente sabe!

 

La senda cristiana

 

     En Mateo 7, Jesús exhortó a sus seguidores: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (versículos 13 y 14).

     Nótese que Jesús profetizó que pocos hallarían el camino que lleva a la vida eterna. No es el camino ancho, popular, que muchos se han imaginado. ¿Está usted seguro de que se halla en el camino que Jesús señaló como el que habrá de conducir a la vida abundante, eterna?

     Jesús nos advierte: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos” (versículos 15-17). Los “frutos”, el producto o los resultados de los verdaderos profetas, deberían ser pues, una sociedad llena de amor, gozo y paz - los “frutos” que siempre produce el Espíritu Santo (Gálatas 5.22-23).

     Las naciones occidentales se han llamado a sí mismas “cristianas”. Están llenas de iglesias que profesan ser cristianas.

     Pero, ¿cuáles son los frutos? ¿Amor y paz - o guerra?

     Enfrentémonos a la realidad.

     Hay algo terriblemente erróneo en esta sociedad nuestra que se hace llamar “cristiana”. Llamamos a Cristo, Señor nuestro - pero, ¿lo es en realidad?

     Jesús responde: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7.21).

     ¡”Honra de labios” no basta! Es menester que estemos haciendo la voluntad de Dios. Debemos actuar conforme a los mandamientos de Jesús. “Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;… y fue grande su ruina” (Mateo 7.26-27).

     Jesús predicó acerca de un camino de vida bien definido. Ese camino es obediencia a la voluntad de Dios el Padre. Cualquiera que profese ser cristiano, pero que vaya en diferentes direcciones, es comparado a “un hombre insensato”.

     Jesús clamó “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6.46).

     Antes bien, somos ridículos, ¿no es así? Hay infinidad de nombres en el mundo que pudiéramos escoger. Pero, ¿por qué los individuos, las iglesias, y las naciones se empeñan en llamarse “cristianos” mientras continúan enseñando y practicando caminos completamente diferentes a aquél que Cristo señaló?

 

La Biblia es estable

 

     Las ideas y enseñanzas religiosas de los hombres son variadas y confusas. Aun las grandes sectas han cambiado repetidamente sus doctrinas, de tiempo en tiempo. Pero la enseñanza de la Biblia es consistente e invariable.

     Los verdaderos siervos del Altísimo, en todas las edades han escrito y aleccionado sobre el mismo camino básico de obediencia a Dios. “Tu palabra es verdad”, dijo Jesús (Juan 17.17). Y en otra ocasión dijo: “La Escritura no puede ser quebrantada” (Juan 10.35). Dios no se contradice en su inspirada Palabra. Deberíamos tener eso en cuenta siempre que estudiamos la Biblia.

     Por lo tanto, Jesús continuó el mismo evangelio - no algo distinto.

     Durante los días del ministerio de Cristo, cierta persona se le acercó y le dijo: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?”

     Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mateo 19.16-17).

     Este es el camino que según las enseñanzas de Jesús, conduce a la vida eterna. Él nada dijo acerca de efectuar una ceremonia de “ingreso” a determinada iglesia, ni de sólo “aceptarlo” como el Salvador. Sus enseñanzas claramente indican que si Él ha de ser su Señor, su Amo, usted tiene que obedecerle.

     ¿Sabía Jesús lo que estaba diciendo?

     Según parece, muchas organizaciones de hombres creen que Él no sabía lo que estaba diciendo, porque han reemplazado sus palabras por una fe muerta y cierta creencia en su persona, pero niegan el camino de la salvación que Él marcó a través de sus enseñanzas.

     Los apóstoles continuaron predicando el mismo mensaje que Él trajo. Antes de ascender al cielo, les mandó que fuesen e instruyesen a todas las naciones: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28.19-20).

 

La enseñanza de los apóstoles

 

     Las enseñanzas del apóstol Pablo indican el mismo camino de vida que Jesús predicó; y Pablo mismo reconoció ese camino como lo que “cristianismo” en verdad significa. Él habló de haber sido perseguidor de los cristianos, diciendo; “Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres” (Hechos 22.4).

     En los días de Pablo, el cristianismo era reconocido como un camino de vida (Hechos 19.23, 24.14).

     ¿Exactamente en qué consiste este camino de vida?

