EL INCREIBLE POTENCIAL HUMANO

Capítulo 11
La naturaleza humana, y como el mundo entero está engañado sobre su origen
EN UNA OCASIÓN ESCUCHÉ A ALGUIEN DECIR: «No más mira a ese lindo y dulce bebé — y pensar que está lleno de esa malvada y vil naturaleza humana».
¿Pero era esto cierto?
Piense en esta paradoja. ¿Cómo puede ser explicada? La mente humana puede producir verdaderas maravillas. Hemos enviado grupos sucesivos de hombres a la Luna. Hemos hecho posible que regresen salvos y sanos a la Tierra. Sin embargo, estas increíbles mentes humanas no pueden solucionar los problemas que tenemos aquí en la Tierra — no pueden producir la paz mundial. ¿Por qué? Toda la violencia, las guerras, la corrupción, la improbidad y la inmoralidad son cosas que se les culpa a la naturaleza humana.
Pero, ¿de dónde procede la naturaleza humana? ¿Acaso la inculcó el Sumo Creador en nosotros desde la creación? ¿Nacimos con ella? Y por favor tome en cuenta que estoy hablando de la naturaleza humana en su fase espiritual perversa — llena de vanidad, codicia, egoísmo, envidia, celos, competencia, contienda, rebelión contra toda autoridad, resentimiento y odio.
Para dar una respuesta completa se requiere un conocimiento de lo que es la naturaleza de la mente humana — accesible únicamente por medio de la revelación divina. Lo que compone la mente humana, en comparación al cerebro animal, ya ha sido explicado. Pero, ¿por qué tan maravilloso poder mental produce tanta maldad?
¿Acaso un Dios que es todo amor, misericordia y poder, deliberadamente plagó a la raza humana que Él mismo creó, con una naturaleza innata de vanidad, codicia y egoísmo — con un corazón de hostilidad contra Dios, lleno de engaño, envidia, celos y odio?
¿Cómo era Adán cuando fue creado?
Primero, veamos lo que es revelado sobre el primer hombre Adán y su naturaleza cuando fue creado.
La Biblia sólo revela, en forma muy breve, los puntos verdaderamente culminantes de la historia humana durante los primeros dos mil años: un tercio del tiempo transcurrido desde la creación del hombre hasta el presente. Apenas once capítulos están dedicados a todo ese período. El relato sobre la primera pareja creada se limita a un brevísimo sumario.
Los primeros seres humanos fueron el resultado del último acto de creación, en el sexto día de lo que comúnmente conocemos como «semana de la creación», registrada en Génesis 1:1.
Dios había creado la vida vegetal — la flora — en el tercer día de esa semana, y la vida animal — la fauna — durante el quinto y el sexto días, fijando que cada criatura se reprodujera «según su género» (versículo 25), es decir, el ganado de ganado, los leones de leones, los caballos de caballos, etc..
Y entonces dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza»; en otras palabras, «hagamos al hombre según el género Dios». ¡En realidad Dios estaba reproduciéndose a sí mismo!
Notemos que el nombre «Dios» — Elohim en la lengua hebrea en que originalmente se escribió el Génesis — es un sustantivo colectivo o uniplural, al igual que «familia», «grupo», «iglesia», etc. Se trata, por tanto, de una, familia compuesta por más de una persona. Es como un equipo, como una iglesia, que forma una unidad, pero una unidad compuesta por varias personas. El Dios a quien Jesucristo oró es el Padre de esa familia que es Dios. Dios es una familia, pero una sola, es decir, un Dios.
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27). ¿Por qué? Porque la reproducción humana es el tipo de Dios reproduciéndose a sí mismo. Y la reproducción física exige ambos sexos.
Pero continuemos: «Y los bendijo Dios... » ¿Acaso bendijo Dios al hombre creando en él una naturaleza malvada y pecaminosa, totalmente incapaz de someterse a los deseos divinos? « ... Y les dijo: fructificad y multiplicaos; llenad la tierra... » (Génesis 1:28).
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (versículo 31 ). Si los primeros humanos — tal como Dios los creó — eran «buenos en gran manera», ¿podía haber en ellos una naturaleza perversa y hostil a Dios?
Esta pregunta debería dar a todos los lectores bastante sobre que reflexionar.
¿Qué nos revela este relato de la creación de los primeros seres humanos acerca de Adán? ¿Qué nos dice acerca de la naturaleza de Adán al tiempo de su creación? Repito: esta parte de la Biblia se limita a consignar, muy brevemente, los puntos realmente culminantes. Sin embargo, lo poco que se nos revela es todo lo que necesitamos saber.
«El Eterno Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar... » (Génesis 2:19).
Aquí en el más breve resumen, podemos ver claramente si se nos está presentando una naturaleza rebelde y desobediente en Adán o, por el contrario, un espíritu de sumisión y obediencia a la voluntad divina.
No hay absolutamente ninguna indicación de rebeldía. Al contrario, vemos que Adán cumplió el deseo divino y puso nombre a los animales.
Este episodio revela la actitud y la naturaleza de Adán al tiempo de su creación, antes de que sucumbiera a la tentación satánica, descrita en el tercer capítulo de Génesis. Fíjese el lector atentamente. Nada, en el relato de lo ocurrido antes de la tentación satánica, indica en Adán la presencia de una actitud maligna, hostil o rebelde. Nada refleja en Adán una naturaleza torcida o un corazón lleno de engaño y maldad, atributos que Jeremías 17:9 asigna a la naturaleza humana. Ni advertimos tampoco en Adán una mente carnal, hostil contra Dios, que no está sometida a la ley divina ni puede estarlo (Romanos 8:7).
