EL INCREIBLE POTENCIAL HUMANO

Capítulo 10

¿Qué significa la conversión?

    Cuántas veces ha escuchado usted a los no creyentes — juzgando a alguien que profesa a Cristo decir con desdén: «¡Pues si esto es lo que significa ser un cristiano, prefiero mil veces no serlo!»?

    ¿Cuántos no hay que juzgan a Dios por la manera de vivir de quienes se dicen ser cristianos? ¡Y cuántos suponen que antes de que uno pueda convertirse en cristiano debe vivir una vida perfecta!

¿Cuántos no hay que dicen: «Si tan sólo pudiera dejar de fumar, me convertiría en cristiano»?

    ¿Cuántos no piensan que un cristiano debe ser perfecto alguien que jamás hace nada malo? Suponga que usted, efectivamente, ve o sabe de un cristiano que comete un error. ¿Acaso ello significa que en realidad él es un hipócrita — que, después de todo, no es un verdadero cristiano?

¿Es posible que uno llegue a pecar en tanto que es cristiano, y que aun así siga siendo un cristiano verdaderamente convertido?

    La asombrosa verdad es que muy pocos conocen lo que es, en efecto, un cristiano. Pocos saben cómo es que uno llega a ser convertido — si se trata de algo repentino, de algo que ocurre de una sola vez, o más bien de un proceso paulatino. ¿Acaso la conversión tiene lugar súbitamente, o es algo gradual? Es tiempo ya de que entendamos lo que constituye la verdadera conversión.

¿Pueden pecar los cristianos? Y si alguno lo hace, ¿significa su «perdición»?

    Primeramente, permítaseme formular — y contestar — la siguiente pregunta: «¿Qué significa la verdadera conversión cristiana?» ¿Acaso convierte a uno en cristiano el formar parte de una iglesia? ¿O se vuelve uno cristiano con sólo pronunciar las palabras: «Acepto al Señor Jesucristo como mi Salvador personal»?

Acudamos a la Biblia en pos de una definición.

    En Romanos 8:6-9 leemos: «Porque la mentalidad de la carne es muerte, pero la mentalidad del Espíritu es vida y paz. Por cuanto la mentalidad de la carne es enemistad [hostil] contra Dios; porque no se somete a la ley de Dios, ya que ni siquiera puede; y los que viven según la carne [los que son carnales] no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él» (Versión Reina-Valera, Revisión de 1977).

    Así pues, un cristiano es alguien que ha recibido, y en cuya mente mora, el Espíritu Santo de Dios. De otra manera, no es de Él — es decir, no es cristiano.

La falsa conversión

    Millones podrán profesar ser cristianos, pero a menos que el Espíritu Santo de Dios, otorgado como su don por medio de la gracia, esté en ese momento morando en ellos, ¡no son cristianos!

    Millones podrán tener sus nombres inscritos en los libros de registro de las diferentes iglesias, y aun así «no ser de Él» — ¡no ser cristianos en realidad! Y millones viven en este engaño (Apocalipsis 12:9).

    De manera que, ¡comprendamos esto! Una persona es un cristiano — a los ojos de Dios — únicamente en tanto que el Espíritu Santo de Dios more en él. ¡Ni un instante antes! ¡Ni un instante después!

    Y así, una persona verdaderamente convertida es la que ha recibido — y actualmente tiene — el Espíritu Santo de Dios morando en ella. Sin embargo, aún hay mucho más que entender con respecto a lo que constituye la verdadera conversión.

La verdadera conversión

    Si bien es cierto que en un sentido la verdadera conversión tiene lugar en un momento preciso — en un instante bien definido también lo es que en otro sentido la conversión debe desarrollarse paulatinamente — a lo largo de un proceso de crecimiento y maduración.

Ahora observe bien lo que a continuación se indica.

    ¿Cuándo es que uno se convierte realmente en un cristiano? ¡Cuando recibe el Espíritu Santo de Dios! En Romanos 8:9 leímos que a menos que tengamos el Espíritu Santo, no somos de Cristo — no somos cristianos.

    Existe un tiempo específico y bien definido en el que el Espíritu de Dios entra en el individuo. En el mismo momento en que recibe el Espíritu Santo, en el primer sentido antes mencionado, queda convertido. Sí, en un instante. Si tiene el Espíritu de Cristo, es de Cristo — ¡es cristiano! La vida misma de Dios ha entrado en él — lo ha impregnado. Ha sido engendrado como hijo de Dios.

    Pero, ¿significa esto que su salvación ha quedado asegurada? ¿Ha sido plena e irrevocablemente «salvo»? ¿Es esto todo lo que se requiere? ¿Se ha vuelto ahora, repentinamente, perfecto? Acaso ¿ahora le es imposible pecar?

¡No! ¡De ninguna manera! Pero, ¿por qué? ¿Cuál es la respuesta? ¿Por qué existe tanta confusión al respecto?

¿Por qué es que casi nadie comprende el propósito mismo de la vida cristiana?