     El apóstol Pedro da la respuesta: “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2.21-22). Cristo renunció a su propia voluntad y sufrió por nosotros. Él no hizo pecado. Nos dio el ejemplo para que nosotros siguiéramos sus pisadas. Eso, según lo expresa Pedro por inspiración divina, es nuestra vocación.

     En Gálatas 2.20, Pablo explica esto más ampliamente: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

     ¿Podría ser algo más claro?

     Pablo dijo que había crucificado su propia voluntad, y que Cristo estaba viviendo en él - dirigiendo totalmente su vida. Estaba viviendo no sólo por la fe en Cristo, sino por la misma fe del Hijo de Dios que moraba en él.

 

Cómo ser un cristiano

 

     Ningún ser humano puede, natural y normalmente, someterse a la voluntad de Dios y seguir el ejemplo de Jesús como se debe.

     Según explica Pablo, esto es así, “Por cuanto la mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. Así que, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” (Romanos 8.7-9).

     Es menester que tengamos el Espíritu de Cristo dentro de nosotros - guiando nuestros propios pensamientos y acciones - para que seamos reconocidos como su propiedad. ¿Y cómo recibimos el Espíritu de Dios?

     Cuando principió la Iglesia, el día de Pentecostés, Pedro contestó esta pregunta, diciendo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2.38).

     Tenemos que darnos cuenta de que nuestros propios caminos están equivocados, que han traído las guerras y los sufrimientos que hay a nuestro derredor, y disponernos a arrepentirnos, a volvernos completamente de nuestras antiguas sendas y permitir que Dios gobierne nuestras vidas. Entonces debemos ser bautizados, lo cual, según explica Pablo en Romanos 6.1-6, es la señal exterior de nuestra voluntad de sepultar completamente nuestro viejo hombre en una tumba acuática y surgir luego para andar en novedad de vida - siguiendo el ejemplo de Jesús.

     Entonces se nos ha prometido el “don” del Espíritu Santo para guiarnos a obedecer e imitar a Cristo - nuestro verdadero Señor y Maestro.

     El Espíritu de Dios es una porción de su propio carácter colocado dentro de nosotros para habilitarnos a vivir como se debe. Pablo nos dice que, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5.5).

     Hay muchas ideas humanas acerca de cómo deberíamos expresar este amor que todo cristiano debiera tener. Pero Dios mismo nos lo dice claramente en su Palabra.

     “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5.3).

     Sí, el amor de Dios siempre nos conducirá a obedecerle, a seguir el ejemplo de Jesús y de esta manera, llegar a ser verdaderos cristianos.

     Quizás la mejor definición de un “cristiano”, contenida en la Biblia, la encontramos en 1 Juan 2.6: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”. La versión Torres Amat vierte este pasaje en forma más precisa: “Quien dice que mora en él, debe seguir el mismo camino que él siguió”.

     ¿Cuántos de los “cristianos” de profesión se sienten hoy en día obligados a vivir como Cristo vivió?

 

La clave de la conversión

 

     La rendición completa, incondicional, del ego, al Creador y a Cristo como Salvador y Maestro, es la clave de la verdadera conversión.

     Si usted es realmente un cristiano - examínese a sí mismo. ¿Ha llegado al punto de creer en el Creador Dios y en la Biblia como su Palabra - su inspirada revelación al hombre? ¿Está usted dispuesto a rendir totalmente su voluntad para obedecer su Palabra - para estudiarla honradamente, celosamente, y vivir por ella?

     ¿Está usted preparado a dar en efecto, su vida a Cristo - rindiéndose completamente, voluntariamente, de manera que Él pueda vivir su vida en usted por medio del Espíritu Santo? ¿Está usted dispuesto a dejar de argumentar y decir: Sí, Señor, sea hecha tu voluntad y no la mía?

     Si usted sinceramente tiene esa actitud, debería ser bautizado, sumergido en agua - como señal exterior de su voluntad de sepultar por completo el viejo hombre en absoluta rendición a Cristo. “Rociar” o “derramar” no escenifica esa sepultura. Cristo ordenó y enseñó el bautismo por inmersión y también los apóstoles y la inspirada Iglesia del Nuevo Testamento.

