EL INCREIBLE POTENCIAL HUMANO

Capítulo 12

¿Hay vida después de la muerte?

   POR QUÉ EXISTE TODO ESTE MISTERIO sobre la vida después de la muerte? Por qué tantas religiones sostienen tantas creencias distintas al respecto? ¿Cómo podemos nosotros averiguar cuál es la verdad? ¿Podemos creer en Dios? Adán y Eva no creyeron. Y pocos hombres creyeron en Cristo, es decir, en lo que Él enseñó. ¿Podríamos nosotros creer en Dios si Él mismo nos lo revelara todo?

Le comenté a mi esposa hace medio siglo: «Sé que la Biblia dice que ha de observarse el domingo». «¿Cómo lo sabes?» me preguntó. «¿Lo leíste?»

«No», contesté, «pero sé que la Biblia lo dice. Todas las religiones cristianas se basan en la Biblia, y todas observan el domingo».

«¿Por qué no lo buscas tú mismo en la Biblia, y luego me lo enseñas?» me retó ella.

Pero no pude encontrar lo que buscaba.

Por casualidad, leí en Romanos 6:23: «Porque la paga del pecado es muerte... »

«¿Cómo es esto?» exclamé sorprendido. «En la escuela dominical me enseñaron que la paga del pecado es la vida inmortal no la muerte — en el fuego eterno del infierno». Y entonces continué leyendo el resto del versículo: «... mas la dádiva de Dios es vida eterna».

«¡Esto sí que es una sorpresa!» prorrumpí. «¡Pensaba que ya tenía la vida eterna, que yo tenía un alma inmortal!»

Yo me había separado de la iglesia y de la escuela dominical cuando tenía 18 años, pero había sido educado dentro de una prestigiosa y bien establecida denominación cristiana. Lo que había leído en la Biblia comenzó a intrigarme. Recordaba haber oído a los predicadores referirse al día en que todos iríamos al cielo, asegurando que así lo enseñaba la Biblia. Pero en la Biblia leí las palabras exactas de Cristo: «Y nadie ha subido al cielo... » (Juan 3:13). Después de leer otras declaraciones en el texto bíblico, comencé a pensar que las iglesias, en la actualidad, realmente no creían lo que Cristo había enseñado.

Así es que hace cincuenta y un años, mi mente fue limpiada de todas las anteriores erróneas enseñanzas, suposiciones e ideas acerca de Dios que tenía. Probé la infalible inspiración de la Biblia en su forma original.

Entonces sí pude saber a ciencia cierta lo que Dios decía en su Palabra.

¿Qué es lo que nos dice la Biblia acerca de la vida después de la muerte? ¿Ha existido alguien que después de morir haya en realidad experimentado una vida después de la muerte? ¿Quién puede probar que esa vida existe y explicarnos cómo es?

Hay una respuesta para estas preguntas. ÉL mismo Cristo murió. Y luego resucitó de entre los muertos, y fue visto por muchos, entre ellos sus discípulos, que habían estado a su lado por espacio de tres años y medio antes de su muerte, y que estuvieron con Él 40 días después de su resurrección. Y esos discípulos proclamaron haber sido testigos de la vida de Cristo después de la muerte.

En I Corintios 15:22-23 leerá: «Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados [de la muerte]. Pero cada uno en su debido orden... »

El decimoquinto capítulo de l Corintios es «el capítulo de la resurrección». Su tema es la resurrección a la vida después de la muerte. Pero existe en el Plan Maestro de Dios un orden — o sucesión — de resurrecciones.

Continuemos: «Cristo, las primicias» — esto ocurrió hace más de 1900 años — «luego los que son de Cristo, en su venida... » (versículos 23-24).

Más adelante en este capítulo, se explicará sobre la resurrección de aquellos que «son de Cristo» — los cristianos espiritualmente engendrados. Pero, ¿qué de los demás?

Aquellos que mueren en Adán, dice el versículo 22, «en Cristo todos serán vivificados». Leemos en el versículo 23 que «los que son de Cristo [serán resucitados] en su [segunda] venida» ahora inminente — en nuestra presente generación. «Luego [viene] el fin» (versículo 24) — pero los detalles de la resurrección del resto de la humanidad — la gran mayoría de todos los seres humanos que han existido en un tiempo u otro — se encuentran registrados en otra parte de la Biblia.