El propósito de la vida cristiana

    ¿Por qué la gente no comprende el mismo evangelio que Jesucristo enseñó? El enseñó el Reino de Dios. Lo mismo hicieron sus apóstoles, inclusive Pablo. Jesús habló casi siempre en parábolas. Repasemos rápidamente una o dos de ellas. Observe lo que Jesús reveló. Trate de comprender el potencial maravilloso e increíble que

tenemos.

    Veamos la parábola del noble que partió hacia un país lejano, para posteriormente regresar. Se encuentra en Lucas 19:11-27. Jesús es aquel noble. Él iba a un país lejano — al cielo, donde se encuentra el trono de Dios, sede del gobierno de todo el universo. Él pronunció esta parábola porque sus discípulos pensaron que el Reino de Dios habría de aparecer inmediatamente. Hasta la fecha han transcurrido más de 1900 años y el Reino de Dios aún no ha aparecido.

    Así es que en la parábola, Él llamó a sus diez sirvientes y a cada uno le dio diez minas (una unidad monetaria de aquel entonces). Esto simboliza una unidad de valor espiritual con la que cada uno habría de empezar. En otras palabras, esto representaba aquella porción del Espíritu Santo de Dios que fue otorgada a cada uno al momento de su conversión.

    Pero sus ciudadanos lo odiaban. Lo rechazaron como su gobernante. Dijeron, «No queremos que éste reine sobre nosotros». El Reino de Dios es un gobierno reinante. Ellos, en aquel entonces, no recibieron la conversión — no les fue dada ni una sola «mina». (Pero aún alcanzarán la conversión, según revelan muchas otras escrituras.)

La razón de la ascensión del noble (Jesús) al cielo era «para recibir un reino y volver». En otras palabras, Él se dirigía al trono del gobierno de todo el universo, donde está sentado Dios Todopoderoso, el Padre, a fin de que le fuera conferido el dominio del mundo. La ceremonia de coronación tendrá lugar en el cielo, en el trono del gobierno universal. Cuando Él retorne, estará coronado con muchas diademas (Apocalipsis 19:12). El volverá para regir a todas las naciones con poder divino y todopoderoso (versículo 15).

    Pero volvamos a Lucas 19. A su retorno, sus sirvientes, a quienes había hecho entrega del dinero — es decir, la unidad inicial del Espíritu de Dios al momento de su conversión — son llamados a rendir cuentas, «para saber lo que había negociado cada uno» mientras Él estuvo ausente. Esto significa que cada cristiano tiene la obligación de crecer espiritualmente — crecer en conocimiento espiritual y en gracia (véase 2 Pedro 3:18). La vida cristiana es una vida de aprendizaje — de entrenamiento para una posición dentro del Reino de Dios cuando seamos transformados de mortales a inmortales — cuando dejemos de ser humanos de carne y sangre para convertirnos en seres espirituales, con vida inmortal inherente en nosotros mismos.

    En la parábola, el primero de los sirvientes vino a informar que había multiplicado en diez tantos lo que le había sido encomendado. Como usted puede ver, el recibir el Espíritu de Dios es un don que Él nos hace — es la parte que a Él le corresponde — y lo recibimos por medio de la gracia, como un don. Nada podemos hacer para ganarlo o merecerlo.

    Pero a todo lo largo del Nuevo Testamento se revela que seremos recompensados según nuestras obras, mas no salvos por esas obras que hayamos realizado. Este hombre, por su propia iniciativa, había multiplicado su don espiritual en diez tantos — su mina se había convertido ahora en diez minas. Recibió una mayor recompensa que aquel que sólo obtuvo cinco minas.

    El noble (Cristo) le dijo: «Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades».

    Él había llenado los requisitos para convertirse en un gobernante. Había sido fiel a los mandamientos de Dios — a su gobierno. Debemos aprender a ser gobernados antes de poder, a nuestra vez, gobernar.

    El segundo siervo había aumentado en cinco tantos su surtido espiritual de bienes. Había calificado, en esta vida, para recibir la mitad de lo que al primer siervo se le entregó. Recibió la mitad de la recompensa.

El Reino de Dios

    De manera que la parábola de las minas muestra que los cristianos habrán de gobernar bajo Cristo cuando sea establecido el Reino de Dios. Jesús hablaba de gobierno — de un gobierno mundial. Esta parábola fue dada para mostrar que el Reino de Dios no habría de ser establecido en aquel entonces. El Reino no es algo etéreo y sentimental que llevamos «en nuestro corazón». ¡No es la Iglesia!

    La profecía de Daniel muestra que los santos habrán de gobernar, bajo Cristo el Mesías, cuando Él establezca su gobierno mundial. Véase Daniel 2 — lea todo el capítulo y entonces tome nota del versículo 44. Este Reino hará desaparecer toda otra forma de gobierno — todo gobierno humano — y permanecerá firme para siempre. Observe Daniel 7 y en particular los versículos 18 y 22. Será un reino terrenal — no uno en el cielo, sino «debajo de todo el cielo», versículo 27.