Pero tampoco se nos revela una naturaleza humana colmada del Espíritu de Dios. Adán no había tenido aún su confrontación con Satanás. Aún no había desobedecido. Pero tampoco había probado el fruto del «árbol de la vida» para recibir el inmanente amor y poder del Espíritu Santo de Dios, lo que le hubiera impartido una naturaleza divina (2 Pedro 1:4).
En consecuencia, la única revelación que tenemos respecto a la naturaleza de Adán, antes de su pecado, es que dicha naturaleza no era malvada, diabólica u hostil a Dios. Puede haber existido en él la naturaleza física y mental de la autopreservación, pero no una naturaleza satánica de egoísmo.
Tenemos que darnos cuenta de que Dios creó a Adán, y a la raza humana, para cumplir un propósito. Y necesitamos tener en mente, una vez llegados a este punto, qué propósito era ése.
Los ángeles habían habitado este planeta antes de la creación del hombre (2 Pedro 2:4-6). Y estos ángeles habían pecado. Dios les había dado a un rey — Lucero, un superarcángel — para que los rigiera conforme a las leyes del gobierno de Dios (Isaías 14:12-15; Ezequiel 28:11-17). Todo esto ha sido ya explicado en los capítulos anteriores.
Este altísimo rey, Lucero, era el ser supremo, en lo que a perfección creada se refiere (Ezequiel 28:12-15). Pero recordemos que el carácter santo y justo es algo que no puede ser creado por un acto instantáneo de creación. Es algo que debe ser desarrollado, dentro de una entidad independiente, por medio de un proceso en el cual el ser creado llega a distinguir el bien del mal, a escoger el bien y a rechazar el mal, aun en contra de sus propios deseos de satisfacción egoísta.
El gran Lucero y los ángeles que le siguieron (aparentemente una tercera parte de todos los ángeles) fueron originalmente creados como seres inmortales, compuestos de espíritu. Pero, a fin de que pudieran tener personalidad e individualidad como seres independientes, era necesario que estuvieran provistos con facultades para conocer, pensar, razonar y tomar sus propias decisiones.
Esos ángeles rebeldes siguieron a su rey Lucero en la decisión de alejarse de Dios, rebelándose contra su gobierno — su camino de vida. Se rebelaron contra el sendero del amor y del interés hacia el bienestar de los demás. El camino de la humildad, obediencia y amor de la criatura hacia su Creador — el sistema del dar, servir, cooperar, y compartir. Pero los ángeles rebeldes escogieron el camino de la vanidad, la ambición, la codicia, la rebelión, los celos, la envidia, la competencia, la lucha, la violencia, el resentimiento, la amargura y la destrucción. Obviamente, los restantes dos tercios de los ángeles han permanecido fieles, leales y obedientes al gobierno de Dios.
Pero ahora, para cumplir el propósito divino para los habitantes de esta Tierra, para realizar la inmensa e imponente finalidad de Dios a través de todo el universo (que pudo haber sido de los ángeles si no se hubieran rebelado), Dios está reproduciéndose a sí mismo por medio del ser humano.
Lucero, el superarcángel, era el supremo pináculo de los poderes creativos de Dios, el máximo de perfección que Dios podía producir en un ser creado. Al rebelarse Lucero, Dios quedó como la única entidad totalmente incapaz de desviarse de los rectos senderos divinos. Para Dios, es imposible pecar. ¡Él nunca pecará! Y fue entonces que Dios trazó el propósito de reproducirse a sí mismo por medio de los seres humanos.
Semejante propósito exigía el desarrollo en los humanos del mismo carácter santo y justo de Dios. Y era necesario, para que este propósito se cumpliera, que el hombre estuviera compuesto de materia física, que escogiera someterse al gobierno de Dios, que rechazara a Lucero (ahora convertido en Satanás, el Adversario) y a su rebeldía egoísta, y que luchara por sobreponerse a ese egoísmo. El propósito que Dios trazó al colocar al hombre sobre la Tierra sólo puede cumplirse si el hombre escoge la obediencia al gobierno divino, si el hombre selecciona el camino de Dios, desistiendo total y absolutamente de seguir el que Satanás le propone.
Dios, pues, creó al hombre de materia física. Y creó en él una mente como la suya, aunque inferior, pues esa mente humana estaba compuesta de cerebro físico, dotado de intelecto por un espíritu (esencia) — así es con todos los seres humanos.
Aunque el carácter sagrado y justo que debe desarrollarse en el hombre realmente debe proceder de Dios, cada uno tendrá que tomar sus propias decisiones. Cada quien debe escoger si va a rechazar a Satanás, luchar contra sus seducciones y obedecer las leyes divinas.
Adán fue compelido, por consiguiente, a hacer su propia elección. Dios deliberadamente permitió a Satanás la oportunidad de enfrentarse con Adán y proponerle a éste su camino de rebeldía. Pero Dios no quiso que Satanás llegara primero a Adán. Dios mismo le había enseñado a Adán cuáles eran sus caminos: obediencia al gobierno de Dios que se basa en las leyes divinas, al igual que antes les había dado las mismas enseñanzas a Lucero y a sus ángeles.
Luego Dios permitió a Satanás enfrentarse a Adán, pero Satanás tuvo que hacerlo mediante la mujer de Adán. Satanás sutilmente se las ingenió para engañar a Eva, haciendo que ésta descreyera lo que Dios les había enseñado. Adán siguió a Eva en su elección de rebelarse contra Dios y rechazar sus enseñanzas. Adán y Eva se arrogaron la facultad de discernir el bien del mal, distinguiendo por sí mismos lo uno de lo otro.