     Si usted se encuentra indeciso acerca de este punto, o si desea mayor información respecto a la necesidad y el significado del bautismo por inmersión, escriba hoy mismo, solicitando nuestro folleto gratuito titulado: Todo acerca del BAUTISMO.

     Para ser en verdad cristianos, necesitamos estudiar la Biblia como nunca antes lo habíamos hecho, poniendo especial atención en el ejemplo y las enseñanzas de Cristo, arrepentirnos de nuestros caminos y rendir nuestras vidas a Dios expresándolo físicamente mediante el bautismo (inmersión total en agua) para que recibamos su Espíritu, el cual será nuestro guía.

     Que Dios le ayude a dar este paso, si en verdad está preparado - y que le ayude a encontrar la nueva, gloriosa y feliz vida de un verdadero cristiano guiado por el Espíritu Santo.

 

Segunda parte:

LA CONVERSIÓN

 

¿P

UEDEN PECAR LOS CRISTIANOS? Y si alguno lo hace, ¿significa su “perdición”? Primeramente, permítaseme formular - y contestar - la siguiente pregunta: “¿Qué significa la verdadera conversión cristiana?” ¿Acaso convierte a uno en cristiano el formar parte de una iglesia? ¿O se vuelve uno cristiano con sólo pronunciar las palabras: “Acepto al Señor Jesucristo como mi Salvador personal”?

     Acudamos a la Biblia en pos de una definición.

     En Romanos 8.6-9 leemos: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto la mente carnal es enemistad [hostil] contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que viven según la carne [los que son carnales] no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”.

     Así pues, un cristiano es alguien que ha recibido, y en cuya mente mora, el Espíritu Santo de Dios. De otra manera, no es de Él - es decir, no es cristiano.

 

La falsa conversión

 

     Millones podrán profesar ser cristianos, pero a menos que el Espíritu Santo de Dios, otorgado como su don, por medio de la gracia, esté en ese momento morando en ellos, ¡no son cristianos!

     Millones podrán tener sus nombres inscritos en los libros de registro de las diferentes iglesias, y aun así “no ser de Él” - ¡no ser cristianos en realidad! Y millones viven en este engaño (Apocalipsis 12.9).

     De manera que, ¡comprendamos esto! Una persona es un cristiano - a los ojos de Dios - únicamente en tanto que el Espíritu Santo de Dios more en él. ¡Ni un instante antes! ¡Ni un instante después!

     Y así, una persona verdaderamente convertida es la que ha recibido - y actualmente tiene - el Espíritu Santo de Dios morando en ella. Sin embargo, aún hay mucho más que entender con respecto a lo que constituye la verdadera conversión.

 

La verdadera conversión

 

     Si bien es cierto que en un sentido la verdadera conversión tiene lugar en un momento preciso - en un instante bien definido - también lo es que en otro sentido la conversión debe desarrollarse paulatinamente - a lo largo de una proceso de crecimiento y maduración.

     Ahora observe bien lo que a continuación se indica.

     ¿Cuándo es que uno se convierte realmente en un cristiano? ¡Cuándo recibe el Espíritu Santo de Dios! En Romanos 8.9 leímos que a menos que tengamos el Espíritu Santo, no somos de Cristo - no somos cristianos.

     Existe un tiempo específico y bien definido en el que el Espíritu de Dios entra en la persona. En el momento mismo en que recibe el Espíritu Santo, en el primer sentido antes mencionado, queda convertido. Sí, en un instante. Si tiene el Espíritu de Cristo, es de Cristo - ¡es cristiano! La vida misma de Dios ha entrado en él - lo ha impregnado. Ha sido engendrado como hijo de Dios.

     Pero, ¿significa esto que su salvación ha quedado asegurada? ¿Ha sido plena e irrevocablemente “salvo”? ¿Es esto todo lo que se requiere? ¿Se ha vuelto ahora, repentinamente, perfecto? ¿Le resulta imposible pecar en adelante?

     ¡No! ¡En absoluto! Pero, ¿por qué? ¿Cuál es la respuesta? ¿Por qué existe tanta confusión al respecto?

     ¿Por qué es que casi nadie comprende el propósito mismo de la vida cristiana?