    Jesús dijo: «Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro ... » (Apocalipsis 2:26-27).

    Dijo además, «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:21 ). Cuando Jesús dijo esto por medio del apóstol Juan en 90 E.C., Él estaba en el cielo con su Padre, en el trono desde el cual se gobierna todo el universo.

    Cuando Jesús se siente en su propio trono en esta Tierra, será sobre el trono de David, en Jerusalén. Tome nota de lo que se dice de Jesús: «Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lucas 1:32-33).

    Pero Él no tenía pensado establecer el gobierno mundial del Reino de Dios en aquel entonces. La Biblia habla de tres mundos — o eras — en orden cronológico. En primer término, el mundo antiguo que fue sepultado bajo las aguas — anterior al Diluvio; después, este presente siglo (mundo) malo; y, finalmente, el mundo por venir. Jesús, mientras era juzgado ante Pilato, dijo que había nacido para ser Rey (Juan 18:37), pero que su Reino no era de este mundo (versículo 36). ¡El habrá de reinar en el mundo de mañana!

    Bajo Cristo, los santos (cristianos guiados por el Espíritu Santo) habrán de reinar «sobre la tierra» (Apocalipsis 5:10) durante mil años (Apocalipsis 20:4,6).

    ¿Por qué ha sido engañado todo el mundo con un falso evangelio (Apocalipsis 12:9)? ¿Por qué ha sido engañado de manera que crea en un Reino de Dios que no es el verdadero?

    Lea una vez más las muchas parábolas de Jesús. Ahí se enseña sobre el Reino de Dios. Ahí se revela claramente el hecho de que el Reino de Dios es el gobierno mundial que ya próximamente será establecido por Cristo, quien vendrá con todo poder y gloria, para traernos paz mundial, abundancia, dicha y felicidad.

    El propósito de la vida cristiana es preparar a futuros reyes que gobiernen con y bajo Cristo. ¿Cómo, entonces, se convierte uno en cristiano? ¿En qué momento? Y, ¿cómo es que la salvación es un proceso, así como una fase inicial en la que uno se convierte, instantáneamente, en cristiano?

He aquí la pura verdad que usted necesita saber.

El verdadero arrepentimiento

    Repito: «Un cristiano [un individuo verdaderamente convertido] es aquel que ha recibido, y en cuya mente mora, el Espíritu Santo de Dios».

Pero, ¿cómo recibe uno el Espíritu de Dios?

    En el día en que se inició la Iglesia de Dios, el apóstol Pedro dijo: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38).

    ¿Arrepentirse de qué? Del pecado. ¿Y qué es el pecado? «El pecado es infracción de la ley» ( 1 Juan 3:4). ¿Cuál ley? La ley a la que la mente carnal, que es enemistad contra Dios, no se sujeta la ley de Dios (Romanos 8:7). Una vez más leemos del «Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen» (Hechos 5:32).

    Estas son las dos condiciones para recibir el don de Dios que es su Espíritu Santo: arrepentimiento y fe. El ser bautizado constituye la manifestación externa de nuestra fe interior en Cristo. El arrepentimiento no consiste únicamente en sentirse apenado por algo que uno ha hecho. Es, más bien, un sincero arrepentimiento de lo que uno es y ha sido — de toda su actitud y vida pasada, separado de Dios.

    Es un cambio total de forma de pensar y de sentir y de vivir. Es un cambio hacia un nuevo camino de vida. Es una renuncia al camino egocéntrico de la vanidad, la codicia, la hostilidad a la autoridad, la envidia, los celos, el egoísmo y la falta de interés en el bienestar de los demás, y una aceptación del camino de vida teocéntrico (centrado en Dios), el camino de la obediencia, la sumisión a la autoridad, del amor hacia Dios más que el amor a sí mismo, así como también de un amor e interés por el bienestar de nuestros semejantes igual al interés que sentimos por nuestra propia persona.

    El amor es el cumplimiento de la ley de Dios (Romanos 13:10) — pero la ley de Dios es una ley espiritual (Romanos 7:14) y únicamente puede ser cumplida «por el amor de Dios [que] ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Romanos 5:5).

    El Espíritu Santo abrirá la mente de un individuo para que entienda las instrucciones de Dios con respecto a cómo vivir, pero no lo obligará a vivir a la manera de Dios — es decir, no atrae ni tampoco empuja a la fuerza. Cada cristiano debe tomar su propia iniciativa, si bien el Espíritu de Dios le brindará toda la ayuda, la fe y el poder que necesite. Pero son los que «son guiados por el Espíritu de Dios» quienes «son hijos de Dios» (Romanos 8:14).

La verdadera conversión cristiana

    Las dos condiciones ya citadas para llegar a ser un cristiano — el arrepentimiento y la fe — son algo que nosotros mismos debemos aportar. Pero éstas no nos convierten en cristianos — no producen la conversión. Es lo que Dios aporta — al otorgarnos su Espíritu Santo por medio de su gracia, como un don gratuito — lo que nos convierte.