Y entonces algo les ocurrió a las mentes de Adán y Eva: los ojos de ambos se abrieron (Génesis 3:7). El espíritu y la actitud de rebeldía penetraron en sus mentes. Sus mentes (corazones) se pervirtieron, se llenaron de engaño y maldad.
Y esa maldad que se apoderó de ellos procedía de Satanás, no de Dios. Ellos no habían sido creados con esa naturaleza perversa.
Pero, ¿cómo es que la humanidad, hoy en día, ha llegado a tener esa actitud negativa que nosotros llamamos «naturaleza humana»? ¿Es que los hijos de Adán y Eva la heredan de ellos? ¿Es que esa actitud se transmitió a nosotros por herencia?
Consideremos un ejemplo acerca de la herencia. Dios hizo que Adán se durmiera, y extrajo de él una de sus costillas, con la cual hizo a Eva. ¿Es que todos los hombres en la actualidad se encuentran con que, por herencia, les falta una costilla? ¡Por supuesto que no! Las características adquiridas no se transmiten por medio de la herencia.
La actitud o «naturaleza» pecaminosa de Adán y Eva fue escogida por ellos, y fue algo que adquirieron de Satanás. No se trata de algo que ellos, por herencia, transmitieron a sus descendientes. El mismo Dios llama al segundo hijo de Adán y Eva «el justo Abel».
Entonces, ¿cómo se explica que los humanos, universalmente, hayamos llegado a tener esta actitud negativa, a la que hoy en día llamamos «naturaleza humana»?
La explicación se encuentra, en parte, en la Segunda Epístola del apóstol Pablo a los Corintios. Pablo dijo a éstos que él deseaba presentar esa Iglesia «como una virgen pura a Cristo». Y añadió: «Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo» (11:2-3).
Satanás todavía estaba activo en la Tierra cuando Pablo escribió su epístola. (La razón se explica en otra parte de este libro.) Los corintios no habían recibido su mala naturaleza por herencia. Más bien Pablo temía (ya en época del Nuevo Testamento) que ellos pudieran ser engañados directamente por Satanás en la misma forma en que lo fue nuestra madre original.
Eva no tenía una mente malvada antes de que Satanás se le presentara. Pero éste, sutilmente, se las ingenió para engañarla. Los hijos de Eva no nacieron con esa naturaleza perversa. Ni tampoco nacieron con ella los miembros de la Iglesia de Corinto. Pero Pablo temía que Satanás, todavía obrando el mal después de 4000 años, pudiera pervertir sus mentes, como ya mucho antes lo había hecho en el caso de Eva.
Satanás todavía se mantenía activo en la época en que Jesucristo vino a este mundo. Él trató de destruir al niño Cristo. Y Satanás seguía haciendo de las suyas cuando Jesús, a la edad de 30 años, fue bautizado. Trató entonces de destruirlo espiritualmente, tentándolo. Al igual que había destruido espiritualmente a Adán, procuró hacer lo mismo con el «segundo Adán». ¡Y Satanás sigue activo hoy en día!
Sin embargo, Satanás se las ha arreglado para convencer a muchas de las mejores inteligencias de nuestros tiempos (si no a todas) de que él sólo es un mito inexistente. Las inteligencias más brillantes, sin siquiera sospecharlo, están engañadas (Apocalipsis 12:9).
¡He aquí una verdad que usted necesita conocer!
A la Iglesia de Efeso, Dios dijo, por medio del apóstol Pablo: «... Vosotros... anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia» (Efesios 2:1-2).
Trate de comprender. Satanás es aquí llamado el «príncipe de la potestad del aire». Yo no hubiera podido comprender esto hace sesenta años. En ese entonces no me daba cuenta de cómo puede ser transmitida instantáneamente la comunicación de sonido e imagen por el aire.
En previos capítulos he hecho hincapié en que el ex-arcángel Lucero fue el ser más perfecto y poderoso que Dios creó. Satanás es compuesto de espíritu y por eso es invisible a los ojos humanos.
Este ser grande y poderoso, aunque malvado, tiene literalmente el poder de sobrellenar el aire que rodea esta Tierra. En otras palabras, ¡Satanás transmite!
No importa donde usted se encuentre en el momento de leer estas líneas, lo más probable es que, en torno suyo, haya voces (y tal vez música) en el aire. Un radio o televisor, sintonizado en la longitud de onda adecuada, hará que esos sonidos e imágenes le sean audibles y visibles.
El espíritu dentro de cada ser humano está automáticamente sintonizado en la longitud de onda de Satanás. Usted no oye nada porque Satanás no transmite con palabras, ni con sonidos, musicales o de otro tipo. Satanás transmite en actitudes. Transmite en actitudes de egoísmo, lujuria, codicia, vanidad, celos, envidia, resentimiento, competencia, lucha, amargura y odio.
En breve, el egoísmo, la hostilidad, el engaño, la maldad, la rebelión, etc. — todo eso que llamamos «naturaleza humana» realmente es la naturaleza satánica. ¡Esa es la actitud de Satanás! Y transmitiéndola, sobrellenando el aire con ella, Satanás realmente influye en el mundo actual, sin que éste siquiera lo sospeche. Así es como Satanás engaña hoy en día al mundo entero (Apocalipsis 12:9 y 20:3). Siendo Satanás invisible, la gente ni lo ve ni lo oye.