 

El propósito de la vida cristiana

 

     ¿Por qué la gente no comprende el Evangelio mismo que Jesucristo enseñó? Él enseñó el Reino de Dios. Lo mismo hicieron sus apóstoles, incluyendo a Pablo. Jesús habló casi siempre en parábolas. Repasemos rápidamente una o dos de ellas. Observe lo que Jesús reveló. Trate de comprender el potencial maravilloso e increíble que tenemos:

     Veamos la parábola del noble que partió hacia un país lejano, para posteriormente regresar. Se encuentra en Lucas 19.11-27. Jesús es aquel noble. Él iba a un país lejano - al cielo, donde se encuentra el trono de Dios, sede del gobierno de todo el universo. Él pronunció esta parábola porque sus discípulos pensaron que el Reino de Dios habría de aparecer inmediatamente. Hasta la fecha han transcurrido más de 1.900 años y el Reino de Dios aún no ha aparecido.

     De suerte que en la parábola, Él llamó a sus diez sirvientes y a cada uno le dio diez minas (una unidad monetaria de aquel entonces). Esto simboliza una unidad de valor espiritual con la que cada uno habría de empezar. En otras palabras, esto representaba aquella porción del Espíritu Santo de Dios que fue otorgada a cada uno al momento de su conversión.

     Pero sus ciudadanos lo odiaban. Lo rechazaron como su gobernante. Dijeron, “No queremos que éste reine sobre nosotros”. El Reino de Dios es un gobierno reinante. Ellos, en aquel entonces, no recibieron la conversión - no les fue dada ni una sola “mina”. (Pero aún alcanzarán la conversión, según revelan muchas otras escrituras.)

     La razón de la partida del noble al cielo era “para recibir un reino y volver”. En otras palabras, El se dirigía al trono del gobierno de todo el universo, donde está sentado Dios Todopoderoso, el Padre, a fin de que le fuera conferido el dominio del mundo. La ceremonia de coronación tendrá lugar en el cielo, en el trono del gobierno universal. Cuando Él retorne, estará coronado con muchas coronas (Apocalipsis 19.12). Él volverá para regir a todas las naciones con poder divino y todopoderoso (versículo 15).

     Pero volvamos a Lucas 19. A su retorno, sus sirvientes, a quienes había hecho entrega del dinero - es decir, la unidad inicial del Espíritu de Dios al momento de su conversión - son llamados a rendir cuentas, “para saber lo que había negociado cada uno” mientras Él estuvo ausente. Esto significa que cada cristiano tiene la obligación de crecer espiritualmente - crecer en conocimiento espiritual y en gracia (véase 2 Pedro 3.18). La vida cristiana es una vida de aprendizaje - de entrenamiento para una posición dentro del Reino de Dios cuando seamos transformados de mortales a inmortales - cuando dejemos de ser humanos de carne y sangre para convertirnos en seres espirituales, con vida inmortal inherente en nosotros mismos.

     En la parábola, el primero de los sirvientes vino a reportar que había multiplicado en diez tantos lo que le había sido encomendado. Como usted puede ver, el recibir el Espíritu de Dios es un don que Él nos hace - es la parte que a Él le corresponde - y lo recibimos por medio de la gracia, como un don. Nada podemos hacer para ganarlo o merecerlo. Pero a todo lo largo del Nuevo Testamento se revela que seremos recompensados según nuestras obras, mas no salvos por esas obras que hayamos realizado. Este hombre, por su propia iniciativa, había multiplicado su don espiritual en diez tantos - su mina se había convertido ahora en diez minas. Recibió una mayor recompensa que aquél que sólo obtuvo cinco minas.

     El noble (Cristo) le dijo: “Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades”.

     Él había llenado los requisitos para convertirse en un gobernante. Había sido fiel a los mandamientos de Dios - a su gobierno. Debemos aprender a ser gobernados antes de poder, a nuestra vez, gobernar.

     El segundo siervo había aumentado en cinco tantos su acervo espiritual de bienes. Se había capacitado, en esta vida, en la mitad de lo que el primer siervo alcanzó. Recibió la mitad de la recompensa.

 

El Reino de Dios

 

     De manera que la parábola de las minas muestra que los cristianos habrán de gobernar bajo Cristo cuando sea establecido el Reino de Dios. Jesús hablaba de gobierno - de un gobierno mundial. Esta parábola fue dada para mostrar que el Reino de Dios no habría de ser establecido en aquel entonces. El Reino no es algo etéreo y sentimental que llevamos “en nuestro corazón”. ¡No es la Iglesia!