    Nuestro arrepentimiento y fe no nos dan el derecho a recibir el Espíritu de Dios. Dios no nos da su Espíritu debido a que nos arrepentimos y creemos. Él da su Espíritu porque quiere darlo. Él quiere que tengamos su Espíritu como un don de Él desde antes de que nosotros nos arrepintamos. Es sólo que Él exige como condiciones el arrepentimiento y la fe.

    No obstante, ningún hombre puede decir, de sí, «Ah, ahora comprendo — debo arrepentirme. Está bien, decido arrepentirme». Uno no puede decidir a la ligera arrepentirse, como si fuera algo de rutina. ¿Por qué?

    Jesucristo dijo que ninguno podía venir a Él si el Espíritu del Padre no le trajera (Juan 6:44, 65). Dios concede el arrepentimiento (Romanos 2:4). Dios llama a la persona y actúa en la mente y la conciencia por medio de su Espíritu, que opera desde el exterior. Por regla general se suscita un verdadero conflicto interno. El individuo ha sido sacudido con el conocimiento de que ha practicado la maldad — de que es perverso — que ha pecado — en fin, de que es un pecador. Es llevado al punto del verdadero arrepentimiento, no únicamente por lo que ha hecho, sino por lo que ahora ve que él es. No es nada fácil. El «yo» jamás se resigna a morir. Arrepentirse es rendirse incondicionalmente a Dios ¡someterse a su ley!

    Sin embargo, es el individuo mismo quien toma la decisión. Si él, en efecto, se arrepiente, se rinde ante Dios y con fe acepta a Jesucristo como su Salvador personal, entonces, al cumplirse estas dos condiciones, Dios promete infundir su mente con el don del Espíritu Santo, que es la vida misma de Dios — vida espiritual. Este Espíritu le imparte a esa persona la naturaleza divina.

    Ahora bien, hasta este punto, ¿qué es lo que ha ocurrido? El recién converso apenas ha sido engendrado de Dios — no ha nacido aún. Muchas personas que creen haber «nacido de nuevo» al momento de recibir el Espíritu Santo están equivocadas, si bien más con respecto a la terminología que al proceso que tiene lugar.

    Este nuevo converso no ha recibido la medida plena del Espíritu de Dios que Cristo tenía; es únicamente un bebé espiritual en Cristo. Ahora debe crecer espiritualmente, tal como un embrión recién concebido en el vientre de su madre debe crecer físicamente hasta estar lo suficientemente desarrollado para nacer    como humano.

    El converso ahora se ha arrepentido en su mente, desde lo más profundo de su corazón. Ha sido completamente sincero. Con todo candor y sinceridad en su mente y corazón ha dado la media vuelta y ha empezado a vivir una vida diferente. Ahora es un cristiano — ha recibido el Espíritu Santo de Dios. Ha sido convertido, y es ahora cristiano. Realmente desea hacer lo recto obedecer a Dios — vivir según el camino de Dios.

¿Qué ocurre si peca un cristiano?

    Tenemos, pues, que un cristiano convertido es alguien que ha recibido el Espíritu de Dios, el cual mora en él, guiándolo de manera que siga el camino de vida de Dios. Un cristiano convertido ha renunciado a su pasada forma habitual de vivir — su camino egoísta, desentendido de Dios. Ahora vive habitualmente por la Palabra de Dios — vive en conformidad con esa revelación.

    Pero suponiendo — tal como ocurriría con un bebé de 10 ó 12 meses de edad que trata de aprender a caminar — que al «andar» en este nuevo camino, tropieza, «cae», por así decirlo, y comete un pecado. ¿Acaso entonces está condenado — perdido? ¿Ha dejado de ser un cristiano?

    Quiero que todos entiendan y tomen nota de lo que el apóstol Juan fue inspirado a escribir para nuestro beneficio. Se encuentra en la Primera Epístola de Juan:

    Refiriéndose a Cristo, en su salutación inicial, como a «lo que era desde el principio... la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó; lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1:1-3).

    El verdadero cristiano ha sido reconciliado con Dios mediante Cristo. Y, dotado del Espíritu de Dios, en efecto disfruta de una verdadera comunión con el Padre y el Hijo, Jesucristo. Y aún su comunión con sus hermanos en la fe es por medio de Dios y Cristo. El está unido a ellos, tal como las diversas ramas están adheridas a una vid y unidas entre sí a través de y por esa vid. Compárese la analogía de Jesús en Juan 15:1-7. Es el caso que los cristianos, en efecto, caminan con Cristo — y dos no pueden andar juntos si no están de acuerdo entre sí (Amós 3:3).

    Continuemos ahora en 1 Juan 1: «Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (versículos 5-6). En otras palabras, Él — el Cristo viviente — camina en la luz como si fuera sobre un sendero luminoso. Pero si nosotros andamos en tinieblas, entonces, el nuestro es un sendero completamente distinto, en el que existe la oscuridad. Por consiguiente, no estamos andando con Él, y si decimos que sí lo hacemos, entonces mentimos.