El príncipe de la potestad del aire — el dios de este mundo es la fuente real de lo que nosotros hemos llegado a llamar «naturaleza humana».
¡Y ésta es la verdadera causa de todos los males del mundo! Pero parece que nadie es capaz de comprenderlo así y, por consiguiente, el mundo no toma medida alguna al respecto. El mundo sigue culpando a la naturaleza humana y suponiendo que fue Dios quien nos creó con esa naturaleza malvada. En realidad, se trata de la naturaleza de Satanás.
Permítame dar un ejemplo de la forma en que podemos ser impulsados, influidos y dirigidos por Satanás, mediante las «transmisiones» que él nos envía a través del aire. Cuando Dios quiso que los judíos cautivos en la antigua Babilonia retornaran a Jerusalén para construir el segundo templo, Dios sembró esta idea en la mente de Ciro, rey de Persia. El Imperio Persa le había arrebatado el poder a Babilonia. Lo que sigue es la explicación de cómo Dios motivó a Ciro a actuar en la forma deseada por Él:
«En el primer año de Ciro rey de Persia... despertó el Eterno el espíritu de Ciro rey de Persia, el cual hizo pregonar... por todo su reino... » el regreso de un contingente de judíos a Jerusalén (Esdras 1:1).
Dios no le habló a Ciro en palabras ni mediante otra forma de comunicación directa, como había hablado con Moisés y con los profetas. Dios se comunicó con Ciro por medio del espíritu de éste. Dios despertó su espíritu, haciendo que Ciro deseara tomar la medida a que nos hemos referido. Dios hizo que Ciro supiera que, al hacer su proclamación respecto al retorno de los judíos, estaba actuando de acuerdo con la voluntad divina.
Aplicando este mismo principio, Satanás, el príncipe de la potestad del aire, despierta los espíritus de los humanos, infundiendo en ellos actitudes, estados de ánimo e impulsos de egoísmo, vanidad, lujuria y codicia, actitudes de resentimiento contra la autoridad, de celos y de envidia, de competencia y lucha, de violencia, asesinato y guerra. La gente no reconoce la fuente de tales actitudes, sentimientos, motivaciones e impulsos. Como ya dije, la gente no ve al invisible Satanás. No oyen una audible voz y no saben que estas actitudes proceden de Satanás (Apocalipsis 12:9). Pero la gente siente tales actitudes, impulsos y deseos. Y así es como Satanás engaña al mundo entero.
La gente se siente deprimida y no sabe por qué. Pero es que no está al tanto del fenómeno que hemos descrito. En las mentes de los humanos, sin que ellos lo sospechen siquiera, se les ha estado inculcado desde la infancia, en mayor o menor grado, la actitud egocéntrica que está siendo transmitida por Satanás. Y el ser humano va absorbiendo esa actitud, hasta que la misma llega a convertirse en su actitud normal y habitual. Por supuesto, los efectos no son iguales en todas las mentes. Una persona será peor que otra. Pero la tendencia natural está presente. El hombre llega a ser naturalmente egoísta. El egoísmo se convierte en parte de su misma naturaleza. Y nosotros la llamamos «naturaleza humana».
Todo esto constituye un notable ejemplo de astucia de Satanás. Él ha podido engañar a las más brillantes inteligencias humanas. Y así el mundo entero ha sido desviado por Satanás, a lo que yo frecuentemente llamo el sendero del conseguir, del obtener, que se ha convertido en lo natural y habitual, hasta el punto de que a ese egoísmo ya le llamamos «naturaleza humana».
Pocas personas se dan cuenta de cuántos pasajes en la Biblia, especialmente en el Nuevo Testamento, nos advierten acerca de Satanás y sus argucias. Pero antes de comentar más sobre éstos, vamos a continuar con el segundo capítulo de la Epístola a los Efesios.
Antes vimos que en el capítulo uno de esta epístola a la Iglesia en Efeso, el apóstol Pablo da gracias y alaba a Dios porque «nos» ha bendecido (a Pablo, los hermanos conversos en Efeso y todos los cristianos en general) con toda bendición espiritual en los lugares celestiales. Dios nos escogió antes de que naciéramos — antes de la fundación del mundo — siendo predestinados a ser llamados a la salvación espiritual. Dios nos ha derrochado generosamente con su gracia. Nos enseña que los llamados en este tiempo — la era de la Iglesia Neotestamentaria — son los primeros en ser llamados a esta gloriosa gracia (patentizando que esto no es el tiempo en que Dios está tratando de salvar a todo el mundo, sino únicamente a aquellos predestinados a ser llamados ahora). Pablo había oído de la fe que tenían y oró para que sus ojos fueran plenamente abiertos al increíble potencial humano — la suprema grandeza de su herencia divina.
Ahora pasemos a los puntos culminantes del segundo capítulo: Ustedes, los cristianos de Efeso, estaban espiritualmente muertos, pero Cristo los ha impregnado con la vida eterna. Ahora ustedes están espiritualmente vivos.
En el pasado, ustedes vivían de acuerdo a los patrones de este mundo (siguiendo el sendero del egoísmo), según el príncipe de la potestad de) aire. Satanás, en 2 Corintios 4:4 (Versión Reina-Valera, Revisión de 1977), es llamado el dios de este mundo, que ha cegado las mentes de aquellos que no creen en Cristo y en su verdad. Pero no es que estos hombres hayan heredado esa ceguera espiritual. Fue Satanás quien directamente cegó a los que vivieron en esa generación.