     La profecía de Daniel muestra que los santos habrán de gobernar, bajo Cristo el Mesías, cuando Él establezca su gobierno mundial. Véase Daniel 2 - lea todo el capítulo y entonces tome nota del versículo 44. Este Reino hará desaparecer toda otra forma de gobierno - todo gobierno humano - y permanecerá firme para siempre. Observe Daniel 7: y en particular los versículos 18 y 22. Será un reino terrenal - no uno en el cielo, sino “debajo de todo el cielo”, versículo 27.

     Jesús dijo: “Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro” (Apocalipsis 2.26-27).

     Dijo además, “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3.21). Cuando Jesús dijo esto a través del apóstol Juan en la década de los años 90 E.C., Él estaba en el cielo con su Padre, en el trono desde el cual se gobierna todo el universo.

     Cuando Jesús se siente en su propio trono sobre esta tierra, será el trono de David, en Jerusalén. Tome nota de lo que se dice de Jesús: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1.32-33).

     Pero Él no tenía pensado establecer el gobierno mundial del Reino de Dios en aquel entonces. La Biblia habla de tres mundos - o eras - en orden cronológico. En primer término, el mundo antiguo que fue sepultado bajo las aguas - anterior al Diluvio; después, este presente mundo malo; y, finalmente, el mundo por venir. Jesús, mientras era juzgado ante Pilato, dijo que había nacido para ser Rey (Juan 18.37), pero que su Reino no era “de este mundo” (versículo 36). ¡Él habrá de reinar en el mundo de mañana!

     Bajo Cristo, los santos (cristianos guiados por el Espíritu Santo) habrán de reinar “sobre la tierra” (Apocalipsis 5.10) durante mil años (Apocalipsis 20.4, 6).

     ¿Por qué ha sido engañado todo el mundo con un falso evangelio (Apocalipsis 12.9)? ¿Por qué ha sido engañado de manera que crea en un Reino de Dios que no es el verdadero? (Solicite nuestros folletos gratuitos, ¿Qué es el verdadero EVANGELIO? y EL REINO DE DIOS ¿sabe usted qué es?

     Lea una vez más las muchas parábolas de Jesús. Ahí se enseña el Reino de Dios. Ahí se revela claramente el hecho de que el Reino de Dios es el gobierno mundial que ya próximamente será establecido por Cristo, quien vendrá con todo poder y gloria, para traernos paz mundial, abundancia, dicha y felicidad.

     El propósito de la vida cristiana es entrenar a futuros reyes que gobiernen con y bajo Cristo. ¿Cómo, entonces, se convierte uno en cristiano? ¿En qué momento? Y, ¿cómo es que la salvación es un proceso, así como una fase inicial en la que uno se convierte, instantáneamente, en cristiano?

     He aquí la pura verdad que usted necesita saber.

 

El verdadero arrepentimiento

 

     Repito: “Un cristiano [un individuo verdaderamente convertido] es aquel que ha recibido, y en cuya mente mora, el Espíritu Santo de Dios”.

     Pero, ¿cómo recibe uno el Espíritu de Dios?

     En el día en que se inició la Iglesia de Dios, el apóstol Pedro dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2.38).

     ¿Arrepentirse de qué? ¿Del pecado? ¿Y qué es el pecado? “El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3.4).

     ¿Cuál ley? La ley a la que la mente carnal, que es enemistad contra Dios, no se sujeta - la ley de Dios (Romanos 8.7). Una vez más leemos del “Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen” (Hechos 5.32).

     Estas son las dos condiciones para recibir el don de Dios que es su Espíritu Santo: arrepentimiento y fe. El ser bautizado constituye la manifestación externa de nuestra fe interior en Cristo. El arrepentimiento no consiste únicamente en sentirse apenado por algo que uno ha hecho. Es, más bien, un sincero arrepentimiento de lo que uno es y ha sido - de toda su actitud pasada y su vida, separado de Dios. Es un cambio total de forma de pensar y de sentir y de vivir. Es un cambio hacia un nuevo camino de vida. Es una renuncia al camino egocéntrico de la vanidad, la codicia, la hostilidad a la autoridad, la envidia, los celos, el egoísmo y la falta de interés en el bienestar de los demás, y una aceptación del camino de vida teocéntrico (centrado en Dios), el camino de la obediencia, la sumisión a la autoridad, del amor hacia Dios mayor que el amor a sí mismo, así como también de un amor e interés por el bienestar de nuestros semejantes igual al interés que sentimos por nuestra propia persona.