    Pero suponga que al estar caminando con Él — en la luz uno de nosotros tropieza y cae. No se trata aquí de rechazarlo a Él o su sendero por uno diferente — uno de tinieblas. Si decimos, «Oh, lo siento», ¿acaso no nos dará Él una mano y nos ayudará a levantarnos para que continuemos por ese mismo camino? ¿Acaso se enojaría Él y diría, «Apártate de mi camino — ve a seguir un sendero de tinieblas y oscuridad»?

    En otras palabras, el verdadero cristiano ha abandonado su vida anterior de pecado habitual y su actitud anterior de egoísmo y vanidad. Previamente no tenía la menor intención de vivir según el camino de Dios, pero ahora ha cambiado de dirección. En general, su vida ahora consiste en seguir el camino habitual de la vida cristiana.

    Sin embargo, él no es perfecto al instante de ser convertido y recibir el Espíritu de Dios. Debe crecer, espiritualmente, en la gracia y en el conocimiento de Cristo, según escribió el apóstol Pedro en su Segunda Epístola, capítulo 3 y versículo 18. Siendo una criatura de hábito, sus anteriores hábitos no desaparecen automáticamente sin ningún esfuerzo de su parte. ¡Todo lo contrario! ¡Debe aprender a sobreponerse al pecado! Es inevitable que de vez en cuando se encuentre desprevenido y cometa un error. Así que continuemos con 1 Juan 1:

«Pero si andamos en luz» — es decir, aunque de vez en cuando podamos tropezar, se trata ahora de una caída ocasional — no de rechazar el camino de Dios — no de volver nuevamente a nuestra vida anterior de pecado continuo y habitual.

    ¿Empieza usted a comprender la diferencia? El verdadero cristiano tiene la firme intención de vivir como lo manda Dios. Quiere y trata de hacerlo. Y, en general, ésta constituye ahora su nueva forma habitual de vivir. Un tropiezo o un pecado ocasional no significa que en su mente y en su corazón haya rechazado a Dios y a su camino. Continuemos:

«... como él está en luz» — si ése es ahora nuestro propósito, nuestra meta y nuestra forma habitual de vida — entonces «tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia [a quienes somos ahora cristianos] de todo pecado. Si decimos [nosotros, como cristianos] que no tenemos pecado, nos, engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (versículos 7-8).

    Si nosotros, ahora cristianos, decimos que ya somos perfectos — que jamás tropezamos, erramos o cometemos un pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Yo conocí a una mujer que se engañaba a sí misma de esta manera. Pretendía estar por encima de todo pecado — afirmaba que jamás pecaba. Y aunque era lo que muchos llamarían una «buena mujer», en realidad estaba cometiendo el más grande de todos los pecados — ¡el del orgullo y la vanidad espirituales! Se gloriaba de su estado de perfección. Carecía de humildad cristiana.

    Pero, si al caminar por este sendero luminoso con Dios, uno tropieza y cae, ¿acaso Dios lo desecha a uno como si fuera algo indeseable?

    Versículo 9: «Si confesamos [nosotros, los cristianos; no se está haciendo referencia aquí a los no convertidos] nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad».

    Es importante que tomemos nota de la palabra «si». «Si confesamos nuestros pecados». Cuando tropezamos, debemos estar dispuestos a reconocerlo — debemos arrepentirnos de ello debemos pedir perdón. Si lo negamos o echamos a otro la culpa, no seremos perdonados. Debemos confesarlo — ¡a Dios!

    «Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros». El contexto continúa en el segundo capítulo: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis».

    En otras palabras, no debemos pecar — debemos tratar de evitar cualquier pecado. Dios no nos da licencia para pecar. Pero, «si alguno hubiere pecado, abogado tenemos [nosotros, los cristianos] para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados [nuevamente, hablando de nosotros, que somos cristianos]; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo» ( 1 Juan 2:1-3). Pero, por supuesto, Él es la propiciación por los pecados de los no convertidos en el mundo únicamente a partir del momento en que llegan a arrepentirse de veras y tener la fe en Cristo.

La verdadera conversión — un proceso

    Por no comprender todo este proceso que hemos examinado, muchos se desalientan. Y algunos aun dejan de tratar de vivir una vida cristiana. ¿Por qué? Debido al falso concepto de que un cristiano es alguien que se vuelve perfecto de un solo golpe, o que uno no puede convertirse en cristiano sino hasta que haya vencido todos sus hábitos equivocados y se haya vuelto justo por su propio esfuerzo.

    Es vital que entendamos cómo opera el verdadero cristianismo. El cristiano recién engendrado debe crecer espiritualmente. ¿Qué pensaría usted de un bebé humano que de pronto alcanzara dos metros de estatura, sin pasar por el proceso de crecimiento? El crecer requiere tiempo. Hay un instante en el que la persona recibe la impregnación del Espíritu Santo de Dios — cuando por primera vez se convierte en cristiano. Pero es sólo un bebé espiritual debe crecer espiritualmente.