Pero en este segundo capítulo de la carta paulina a los Efesios, Satanás es llamado el príncipe de la potestad del aire. Note bien esa palabra: potestad — la potestad del aire. Pablo entonces le llama espíritu (ser espiritual) que ahora — en la época de él y de los Efesios a quienes escribe — está realmente trabajando u operando sobre aquellos seres de este mundo que no son obedientes, es decir, sobre el mundo en general.
«... En vuestros delitos y pecados... anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo; conforme al príncipe de la potestad del aire [el gobernante invisible de este mundo], el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia» (versículos 1-2).
Esto demuestra que Satanás es el ser invisible que, sin que los hombres se den cuenta, realmente motiva sus mentes, inclinándolas a lo que yo llamo el sendero egoísta del obtener, del conseguir.
«... Entre los cuales [es decir, entre esos hijos de desobediencia] también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne... y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» (versículo 3). Esta «naturaleza» ha sido adquirida de Satanás. No es algo que heredemos de nuestros padres o algo que haya sido creado por Dios. Lo que se ha convertido en algo habitual y, por consiguiente, en natural, se convierte en naturaleza dentro de nosotros.
Tal naturaleza no es una característica hereditaria, sino adquirida. Este mismo pasaje demuestra que el autor de tal naturaleza es Satanás, no Dios.
«... Eramos por naturaleza hijos de ira», dice Pablo. Sería absurdo que la ira de Dios recayera sobre nosotros por algo que el mismo Dios nos haya dado. Adán no fue creado con esta «naturaleza malvada». Adán la adquirió de Satanás. Lucero (Satanás) fue creado perfecto. Adquirió su naturaleza perversa a causa del falso razonamiento. Y estos Efesios, en la generación del apóstol Pablo, la habían adquirido de Satanás. Pero ahora, en Cristo, a través de su gracia, Jesús les había dado vida a quienes antes estaban espiritualmente muertos por su perversa naturaleza adquirida.
Mas, ¿qué ocurre con los cristianos conversos? Su espíritu, como el de todos los demás, está sintonizado en la misma longitud de onda de Satanás. La misma tendencia está presente en ellos, tal como si esa naturaleza negativa fuera algo inherente al hombre desde su nacimiento. Pero es que Satanás se la está infundiendo en las criaturas desde su más temprana infancia. El verdadero cristiano, sin embargo, se ha arrepentido, ha rechazado el sendero del mal. Ha aceptado los caminos de Dios, los patrones del gobierno de Dios.
El capítulo segundo de la Epístola a los Efesios explica este proceso. La gente en general, en este mundo, está espiritualmente muerta. Se ha adaptado a ir por el camino del egoísmo, «siguiendo la corriente de este mundo». Ha obedecido al gobernante invisible, que todavía actúa en aquellos que no han respondido a la verdad de Dios.
La conversión no desconecta la longitud de onda de Satanás. La tendencia a resentirnos por las injusticias, reales o imaginarias, que atribuimos a otros, y la inclinación de aprovecharnos de los demás, todavía pueden constituir tentaciones. Y éstos son los obstáculos que los cristianos conversos deben tratar de vencer.
Cuando Jesús hablaba de vencer, conquistar o superar, se refería a superar estos caminos satánicos que contradicen la ley de Dios. El cristiano debe, como escribió el apóstol Pedro por inspiración divina, crecer en gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
«Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros», leemos en Santiago 4:7. Resistir al diablo es oponerse a los pensamientos, actitudes, tendencias y acciones egoístas que Satanás ha ido inculcando en nosotros desde la infancia y que continuamente está transmitiéndonos, para que el hombre los asimile, sin siquiera sospecharlo, y para que penetren en la mente a través del espíritu en el hombre.
Sin embargo, ningún hombre es obligado a contestar y obedecer estos impulsos que son difundidos por Satanás. El diablo no tiene poder de coerción para forzar a nadie a que piense o haga mal. Pero los desprevenidos automáticamente lo hacen sin darse plena cuenta de lo que está sucediendo en sus mentes. Ellos se dejan arrastrar por la corriente.
2 Corintios 4:4 clarifica la tesis de que la naturaleza perversa en el hombre ha sido algo individualmente adquirido de Satanás por cada persona.
Antes de familiarizarme con la radio, yo no podía haber entendido cómo Satanás inculca esta actitud torcida en los humanos. Satanás es un ser espiritual superpoderoso. Se le entregó un trono como rey de la Tierra. Y él mismo, por sus propios procesos de razonamiento, adquirió su naturaleza malvada. Dios no creó esa naturaleza en Lucero (Ezequiel 28:15). Aunque descalificado ahora para administrar el gobierno de Dios sobre la Tierra, Satanás permanecerá aquí hasta que su sucesor — quien ha calificado — sea instalado en su puesto administrativo aquí en la Tierra. Existe una razón por la cual Cristo no ha venido aún a tomar ese puesto, eliminando a Satanás y restaurando el gobierno de Dios.
Antes de que Jesucristo pudiera calificar para restaurar el gobierno de Dios y reinar sobre todas las naciones, tuvo que soportar las más astutas tentaciones de Satanás. Usted puede leer de esa suprema lucha en el capítulo 4 de Mateo. Jesús tuvo — en carne humana — que rechazar el camino de Satanás, ser completamente obediente a Dios, y predicar sumisión a la ley divina espiritual para así calificar en restaurar el gobierno de Dios sobre la Tierra.