     El amor es el cumplimiento de la ley de Dios (Romanos 13.10) - pero la ley de Dios es una ley espiritual (Romanos 7.14) y únicamente puede ser cumplida “por el amor de Dios [que] ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5.5).

     El Espíritu Santo abrirá la mente de cada uno de nosotros para que entienda las instrucciones de Dios con respecto a cómo vivir, pero no lo obligará a vivir a la manera de Dios - es decir, no atrae ni tampoco empuja a la fuerza. Cada cristiano debe tomar su propia iniciativa, si bien el Espíritu de Dios le brindará toda la ayuda, la fe y el poder que necesite. Pero son los que “son guiados por el Espíritu de Dios” quienes “son hijos de Dios” (Romanos 8.14).

 

La verdadera conversión cristiana

 

     Las dos condiciones ya citadas para llegar a ser un cristiano - el arrepentimiento y la fe - son algo que nosotros mismos debemos aportar.

     Pero éstas no nos convierten en cristianos - no producen la conversión. Es lo que Dios aporta - al otorgarnos su Espíritu Santo por medio de su gracia, como un don gratuito - lo que nos convierte.

     Nuestro arrepentimiento y fe no nos dan el derecho a recibir el Espíritu de Dios. Dios no nos da su Espíritu debido a que nos arrepentimos y creemos. Él da su Espíritu porque quiere darlo. Él quiere que tengamos su Espíritu como un don de Él desde antes de que nosotros nos arrepintamos. Es sólo que Él exige como condiciones el arrepentimiento y la fe.

     No obstante, ningún hombre puede decir, de sí, “Ah, ahora comprendo - debo arrepentirme. Está bien, decido arrepentirme”. Uno no puede decidir a la ligera arrepentirse, como si fuera algo de rutina. ¿Por qué?

     Jesucristo dijo que ninguno podía venir a él si el Espíritu del Padre no le trajera (Juan 6.44-45). Dios concede el arrepentimiento (Romanos 2.4). Dios llama a la persona y actúa en la mente y la conciencia por medio de su Espíritu, que opera desde el exterior. Por regla general se suscita un verdadero conflicto interno. La persona ha sido sacudida con el conocimiento de que ha practicado la maldad - de que ella misma es perversa - que ha pecado - en fin, que es un pecador. Es llevado al punto del verdadero arrepentimiento, no únicamente por lo que ha hecho, sino por lo que ahora ve que él es. No es nada fácil. El “yo” jamás se resigna a morir. Arrepentirse es rendirse incondicionalmente a Dios - ¡someterse a su ley!

     Sin embargo, es el individuo mismo quien toma la decisión. Si él, en efecto, se arrepiente, se rinde ante Dios y con fe acepta a Jesucristo como su Salvador personal, entonces, al cumplimentarse estas dos condiciones, Dios promete infundir su mente con el don del Espíritu Santo, que es la vida misma de Dios - vida espiritual. Este Espíritu le imparte a esa persona la naturaleza divina.

     Ahora bien, hasta este punto, ¿qué es lo que ha ocurrido?

     El recién converso apenas ha sido engendrado de Dios - no ha nacido aún. Muchas personas que creen haber “nacido de nuevo” al momento de recibir el Espíritu Santo están equivocadas, si bien más con respecto a la terminología que al proceso que tiene lugar. (Para una explicación completa, escriba solicitando nuestro folleto gratuito: ¿Qué significa “NACER DE NUEVO”?)

     Este nuevo converso no ha recibido la medida plena del Espíritu de Dios que Cristo tenía; es únicamente un bebé espiritual en Cristo. Ahora debe crecer espiritualmente, tal como un embrión recién concebido en el vientre de su madre debe crecer físicamente hasta estar lo suficientemente desarrollado para nacer como humano.