En Apocalipsis 20, además de la primera, encontramos que se mencionan dos resurrecciones adicionales.

La primera está descrita en el versículo 4, donde dice que los santos que son de Cristo han de vivir y reinar con Él en la Tierra por espacio de mil años. Satanás será prendido y encerrado en el abismo (versículos 1-3), pero los otros muertos no volverán a vivir hasta después que se cumplan mil años (versículo 5).

Después, comenzando con el versículo 11 leemos: «Y vi un gran trono blanco y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos. Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios [por motivo de la segunda resurrección]; y los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras».

Esta será la mayor resurrección en cuanto al número de los que serán resucitados se refiere. Incluirá miles de millones de individuos que vivieron separados de Dios — los que entonces no fueron juzgados.

La Biblia es esencialmente el Libro sobre la nación de Israel. El relato de la resurrección de todos los israelitas que previamente no fueron llamados a la salvación espiritual se encuentra registrado en Ezequiel 37.

El profeta Ezequiel fue tomado en una visión y puesto en medio de un valle lleno de huesos secos. En el versículo 11 leemos que Dios le dijo que estos huesos eran la casa de Israel. Estos esqueletos muertos se representan diciendo: «Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza».

Pero al profeta se le dijo que declarara a estos esqueletos secos: «Así ha dicho el Eterno Señor: He aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel» (versículo 12).

En la visión, antes de que Dios explicara al profeta la identidad del gran valle de esqueletos, se le dijo al profeta que les dijera a los huesos secos: «Así ha dicho el Eterno... He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis» (versículos 5-6). Continuando con el versículo 13: «Y sabréis que yo soy el Eterno, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo el Eterno hablé, y lo hice, dice el Eterno».

Esta profecía es acerca de una resurrección en que estos israelitas serán resucitados a la vida como seres mortales de carne y hueso — no de una resurrección como la de los santos, a la segunda venida de Jesucristo, en que éstos serán resucitados como seres inmortales compuestos de espíritu; seres con vida inherente en ellos mismos.

Dios nunca les ofreció su Espíritu o la salvación espiritual a los israelitas del Antiguo Testamento. Unicamente promesas materiales y nacionales — y aun eso en cambio de obediencia, lo que ellos se negaron a hacer.

Pero entonces, en esta resurrección del Gran Trono Blanco, juntamente con todas las demás personas que han sido separadas de Dios, estos israelitas (inclusive aquellos que no fueron llamados aun después de la primera venida de Jesucristo) serán resucitados a la vida mortal como seres de carne y hueso. Ellos entonces tendrán la oportunidad de comprender plenamente que el Eterno es Señor, y cuando se conviertan, Dios los llenará de su Espíritu Santo. Ellos, también, juntamente con todos los individuos de las diversas naciones que no han sido específicamente llamados antes del milenio, vivirán nuevamente como seres humanos (físicos) en esta resurrección. Después de un período de desarrollo y vencimiento, vendrá su salvación espiritual — sin ningún Satanás en medio de ellos para engañarlos.

Ahora volvamos al capítulo 20 de Apocalipsis. Desde el versículo 13 al 15 encontramos indicación de que habrá entonces una última resurrección de los incorregibles que han rechazado la eterna salvación que se les ofreció. Ellos, con cualesquier otros que al terminar el milenio todavía estén vivos y tengan la misma actitud rebelde, morirán la segunda muerte — completa extinción — en el lago de fuego, descrito por Pedro como la faz de la Tierra convertida en una masa ardiente.

Malaquías agrega: «Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho el Eterno de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama. Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis, y... hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho el Eterno de los ejércitos» (Malaquías 4:1-3); «y serán como si no hubieran sido» (Abdías 16).

¿Y qué sucederá en el ínterin — entre el instante de la muerte y la resurrección? Las enseñanzas bíblicas — contrarias a las muchas doctrinas religiosas y eclesiásticas — dicen que los muertos fallecen por completo — que quedan plenamente inconscientes.

Fíjese bien en las inspiradas sabias palabras de Salomón: «Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben... » (Eclesiastés 9:5).