Y fue inmediatamente después de aquello — después que hubo calificado para restaurar el gobierno de Dios — que Cristo apareció en Galilea, predicando el evangelio del Reino de Dios, y diciendo: «El tiempo se ha cumplido» (Marcos 1:1, 14-15). Ese tiempo no llegó hasta después de la lucha titánica en la cual Cristo resistió las asechanzas de Satanás, lo venció y demostró su dominio sobre él.
Ahora advierta algo que posiblemente usted no había notado antes:
Repetidamente he dicho que éste no es el tiempo en que Dios está tratando de convertir al mundo. Por ahora, Él está llamando sólo a unos pocos, comparativamente.
¿Por qué? ¿Por qué Dios no está llamando, ahora, a todos los hombres?
¿Es que los que estamos siendo llamados ahora se nos está dando algo especial?
Pensemos en esto: Nosotros, los que somos llamados ahora, debemos resistir a Satanás, quien tratará de atacarnos y destruirnos por todos los medios a su alcance.
Todos los demás están ya dejándose llevar a la deriva por los caminos satánicos. Satanás — no lo dudemos — transmite para atraer a todo el mundo a su camino egocéntrico, el cual es contrario a la ley de Dios. Pero aquellos de nosotros que nos hemos separado de ese camino demoníaco, los que estamos luchando para vencer a Satanás, los que queremos vivir según la ley divina, somos los más odiados por Satanás. El trata de destruirnos de un modo especial. Sin la protección de Dios, sin su poder restringente contra Satanás, ¡jamás podríamos triunfar en esta lucha!
Muy pocos, inclusive los que profesan ser cristianos conversos, se dan cuenta de lo vital, de lo supremamente necesario que resulta estar constantemente conscientes del peligro y de los esfuerzos que Satanás hace para ganarnos, para ganarse a todos los que ya se han alejado de él y están siguiendo los caminos de Dios. Es por ello, precisamente, que Satanás se ha anotado ya tantas victorias (2 Tesalonicenses 2:3).
Pocos siguen en forma activa lo que Dios, por medio de Pablo, dijo a los Efesios: «Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efesios 6:10-12).
Hay una razón por la que Dios permite que aquéllos, predestinados para ser llamados ahora, tengan que soportar las tentaciones satánicas y su rebelión contra el gobierno divino.
Es necesario — para que nosotros seamos merecedores de convertirnos en gobernantes (bajo Cristo) dentro del Reino de Dios — que no sólo rechacemos a Satanás, sino también que luchemos contra él hasta vencerlo, confiando todo el tiempo en Dios para ser capaces de lograrlo.
Así como nosotros, desde que éramos niños y a lo largo de nuestro proceso de crecimiento y desarrollo, adquirimos la naturaleza satánica, nos liberamos de esa naturaleza por medio de la conversión y de la lucha para a la larga vencer. Adquirimos, en lugar de la naturaleza diabólica que rechazamos, la naturaleza divina. El apóstol Pedro ha escrito que nosotros nos convertimos en «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4), pues ciertamente no nacimos con ella.
Lucero adquirió la naturaleza satánica a causa de su propio razonamiento y por su propia elección. Los humanos hemos adquirido la naturaleza de Satanás desde la infancia, y la llamamos «naturaleza humana». Pero los cristianos conversos, que rechazan el camino de Satanás y le vencen, se convierten en partícipes — es decir, adquirientes — de la naturaleza divina. Para que el propósito de Dios se cumpla, es necesario reconocer el camino de Satanás y rechazarlo y aceptar el gobierno de Dios.
Cuando Dios acometa la empresa de llamar a la salvación espiritual a todos y cada uno de los seres humanos sobre la Tierra, Satanás estará encadenado por espacio de mil años, imposibilitado de transmitir sus impulsos y sus actitudes. ¡El mundo estará en paz! Los que entonces sean llamados no tendrán que combatir contra lo que nosotros los cristianos ahora tenemos que luchar. Pero, ¿por qué serán entonces las cosas así? Hay una buena razón para explicarlo.
A aquellos de nosotros que somos Llamados ahora, Jesús nos ha dicho: «Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro... » (Apocalipsis 2:26-27).
Cuando Cristo venga a gobernar, como Rey de reyes y Señor de señores, los que estamos siendo llamados ahora, gobernaremos con Él y bajo Él, a medida que Él restaure el gobierno de Dios en esta Tierra.
Fíjese nuevamente: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:21). Aquellos que se sentarán con Cristo cuando Él venga a restaurar el gobierno de Dios, deben vencer (y ello incluye el vencer a Satanás), así como Jesús lo hizo.
¿Se aplica igualmente esto a aquellos que serán convertidos después de la venida de Cristo, durante el milenio?
La respuesta es no. Las dos citas que anteceden se encuentran en el mensaje de Cristo a las siete Iglesias que abrazan esta era eclesiástica. No se aplican a los que sean llamados luego. ¿Se aplican solamente a la época de Tiatira y Laodicea? No; se aplican a toda la era eclesiástica. Estos siete mensajes se aplican a las siete sucesivas etapas eclesiásticas. Pero se aplican también a la Iglesia integral a lo largo de todas las etapas. En otras palabras, las características de Efeso predominaron durante la primera etapa, y las de Laodicea predominarán en la última, pero varias de esas características se encuentran en todas las etapas. Los mensajes se aplican a la Iglesia integral, pero hay ciertas características específicas que predominan en las distintas etapas.