     El converso ahora se ha arrepentido en su mente, desde lo más profundo de su corazón. Ha sido completamente sincero. Con todo candor y sinceridad en su mente y corazón ha dado la media vuelta y ha empezado a vivir una vida diferente. Ahora es un cristiano - ha recibido el Espíritu Santo de Dios. Ha sido convertido, y es ahora cristiano. Realmente desea hacer lo recto - obedecer a Dios - vivir según el camino de Dios.

 

¿Qué ocurre si peca un cristiano?

 

     Tenemos, pues, que un cristiano convertido es alguien que ha recibido el Espíritu de Dios, el cual mora en él, guiándolo de manera que siga el camino de vida de Dios. Un cristiano convertido ha renunciado a su pasada forma habitual de vivir - su camino egoísta, desentendido de Dios. Ahora sigue como manera habitual de vivir el camino que revela la Palabra de Dios - vive en conformidad con esa revelación.

     Pero suponiendo - tal como ocurriría con un bebé de 10 ó 12 meses de edad que trata de aprender a caminar - que al “andar” en este nuevo camino, tropieza, “cae”, por así decirlo, y comete un pecado. ¿Acaso entonces está condenado - perdido? ¿Ha dejado de ser un cristiano?

     Quiero que todos entiendan y tomen nota de lo que el apóstol Juan fue inspirado a escribir para nuestro beneficio. Se encuentra en la primera epístola de Juan:

     Refiriéndose a Cristo, en su salutación inicial, como a “lo que era desde el principio… la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó; lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1.1-3).

     El verdadero cristiano ha sido reconciliado con Dios a través de Cristo. Y, dotado del Espíritu de Dios, en efecto disfruta de una verdadera comunión con el Padre y el Hijo, Jesucristo. Y aun su comunión con sus hermanos en la fe es a través de Dios y Cristo. Él está unido a ellos, tal como las diversas ramas están adheridas a una vid y unidas entre sí a través de y por esa vid. Compárese la analogía de Jesús en Juan 15.1-7. Es el caso que los cristianos, en efecto, caminan con Cristo - y dos no pueden andar juntos si no están de acuerdo entre sí (Amós 3.3).

     Continuemos ahora en 1 Juan: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad” (versículos 5-6). En otras palabras, Él - el Cristo viviente - camina en la luz - como si fuera sobre un sendero luminoso. Pero si nosotros andamos en tinieblas, entonces, el nuestro es un sendero completamente distinto, en el que existe la oscuridad. Y así, no estaremos andando con Él realmente, y si decimos que sí lo hacemos, estamos mintiendo.

     Pero suponga que al estar caminando con Él - en la luz - uno de nosotros tropieza y cae. No se trata aquí de rechazarlo a Él o al sendero que Él está siguiendo a fin de dirigirnos por un sendero diferente - uno de tinieblas. Si decimos, “Oh, lo siento”, ¿acaso no nos dará Él una mano y nos ayudará a levantarnos y a continuar con Él en ese mismo camino luminoso? ¿Acaso se enojaría Él y diría, “Apártate de mi camino - ve a seguir un sendero de tinieblas y oscuridad”?

     Viéndolo aún de otra manera, el verdadero cristiano ha abandonado su vida anterior de pecado habitual - y su actitud anterior de egoísmo y vanidad, en la que no tenía la menor intención de vivir según el camino de Dios. Pero ahora ha cambiado de dirección. En general, su vida, ahora, consiste en seguir el camino habitual de la vida cristiana.

     Sin embargo, él no es perfecto al minuto de convertirse y recibir el Espíritu de Dios. Debe crecer, espiritualmente, en la gracia y en el conocimiento de Cristo, según escribió el apóstol Pedro en su segunda epístola, capítulo 3 y versículo 18. Siendo una criatura de hábito, sus anteriores hábitos no lo abandonan automáticamente sin ningún esfuerzo de su parte. ¡Todo lo contrario! ¡Debe aprender a sobreponerse al pecado! Es inevitable que de vez en cuando sea sorprendido con la guardia en bajo y que cometa un error. Así que continuemos con 1 Juan 1: “Pero si andamos en luz” - es decir, aunque de vez en cuando podamos tropezar, se trata ahora de una caída ocasional - no de rechazar el camino de Dios - no de volver nuevamente a nuestra vida anterior de pecado continuo y habitual.

     ¿Empieza usted a comprender la diferencia? El verd