    La persona recién convertida con toda sinceridad ha dado una media vuelta en su mente y en su corazón. Efectivamente ha logrado hacer contacto con Dios y ha recibido su Espíritu Santo. La naturaleza divina de Dios mismo ha sido concebida dentro de ella. Pero es todo lo que tiene: Meramente una concepción — no la maduración completa. Aún es humana — mortal — de carne y sangre. Aún está compuesta de materia, no de espíritu.

¡Comprenda esto!

    Durante casi 6000 años, la humanidad ha seguido el camino del orgullo y la vanidad, del egoísmo y la codicia, de la indiferencia hacia los demás — ha sucumbido al espíritu de la competencia, de la oposición, de la discordia, del afán de adquirir y de exaltar al yo. Los humanos han vivido con la sola idea de agradarse a sí mismos; han dado rienda suelta a los celos, a la envidia, al resentimiento hacia los demás, a un espíritu de rebelión en contra de toda autoridad y de hostilidad hacia Dios y su ley.

El cristiano debe sobreponerse a estas tendencias.

    El cristiano debe desarrollar un carácter justo, que consiste en elegir el camino correcto, y resistir el equivocado — en disciplinarse a sí mismo para andar por el sendero debido, en lugar de continuar por el del deseo propio y de la vanidad.

El carácter perfecto

    El propósito de Dios al haber creado a la humanidad — al haber hecho que usted naciera — es reproducirse a sí mismo.

    Dios, por sobre todas las cosas, es carácter justo y perfecto. Y Dios puede crear carácter en nosotros; pero ello debe ser el resultado que proviene de una decisión libre e independiente de parte nuestra. Nosotros, como entes individuales, tenemos una parte importante que cumplir en el proceso.

    ¿Qué es el carácter perfecto? Es la habilidad que tiene un ente independiente, dotado de libre albedrío, de llegar al conocimiento del bien y del mal — de lo verdadero y de lo falso — y de elegir lo bueno, y tener la voluntad para ejercer la autodisciplina a fin de hacer lo bueno y resistir lo malo.

    Al igual que los músculos, el carácter se desarrolla y crece por medio del ejercicio. Yo sé que podría fortalecer mis músculos y hacer que mis brazos sean más fuertes si los contraigo y extiendo repetidas veces. Pero si a eso agrego un objeto pesado que oponga mayor resistencia, el músculo se desarrollará con mayor rapidez. Existe dentro de nosotros una naturaleza que ejerce una poderosa atracción magnética — una fuerza que va en contra del carácter perfecto y justo — a fin de darnos algo que resistir, con el exclusivo propósito de fortalecer y desarrollar el carácter adecuado.

    El carácter de Dios se aferra a su ley — hacia el camino del amor. Es una preocupación desinteresada por el bienestar de los demás. Dios tiene ese carácter. Se preocupa por el bienestar de usted y por el mío. Él dio a su único Hijo para reconciliarnos a Él y hacer posibles para nosotros la dicha de su carácter y la vida eterna (Juan 3:16). Él derrama sobre nosotros todo don bueno y precioso. Aún pone a nuestro alcance su naturaleza divina (2 Pedro 1:4) — cuando nos arrepentimos y abandonamos los caminos errados de este mundo; cuando empezamos a resistir al mundo y a acudir a Él por medio de la fe en Jesucristo como nuestro Salvador personal.

    La naturaleza divina de Dios es la naturaleza del amor — de dar, de servir, de ayudar — del interés por los demás. Es también la naturaleza de la humildad.

    Cuando uno se convierte — cuando se ha arrepentido y abandonado los falsos caminos del mundo — cuando ha recibido en un solo momento el Espíritu Santo de Dios, su humanidad, su naturaleza humana, no desaparece de repente. Esta también permanece. Aún ejerce esa atracción magnética. Aún seguimos viviendo en este mundo malo, y éste ejerce una atracción. Dios aún permite a Satanás continuar en el mundo y él también ejerce un magnetismo poderoso.

    De manera que son tres poderes dominantes los que debemos resistir y vencer. Debemos sobreponernos a Satanás, a este mundo y a nuestra propia naturaleza. Tenemos que luchar contra los tres a fin de que se desarrollen en nosotros fuerza y carácter. Dios dice claramente que son los vencedores quienes serán salvos — quienes reinarán con Cristo (Apocalipsis 2:26-27; 3:21; 21:7).

La ayuda de Dios

    Ningún ser humano tiene la fuerza suficiente para lograr esto por sí mismo. Debe pedir y recibir con fe la ayuda y el poder de Dios. Aún con el poder de Dios no podrá vencer estas fuerzas fácilmente o de una sola vez. ¡No es fácil! Cristo claramente dijo que el camino que conduce a la salvación final es duro y difícil (Mateo 7:13, 14). Es una lucha constante — una batalla contra el propio yo, contra el mundo y contra el diablo. La creación del carácter viene como resultado de la experiencia. Requiere de tiempo.