Recientemente, un ministro de la Iglesia de Dios Universal me contó de las experiencias que él tuvo con tres posibles suicidas. En cada caso les dijo: «Bueno, suicídese — pero primero debería saber lo que le sucederá en el preciso momento que muera. En cuanto a su estado consciente se refiere, usted despertará en la resurrección en la fracción del segundo que siga su muerte — y si usted se asesina, tendrá que enfrentarse a todos sus problemas y además el de haberse asesinado. ¿Por qué no soluciona sus problemas ahora, antes de cometer este asesinato?» Ni una de estas tres personas se suicidó.

Así es que nada se remedia en tratar de salir por la puerta falsa del suicidio, creyendo que es el camino más fácil para escapar de sus dificultades. Lo único que la muerte trae es un despertad instantáneo en la resurrección. Usted no sabrá absolutamente nada desde el segundo que muera hasta el segundo que despierte en la resurrección. Estos hombres, explicó el ministro, supusieron que con el suicidio todo terminaría — y que escaparían de todos sus problemas, pero al fin pudieron darse cuenta que no sólo aún tendrían que enfrentarse a ellos, sino que agregarían una acusación de asesinato contra sí mismos en aquel juicio. Por esto pudieron comprender que el suicidio no era el camino más fácil para escapar de sus dificultades.

No, la muerte no es un amigo, sino un enemigo. Cristo vino para destruir la muerte — para hacer posible que todos disfruten de una vida feliz, abundante y llena de tranquilidad a su debido tiempo. Él vino para que tuviéramos vida, y para que la tuviéramos en abundancia.

Sin duda alguna, hay vida después de la muerte — y Cristo hizo posible un trascendental potencial humano tan grande que parece increíble. Él vino para morir en nuestro lugar — para pagar la pena en que hemos incurrido y para darnos vida.

Él mismo Cristo, además, enseñó que hay vida después de la muerte.

Se lo enseñó así al fariseo Nicodemo, pero Nicodemo no le creyó. «Si he dicho cosas terrenales y no creéis... » (Juan 3:12).

¿Por qué Nicodemo el fariseo no comprendió cuando Cristo le dijo: «A menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios»?

¿Por qué los hombres no entienden estas mismas palabras hoy en día? ¿Cuántos hombres, en la actualidad, están conscientes de que el evangelio de Cristo fue la proclamación de una sensacional noticia, nunca antes anunciada?

Jesús fue un «locutor de noticias»

Los judíos de aquella época conocían — o debían conocer — la profecía de Malaquías respecto a todo esto. Se trataba del evangelio de Dios, y la palabra «evangelio» justamente significa «buena noticia».

Jesús fue un «locutor de noticias», y la noticia que Él trajo era algo absolutamente nuevo, que nunca antes le había sido proclamado a la humanidad. Era la noticia más maravillosa jamás anunciada. Era una noticia referente al indescriptible y trascendente potencial del hombre.

El mensaje tremendo que Jesús nos trajo no se refería a hechos pasados. Ese mensaje contenía el anuncio anticipado del casi increíble y utópico mundo de mañana. Era un mensaje que se refería a la vida después de la muerte. Era el anuncio de que nosotros, los hombres, podríamos nacer de nuevo. ¡Sin embargo, casi nadie lo creyó! .

¿Por qué esta verdad nunca ha sido reconocida por el mundo como la estupenda noticia que realmente es?

¡Porque los enemigos del evangelio, en el primer siglo de la era cristiana, se encargaron de ocultarla!

La Iglesia de Dios, cimentada en Cristo y en los apóstoles originales, fue fundada el día de Pentecostés, en el año 31 E.C. Aproximadamente dos décadas más tarde, cuando el apóstol Pablo escribió su Epístola a los Gálatas, ya la noticia evangélica había sido suprimida, y falsos ministros se habían encargado de enseñar al pueblo a creer en un falso evangelio. Estas son palabras de Pablo: «Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo» (Gálatas 1 :6-7). Y el mismo Pablo también escribió: «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad» (Romanos 1:18). En la Segunda Epístola a los Corintios en el capítulo 11, Pablo nos habla de los falsos apóstoles de Satanás (versículos 13-15), que vienen predicando un evangelio distinto (versículo 4).