Pero trate de comprender este punto crucial. Jesús tuvo que calificar para gobernar la Tierra. El propósito de Dios se concentra en restaurar el gobierno divino sobre la Tierra y establecer el Reino de Dios. Jesús tuvo que resistir y vencer las tentaciones — tentaciones muy especiales — que Satanás le propuso. ¿Acaso vamos nosotros a gobernar sin méritos? ¡Desde luego que no! Aquellos que han de gobernar con Cristo, y bajo Cristo, cuando Él restaure el gobierno divino en la Tierra, deben capacitarse, deben merecerlo, deben alejarse de Satanás y escoger los caminos de Dios, es decir, someterse al gobierno de Dios. Tenemos que arrancar de raíz, de cuajo, las ideas y actitudes satánicas, de una manera tan completa que el regresar a los caminos diabólicos sea una imposibilidad para nosotros. En otras palabras, hemos de hacer que el pecar nos resulte imposible (1 Juan 3:9).
Aquéllos llamados a la salvación espiritual después de la venida de Cristo, no tendrán que batallar contra Satanás. Fijémonos en los siguientes versículos bíblicos:
«Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria» (Mateo 25:31 ). ¡Cristo vendrá con todo el supremo poder y majestad del Dios Creador! Vendrá a restaurar el gobierno de Dios sobre toda la Tierra, sobre todas las naciones. ¡Habrá entonces un supergobierno mundial! Cristo restaurará el trono de David en Jerusalén. Desde 1968, la Fundación Internacional y Cultural Ambassador, auspiciada por la Iglesia de Dios Universal, en cooperación con la Universidad Hebrea y con la Sociedad Arqueológica de Israel, ha estado excavando escombros, en una profundidad de 15 metros o más, que han cubierto el lugar donde se encuentra el antiguo trono de David que existió hace aproximadamente 25 siglos.
Continuemos: «Y serán reunidas delante de él todas las naciones» (versículo 32). Cristo vendrá a gobernar al mundo entero, a restaurar el gobierno de Dios.
Todo gobierno tiene como base alguna ley fundamental.
La ley divina es distinta a las leyes que son promulgadas por los gobiernos humanos. Es una ley espiritual (Romanos 7:14), y es sagrada (versículo 12). La ley de Dios es un sistema de vida, ¡el camino divino! Cuando ese gobierno sea ejercido sobre las gentes, entonces habrá paz, felicidad, alegría, abundancia.
La ley básica del gobierno de Dios es también la que gobierna la vida de los cristianos. El pecado es la infracción de esa ley (1 Juan 3:4). Cristo vendrá a llamar a todos los pueblos a la salvación espiritual y a la vida eterna. Y es entonces cuando Dios procurará la salvación espiritual de todo el mundo, pero no antes de ese momento.
El Evangelio de Mateo continúa diciéndonos: «... y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (25:32-34).
Las naciones que estarán delante del Rey en su trono serán las de este mundo. Aquellos que han sido llamados a la salvación durante la era eclesiástica y en épocas anteriores (los profetas, por ejemplo, etc.,) habrán resucitado, para encontrar a Cristo en el aire, durante su descenso a la Tierra (1 Tesalonicenses 4:16-17), y reinarán con Cristo, siendo ya inmortales, compuestos de espíritu (Apocalipsis 2:26-27; 3:21 ). Ellos con Cristo formarán el Reino de Dios.
Es necesario que pasemos a explicar, al llegar a este punto, la diferencia entre el gobierno de Dios y el Reino de Dios. El gobierno de Dios fue establecido en la Tierra, en la prehistoria, sobre los ángeles.
Pero el Reino de Dios es el gobierno de Dios, así como la Familia de Dios. Los que ahora están siendo espiritualmente salvados, al llegar la resurrección, heredarán el Reino de Dios. Habrán nacido de Dios, dentro de la Familia divina. Se habrán desposado con Cristo. De este matrimonio espiritual divino, serán engendrados y nacerán hijos espirituales de Dios, a todo lo largo del milenio que comenzará con el regreso de Cristo, como Rey, a la Tierra.
Y ahora pasemos al capítulo 20 del Apocalipsis, donde el apóstol Juan nos narra lo que vio en su visión: «Vi a un ángel que descendía del cielo, con la Llave del abismo, y una gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años» (versículos 1-2).
Cuando Cristo venga de nuevo a la Tierra, con todo su poder y majestad, ya habrá sido coronado con muchas diademas. La ceremonia de la coronación habrá tenido lugar en el cielo (en el trono de Dios el Padre) antes del retorno de Cristo. Cristo habrá sido entonces calificado, y se le habrá dado posesión de su cargo.
Como he dicho antes, Satanás debe permanecer en la Tierra, influyendo en las naciones para que sigan sus caminos, hasta que Cristo, el sucesor, se haya preparado y haya recibido posesión de su cargo. Pero, tan pronto como Cristo retorne, Satanás será encadenado.
Continúa el apóstol Juan: «... y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo» (Apocalipsis 20:3). Entonces los resucitados reinarán sobre todas las naciones, con Cristo, en paz, por mil años.
¡Imaginemos cómo serán las cosas entonces! Cristo y los santos resucitados formarán el Reino de Dios, ejerciendo el gobierno de Dios sobre todos los seres humanos que permanezcan vivos. A Satanás se le impedirá seguir transmitiendo. Cristo gobernará, implantando las normas divinas.
Pero leamos un poco más adelante: «Cuando los mil años se cumplan, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de reunirlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar» (versículos 7-8).