    Este desarrollo es un proceso. Se trata de un proceso de crecimiento y de gradual desenvolvimiento. Para llegar a la perfección, se requiere del conocimiento pleno y correcto de la Palabra misma de Dios, porque Jesús enseñó que debemos vivir por toda palabra de Dios (Mateo 4:4; Lucas 4:4).

    La mente natural e inconversa no puede comprender plena y correctamente las Escrituras de Dios. Pero el Espíritu Santo abre la mente a este entendimiento espiritual. La adquisición misma de este conocimiento es un proceso que requiere tiempo. Son los hacedores de esta Palabra, no sólo los oidores, los que serán salvos (Romanos 2:13).

    Pero, ¿acaso puede algún individuo hacer, en forma inmediata, todo lo que se requiere de él en este nuevo camino que está siguiendo? ¿Puede alguien de pronto vencer todos los hábitos que ahora reconoce que son equivocados? No, él se da cuenta de que tiene que luchar contra los hábitos que adquirió a lo largo de su vida.

    Aún debe sobreponerse a la atracción magnética de la naturaleza humana. Esta naturaleza constituye una ley que opera dentro de él — producida por las transmisiones de Satanás el diablo — el príncipe de la potestad del aire (Efesios 2:2). El mundo entero está sintonizado a la mente misma del diablo (Apocalipsis 12:9).

    El apóstol Pablo llama a esta atracción de la naturaleza humana — la ley del pecado y de la muerte.

    Pablo estaba convertido y fue un verdadero cristiano. Se había arrepentido, aceptado a Cristo, y recibido el Espíritu Santo. En su mente — con todo su corazón y con verdadera e intensa sinceridad — él quería hacer la voluntad de Dios. Pero, ¿acaso Pablo la hizo perfectamente?

Dejemos que él mismo nos lo diga. ¡Escuche!

La experiencia de Pablo

    «Porque sabemos que la ley es espiritual», escribió él, «mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago... De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí». Él está hablando aquí de la naturaleza humana que llevaba dentro.

    Continúa, «... porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago ... Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros» (Romanos 7:14-23).

    La ley de su mente es la ley de Dios — los Diez Mandamientos. La ley que está «en sus miembros» es la naturaleza humana. Entonces Pablo exclama: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» Enseguida da gracias a Dios — porque es Dios quien lo hará — a través de Jesucristo y por medio del poder de su Espíritu Santo. ¡Pero esto requiere tiempo!

    El cristiano verdaderamente convertido encontrará que con frecuencia tropieza bajo la tentación y cae — tal como un bebé físico tropieza y cae al estar aprendiendo a caminar. Pero el bebé de un año no se desalienta o deja de tratar de caminar. Se levanta y hace otro esfuerzo.

    ¡El cristiano verdaderamente convertido aún no es perfecto! Dios ve el corazón — el motivo interior — la verdadera intención. Si uno está tratando — si se levanta siempre que cae y con sincero arrepentimiento pide el perdón de Dios, y va de nuevo a poner su mejor esfuerzo a fin de que ese error no se repita — y si persevera con renovado empeño, Dios es generoso en misericordia hacia el hombre en su esfuerzo por vencer.

    Creo que ya debe ser obvio que el cristiano recién convertido no se vuelve perfecto de un solo golpe. Él no comete ni debe cometer pecados con un espíritu y actitud de rebelión en forma deliberada y voluntaria. ¡Precisamente eso es de lo que se ha arrepentido! Él ahora desea vivir por completo alejado del pecado. Pero para lograrlo de una manera perfecta, primero necesitaría tener todo conocimiento espiritual. Tendría que vivir por cada palabra de la Biblia. El Espíritu Santo imparte percepción espiritual para poder comprender la Biblia. Y llegar a entender toda la Biblia toma tiempo. Tenemos que crecer en el conocimiento de cómo vivir perfectamente sin pecar.

    Un cristiano puede, por fuerza de hábito o en un momento de debilidad y tentación, pecar. Pero si es cristiano, de inmediato se arrepentirá, y con base en este arrepentimiento el sacrificio de Cristo lo limpia de pecado (1 Juan 1:7-9).

    Frecuentemente las personas convertidas son abrumadas por tentaciones más poderosas que las anteriores a su conversión. Luchan contra el pecado, se esfuerzan por sobreponerse. Pero aún no son perfectas. Algunas veces son tomadas desprevenidas. En ocasiones aún pueden pecar. Entonces, por así decirlo, despiertan y se dan cuenta de lo que han hecho y se arrepienten. Se llenan de remordimiento — están verdaderamente apenadas — disgustadas consigo mismas. Acuden a Dios y claman pidiendo su ayuda pidiéndole más poder y fortaleza para vencer (Hebreos 4:16).