¡Ha llegado la hora, pues, de que el verdadero mensaje sea anunciado! Ha llegado la hora, hoy en día, de que la verdadera significación del mensaje sea declarada con toda claridad, para que todos puedan comprenderla. (Véase Mateo 24:14.)

Así lo haremos en este capítulo. ¡Y a usted le lanzamos el reto crucial de que lo lea! Usted necesita comprender cuál fue el anuncio evangélico. De lo contrario, jamás podrá entender qué quiso decirnos Cristo cuando nos habló acerca de «nacer de nuevo».

¿Cuál fue la noticia evangélica?

Notemos primero, brevemente, cuál fue el mensaje de Cristo. Hay un pre-aviso del mismo en la profecía de Malaquías: «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí, y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto... » (Malaquías 3:1 ).

Notemos ahora el inicio de la proclamación del portador del mensaje. Se encuentra registrado en el primer capítulo del Evangelio de Marcos: «Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios, como está escrito en Isaías el profeta... » (versículo 1). Y a continuación sigue la cita de Malaquías a la que acabamos de referirnos. Esta, a su vez, es seguida por el relato que concierne a Juan el Bautista, que prepara el camino al mensajero.

Luego, en los versículos 14 y 15, leemos: «Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio». ¿En otras palabras, creed la buena nueva!

¿Qué es el Reino de Dios?

¿Qué quiere decirnos Cristo al hablarnos del Reino de Dios? Todo el mensaje de Cristo —su evangelio — gira alrededor del Reino de Dios. Sin embargo, pocos hombres, aun hoy en día, están enterados de ello y de su significado.

Un reino es (a) una nación compuesta de individuos, y (b) el gobierno de esa nación.

En algunos casos, los pobladores de una nación son los descendientes — hijos — de un hombre. La nación de Turquía probablemente desciende del antiguo Esaú, el hermano gemelo de Jacob, cuyo nombre fue cambiado al de Israel. (Jacob es el padre de la nación que lleva el nombre de Israel.) Antes de que estos hermanos nacieran, Dios dijo a su madre Rebeca: «Dos naciones hay en tu seno» (Génesis 25:23).

Jesús, el Mesías, habría de venir como «el mensajero del pacto». El «antiguo pacto» había establecido a los hijos humanos de Israel como una nación o reino de seres humanos, la que se llamó reino de Israel. Jesús vino como mensajero, proclamando un nuevo pacto, que establecería a los hijos de Dios, compuestos de espíritu, como el Reino de Dios.

Al igual que el antiguo reino de Israel estaba compuesto de la familia humana del hombre Israel, así el Reino de Dios estará compuesto de la Familia divina de Dios.

Pero, ¿qué tiene esto que ver con la vida después de la muerte?

Entre ambas cosas, existe una relación total.

¿Por qué los gobernantes judíos rechazaron el evangelio?

Los gobernantes judíos de la época de Jesús pensaron que Él proclamaba el inmediato establecimiento de un nuevo gobierno, para así derrocar al Imperio Romano que dominaba a Judea como estado vasallo.

Uno de estos prominentes judíos era un hombre llamado Nicodemo, al que ya nos referimos antes. Nicodemo era fariseo, y los fariseos eran hostiles a Jesús, a causa del evangelio que proclamaba. Nicodemo, sin embargo, quiso conocer personalmente al mensajero e intercambiar impresiones con Él. Para evitar las críticas de sus colegas, fue a ver a Jesús de noche.

«Sabemos», le dijo, «que has venido de Dios como maestro... »(Juan 3:2).

El uso de la primera persona del plural indica que los fariseos conocían la identidad divina del mensajero y la fuente de su mensaje. Pero estos fariseos eran gentes que evaluaban las cosas según la conveniencia del momento. Les interesaba proteger su posición como gobernantes dentro del Imperio Romano, no enterarse de las revelaciones divinas.

Jesús captó la importancia de las primeras palabras de Nicodemo. El mensaje de Cristo era el anuncio del advenimiento del gobierno mundial de Dios, es decir, del Reino de Dios.

Los gobernantes judíos tuvieron miedo de ese mensaje. Jesús era de su misma raza, judío como ellos. Los fariseos temieron que, si no se oponían a Jesús, serían destituidos de todo poder y probablemente condenados a muerte como agentes subversivos que constituían una amenaza para el gobierno romano. Los fariseos creyeron que Jesús estaba proclamando el derrocamiento inmediato de aquel gobierno.