Reflexione sobre este punto. Estamos ahora hablando de pueblos que viven en paz. No han sido pervertidos con la naturaleza satánica, a la que ahora nosotros llamamos naturaleza humana. Se trata de pueblos que habrán estado viviendo felizmente en paz perfecta. Pero entonces Satanás comenzará de nuevo a transmitir. Recordemos que esas naciones estarán formadas por seres humanos. Y Satanás es invisible para ellos. Y note cómo esas naciones cambiarán, tan pronto Satanás sea liberado y pueda comenzar de nuevo su labor de engaño.
«Y subieron [las naciones humanas] sobre la anchura de la tierra, y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada... » (versículo 9). ¡Inmediatamente la «naturaleza humana» se apoderará de esas naciones y se llenarán de envidia y de celos contra los santos de Dios! ¡Se llenarán también de ira y recurrirán a la violencia! Pero Dios no les permitirá a esas naciones que destruyan a los justos. Ellos habrán sido advertidos para que se pongan en guardia contra las argucias diabólicas. «... Y de Dios descendió fuego del cielo, y los consumió. Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre... donde serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (versículos 9 y 10).
Después de todo esto, se producirá el Juicio ante el Gran Trono Blanco: la resurrección de toda la humanidad, desde los tiempos de Adán hasta la venida de Cristo, la de todos aquellos que no habían estado en la primera resurrección ni habían sido llamados por Dios. En este juicio estará el «libro de la vida», lo que significa que muchos (quizá la mayoría) encontrarán la salvación espiritual y la vida eterna. ¡Al llegar la época del juicio, Satanás ya no estará por los alrededores!
Hasta este momento, Dios ha llamado a muy pocos a la salvación espiritual, en contra de lo que sostienen la tradición general y la opinión del mundo «cristiano».
En la época comprendida desde Adán hasta Noé, sólo está registrado en la Biblia que la salvación les haya sido concedida a Abel, Enoc y Noé (y ése es un período que incluye alrededor de 1900 años). Desde Noé hasta Cristo, podemos mencionar a Abraham, Lot, Isaac, Jacob y José, antes de que Dios rescatara a los israelitas del cautiverio en Egipto. Dios nunca ofreció la salvación espiritual (la vida eterna) a toda la antigua nación de Israel, sino solamente a los profetas y a los que fueron llamados al desempeño de deberes especiales.
Desde la época de Adán hasta Cristo, nadie fue llamado a la salvación espiritual, excepto aquellos a quienes les fue encomendada alguna misión especial.
Desde Cristo hasta nuestros días, sólo una pequeña fracción de la humanidad ha sido llamada, y ello ha sido porque, a esos pocos hombres, se les comisionó para predicar el evangelio, la buena nueva del Reino de Dios.
Nosotros, los que hemos sido llamados en esta era eclesiástica, hemos sido llamados para que califiquemos a ser gobernantes, con Cristo y bajo Cristo, en el Reino de Dios, restaurando el gobierno de Dios. En otras palabras, para que desarrollemos en nosotros el carácter sagrado y justo de Dios. Nuestra participación en esta misión es el encargo que Dios nos ha dado, como un medio de prepararnos para el futuro gobierno, bajo Cristo y con Cristo, cuando Él venga, ¡y eso ocurrirá muy pronto!
Iniciamos este capítulo planteándonos la cuestión de si la malvada «naturaleza humana» realmente nace en el diminuto cuerpo de un dulce bebé. Ahora, permítame citar tres pasajes bíblicos:
«Traían a él los niños para que los tocase... Mas Jesús, llamándolos, dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios» (Lucas 18:15-16). La naturaleza perversa (que algunos erróneamente suponen que es algo con que nacen los bebés) es la naturaleza del reino de Satanás, pero «de los tales» — de los bebés — es el Reino de Dios.
«En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18:1-3).
«Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de los cielos» (Mateo 19:14).
Nosotros, los humanos, nacemos sin problemas de maldad, pero pronto comenzamos a absorber y a adquirir la actitud egoísta y egocéntrica que Satanás nos transmite. El reino de los ángeles de Satanás — ahora convertidos en demonios — rechazó el gobierno de Dios, que fue así eliminado de sobre la faz de la Tierra.
El propósito de Dios, en crear a los seres humanos y ponerlos sobre la Tierra, fue el de desarrollar en ellos el mismo carácter santo y justo de Dios. Dios quiere a un pueblo que rechace y venza a Satanás y acepte el camino de vida divino.
El gobierno de Dios, en esta época nuestra, existe en la verdadera Iglesia de Dios. ¡Satanás está furioso, pues él odia a esa Iglesia y a ese gobierno! Y trata sutilmente de infundir en las mentes que están bajo ese gobierno de amor, una hostilidad que lo mal representa, como si se tratara de un severo y cruel gobierno demoníaco.
Pero repito: Lucero fue creado perfecto por Dios en todos los aspectos, hasta que la iniquidad se adueñó de él. Satanás adquirió la naturaleza de rebelión y de maldad a causa de falsos razonamientos. Y Adán, a su vez, la adquirió de Satanás. Los Efesios también la adquirieron de Satanás, al igual que todo el resto de la humanidad, con excepción de Cristo. Pero ahora, en Cristo y mediante su gracia, nosotros podemos adquirir la naturaleza divina (2 Pedro 1:4).
El gran propósito de Dios es restaurar el gobierno divino sobre la Tierra, en el Reino de Dios y por medio del Reino de Dios.
Nosotros podemos, por la gracia de Cristo, cambiar la «naturaleza humana» y erradicarla enteramente de nosotros, reemplazándola con la naturaleza divina.