¡Este es el camino del cristiano!

    Es el camino de la lucha constante — de esforzarse por vencer el pecado — de buscar a Dios en oración sincera, pidiendo ayuda y poder espiritual para vencer. Y si son diligentes, constantemente ganarán terreno. Constantemente crecerán en el conocimiento de Dios, por medio de la Biblia. Constantemente erradicarán hábitos perniciosos, creando en su lugar hábitos provechosos. Continuamente se acercan a Dios a través del estudio de la Biblia y por medio de la oración. Siguen creciendo en carácter y se dirigen hacia la perfección — aún no son perfectos.

¿Y si uno muere?

    Pero, alguno preguntará, ¿qué ocurre si la vida de uno es cortada y muere antes de haber alcanzado esta perfección? ¿Será salvo o estará perdido? La respuesta es que nunca obtendremos la perfección absoluta en esta vida.

    He dicho anteriormente que una persona convertida, en efecto, recibe el Espíritu  Santo en un preciso momento — en un solo instante. No la plenitud que tenía Cristo. Sin embargo, es, en ese momento, un individuo convertido — cambiado en mente y en actitud, optando por otro camino, en el cual él mismo ha decidido andar. Y aunque todavía no haya alcanzado la perfección aunque tropiece bajo la tentación y haya algunas veces caído espiritualmente — en tanto que en su mente y corazón esté sinceramente dispuesto a seguir el camino de Dios, a sobreponerse a sus debilidades y a crecer espiritualmente — en tanto que el Espíritu de Dios esté morando en él — mientras sea guiado por ese Espíritu, sigue siendo un hijo engendrado de Dios.

    Si en cualquier punto a lo largo de su vida, muere prematuramente, ese hombre será resucitado — será salvo — se levantará inmortal en el Reino de Dios.

Jamás se dé por vencido

    Es únicamente aquel que se da por vencido y abandona el camino (Hebreos 10:38) — el que desprecia a Dios, el que rechaza su camino y a Cristo como su Salvador — el que descuida o se aparta del sendero de Dios, en su mente y en su corazón (en su propósito interior), quien deliberada e intencionalmente, en su interior — o bien, como resultado de una prolongada negligencia — abandona a Cristo — quien se perderá.

    Si una vez convertido, habiendo recibido el Espíritu de Dios y experimentado los gozos del camino de Dios, uno deliberadamente rechaza ese camino, toma la decisión, no bajo la presión de una fuerte tentación, sino deliberada y terminantemente, de no seguir el camino de Dios, entonces Dios dice que es imposible restaurar a semejante persona al arrepentimiento. Tendría que arrepentirse de esa decisión. Pero si la tomó voluntariamente, no en medio de una tentación apremiante, sino calmada y deliberadamente — libremente — entonces simplemente no se arrepentirá de ella.

    ¡Pero cualquiera que tema haber cometido el «pecado imperdonable» — que esté preocupado por ello y tenga el ardiente deseo de no haberlo cometido y aún desee y añore la salvación de Dios alguien así no lo ha cometido — puede arrepentirse y proseguir hacia la salvación, si ése es su deseo!

¿Qué hacer?

    Si usted ve a un cristiano cometer un error, no juzgue ni condene — ¡eso le corresponde a Dios, no a usted! Tengamos compasión y misericordia — nosotros no conocemos los motivos interiores de los demás — ¡únicamente Dios los conoce!

    Y si usted mismo ha tropezado y caído, no se sienta desalentado. Levántese y prosiga su camino.

Dios mira el corazón — la actitud — la intención.

    En tanto que uno, en su corazón, tenga el deseo verdadero de caminar en el camino de Dios con Él — en tanto se aflija y se arrepienta cuando haya cometido el pecado ocasional — y mientras busque en todo momento sobreponerse al pecado y andar en el camino de Dios habitualmente, ciertamente tropezará ocasionalmente, pero si confiesa su falta y se arrepiente, será perdonado. Por otra parte, si es diligente en su vida cristiana, sus caídas ocasionales serán cada vez menos frecuentes — estará haciendo buen progreso, venciendo, desarrollándose espiritualmente y creciendo en el carácter santo y justo de Dios.

    ¿Cuál es su actitud? Cuando usted ha pecado, ¿no ha tenido ello la menor importancia para usted? Si es así, está en terreno peligroso. ¿Justifica usted sus faltas, suponiendo que otros tienen la culpa? Eso jamás justificará sus pecados. ¿Aún desea seguir el camino de Dios? Entonces no es demasiado tarde. Apártese de los pecados, confiéselos — a Dios. ¡Arrepiéntase! Levántese, tome la mano que Cristo le tiende para ayudarle, y prosiga a la meta, sobreponiéndose al pecado y creciendo espiritualmente.

    Pero recuerde, una vez que usted sabe que realmente se ha arrepentido y que ha sido perdonado, no repita los pecados, sino olvídelos. Como escribió el apóstol Pablo, «olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús» (Filipenses 3:13-14).