El Reino de Dios no es de este tiempo

Jesús, por consiguiente, no quiso malgastar palabras. Clara y directamente proclamó que su Reino no era de este mundo ni de esa época, sino del mundo de mañana, es decir, de una era diferente y futura. Y no era tampoco un Reino compuesto de humanos, sino de seres inmortales, ¡compuesto por la Familia Dios!

Jesús, por tanto, explicó a Nicodemo: «... el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).

Es importante notar la relación vital que hay entre el «nacer de nuevo» y el Reino de Dios. Es decir, Cristo está haciendo hincapié en el hecho de que su Reino no es de este tiempo — no de este mundo.

Pero la abrupta declaración inicial de Jesús dejó confuso a Nicodemo. Y todavía hoy los dirigentes de los cientos de sectas y denominaciones que se llaman cristianas continúan estando confusos y engañados. Sin embargo, no están confusos de la misma manera en que lo estuvo Nicodemo.

Nicodemo sí entendió claramente lo que significaba nacer. Él sí supo que nacer significaba salir del seno materno a la luz del mundo. Pero los dirigentes religiosos de hoy buscan interpretaciones diferentes. Lo que Nicodemo no podía entender era el cómo — es decir, de qué manera — podía alguien nacer de nuevo. Por supuesto, teniendo una mentalidad orientada a lo carnal, sólo podía concebir un segundo nacimiento físico. ¡Pero sí sabía, al menos, lo que significaba nacer!

¿Acaso naceremos una segunda vez como humanos?

Intrigado y confuso, preguntó: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?» Y añadió: «¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?» La confusión de Nicodemo no se refería al significado de la palabra nacer. Lo que Nicodemo no podía comprender era la posibilidad de un segundo nacimiento. Él pensaba que Cristo le estaba hablando de un segundo nacimiento humano. Y Nicodemo no podía pensar en otro nacimiento que no fuera el físico, pues su mente no podía aprehender las cosas espirituales.

Note que Cristo claramente expresó que el Reino de Dios era algo que se podría ver, pero no a menos que naciéramos de nuevo. Es decir, que el Reino de Dios no será visto durante nuestra vida física. También (véase versículo 5) sabemos que el Reino de Dios es algo en lo que se puede entrar, pero no hasta que hayamos nacido de nuevo, es decir, hasta haber pasado por otro nacimiento enteramente diferente.

He aquí el punto crucial que lo explica todo: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es».

El hombre, ahora, es carnal. Es humano. Está hecho de sustancia material. «Polvo eres», le dijo Dios a Adán, «y en polvo te convertirás». Además, también nos dice el Génesis: «Entonces el Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7; véase también Génesis 3:19).

Los que nacen de nuevo para ser espíritu

Jesús dijo explícitamente que, cuando se nace del espíritu, la persona así nacida será espíritu. ¡No lo digo yo! Lo dice la Biblia. Compruébelo usted mismo.

El Reino de Dios, pues, estará formado por seres espirituales, no por seres humanos.

En el nacimiento humano, nuestra madre, al darnos a luz, nos trae al mundo. Cuando seamos nacidos del espíritu, entonces pasaremos de la Iglesia de Dios (entidad física) al Reino de Dios (un reino de seres espirituales).

EL hombre, ahora, está compuesto de carne, que es una sustancia material. Cuando nazca de nuevo, será espíritu — un ser espiritual, no ya humano. Estará compuesto de espíritu, con vida inherente, que no dependerá del aire que se respira ni de la sangre que circula por venas y arterias.

Refiriéndose a la próxima era, cuando el Reino de Dios esté instaurado en el mundo, es decir, refiriéndose a la vida después de la muerte, Jesús dijo estas palabras: «Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios . . . » (Mateo 22:30). El matrimonio es una unión física, carnal. En la era del Reino de Dios, cuando hayamos nacido de nuevo, seremos espíritu, no entes carnales. Nacidos de Dios como seres espirituales, ya no seremos humanos. Los ángeles son espíritus; están compuestos de espíritu (véase Hebreos 1:7). Pero note que Jesús no dijo que seremos ángeles, sino que seremos como los ángeles — sin sexo y compuestos de espíritu. Los ángeles han sido creados como seres espirituales, pero no han sido engendrados por Dios ni nacidos de Dios como hijos suyos. Nosotros, por tanto, seremos más grandes que los mismos ángeles.

Jesús lo explicó así a Nicodemo: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de donde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8).

Al viento no podemos verlo, y el viento es comparado aquí con el espíritu. Ambos son invisibles. Esto explica por qué, en la carne mortal que ahora tenemos, no podemos ver el Reino de Dios. Los que lo hereden, serán espíritu, y el espíritu es normalmente invisible para los ojos humanos.

Por ahora, somos seres de carne y hueso

El apóstol Pablo explicó con claridad que el Reino de Dios es algo que los seres humanos podemos heredar, pero no en esta era, es decir, no mientras estemos compuestos de sustancia material. «El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo» (1 Corintios 15:47). Es decir, ese segundo hombre es un ser divino.

Y esto mismo es lo que Jesús estuvo explicándole a Nicodemo. Nicodemo era un ser terrenal, humano. Estaba compuesto de carne, no de espíritu. Había nacido de la carne; por tanto, era carne. Pero cuando uno nazca del espíritu, entonces también será espíritu. Pablo quiso explicar a los corintios esta simple verdad.

Pero nosotros no podemos ser seres espirituales durante esta era.

Hay un elemento temporal relacionado con nuestro nuevo nacimiento al Reino de Dios.

Veamos al respecto 1 Corintios 15:49: «Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial». Al igual que ahora somos carne, luego seremos espíritu, cuando seamos resucitados, es decir, cuando nazcamos de nuevo. Entonces, en nuestra resurrección, cuando seamos espíritu, veremos el Reino de Dios y entraremos en él.

«Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados» (versículos 50-52). Es entonces que podremos nacer de nuevo; es entonces que podremos ver el Reino de Dios, heredarlo y entrar en él, no antes.

¿Cómo es que seremos transformados? Las siguientes palabras del apóstol Pablo nos dan la respuesta: «Porque es necesario que esto corruptible [la carne que ahora tenemos] se vista de incorrupción [se vista del espíritu, nacido de Dios] y esto mortal se vista de inmortalidad». Es necesario que nuestra carne material sea transformada en sustancia espiritual.

Mientras no nazcamos de nuevo, no podremos ver el Reino de Dios. Esto es lo que Jesús dijo a Nicodemo (Juan 3:3).

Mientras no nazcamos de nuevo, no podremos entrar en el Reino de Dios. Jesús se lo dijo a Nicodemo (Juan 3:5).

Mientras nuestra carne no sea transformada en espíritu, no podremos entrar en el Reino de Dios. Jesús se lo dijo a Nicodemo (Juan 3:6-8).

Mientras estemos compuestos de carne y hueso, no podremos heredar el Reino de Dios (1 Corintios 15:50).

Mientras no se produzca la resurrección, que tendrá lugar a la venida de Cristo, nuestra carne corruptible no será convertida en espíritu incorruptible (1 Corintios 15:50-53, y también versículos 22-23).

Hasta la resurrección, por consiguiente, no podremos ver el Reino de Dios, entrar en él ni heredarlo. ¡No podremos nacer de nuevo hasta el tiempo de la resurrección!

Ahora somos herederos, pero no poseedores de la herencia

Mientras nos encontremos en nuestro estado actual — hijos de la carne, compuestos de carne —, no podremos ver el Reino de Dios, heredarlo ni entrar en él. Fíjese ahora en la situación o estado del cristiano verdaderamente converso en esta vida — en este mundo: «Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él» (Romanos 8:9). Es decir, si uno no ha recibido el Espíritu Santo, y si éste no se encuentra morando en uno, entonces no es cristiano. Afiliarse a una iglesia no lo convierte a uno en cristiano. Uno se convierte en cristiano cuando recibe el Espíritu de Dios y acepta su dirección.

Nacimiento espiritual es comparable al nacimiento físico

Veamos ahora cómo el proceso por medio del cual el Espíritu de Dios entra y mora en uno, puede ser comparado al proceso mediante el cual el espermatozoide masculino físicamente fertiliza al óvulo femenino. Es decir, la vida espiritual eterna es algo que también se da o se imparte, para que luego se produzca una persona espiritual. El óvulo fertilizado — el embrión — todavía no es una persona humana nacida. Es una entidad a la cual el padre le ha impartido vida. Es una entidad engendrada por el padre, pero ni el embrión ni el feto son personas nacidas. De la misma manera, el humano que ha sido espiritualmente engendrado, todavía no es una persona o ser espiritual, como sí lo será, según dijo Jesús, cuando ya haya nacido de nuevo.

Continuemos con el capítulo 8 de la Epístola de Pablo a los Romanos: «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (versículo 11).

¡Comprendamos bien esto! Se establece una comparación directa entre el nacimiento de la carne y el nacer de nuevo del Espíritu de Dios. Jesús dijo que lo que nace de la carne, es carne — un ser humano nacido. Y lo que nace del Espíritu (de Dios), es espíritu, es decir, una persona espíritu.

La vida mortal humana comienza cuando la célula espermática, procedente del cuerpo del padre, fecunda — le imparte vida física — al óvulo que se encuentra dentro del cuerpo de la madre. En este momento, el padre engendra, pero no da a luz. La madre, más tarde, se encargará de esto. La parte física que en ese proceso le corresponde al padre queda terminada en el momento en que su hijo es engendrado. Y entonces empieza un elemento de tiempo, pues en el momento de la concepción, el parto (el nacimiento) no ha ocurrido aún.

Toda esta explicación es imprescindible, ya que la cristiandad engañada alega que, cuando se recibe a Cristo, se acepta a Cristo, se profesa a Cristo o se recibe por vez primera el Espíritu Santo de Dios, ya la persona ha nacido de nuevo. Es por eso necesario que nos fijemos bien en la comparación que estamos haciendo con el proceso de la concepción y el nacimiento físicos.

Un elemento de tiempo

En el proceso de la reproducción humana física, interviene un elemento o factor de tiempo. Transcurre cierto tiempo desde el instante de la concepción hasta el momento del nacimiento. Ese período, en la raza humana, es de nueve meses.

A ese período de nueve meses le llamamos gestación. Después de la concepción, el óvulo ya fertilizado es llamado embrión. Al cabo de unos pocos meses, se le da el nombre de feto. Pero durante ese período de gestación de nueve meses, no nos referimos al embrión ni al feto como a seres ya nacidos. Ese embrión o ese feto sí es hijo de sus padres, pero todavía está atravesando por el proceso que culminará en su nacimiento. Es un hijo no nacido aún. El padre ya lo ha engendrado, pero la madre todavía no ha dado a luz.

En cuanto al nacer de nuevo, el proceso de este segundo nacimiento comienza cuando la vida espiritual de Dios nos es impartida mediante el Espíritu Santo que, emanando de la Persona misma de Dios, penetra en nuestro interior para habitar en nosotros. Conviene repetir una vez más las palabras de Pablo: «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (Romanos 8: 11). Esta es la descripción de lo mismo que Pablo explica en 1 Corintios 15:50-53: — ¡la resurrección!

Quiero que esto quede bien claro: Millones de cristianos profesos sinceramente creen que, cuando ellos profesan a Cristo, o reciben su Espíritu Santo, ya han nacido de nuevo. Pero lo que realmente ocurre es lo siguiente:

Cuando una persona, después de arrepentirse de sus faltas, de adherirse a la fe y de bautizarse, recibe al Espíritu Santo, el Espíritu de Dios le une a la Iglesia de Dios. La Iglesia es llamada el cuerpo de Cristo. Leemos: «Porque por un solo espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo... » ( 1 Corintios 12:13).

Nuestra madre la Iglesia

A la Iglesia también se le llama en la Biblia «la Jerusalén de arriba», o «Jerusalén la celestial» (Hebreos 12:22). Teniendo esto muy en cuenta, note lo que nos dice Pablo en su Epístola a los Gálatas: «Mas la Jerusalén de arriba, la cual es madre de todos nosotros, es libre» (4:26).

Esta es la analogía que surge de todo ello: Cuando somos engendrados por Dios Padre mediante la recepción de su Espíritu Santo, somos puestos dentro de la Iglesia, la cual, durante este período de gestación, es nuestra madre.

La madre humana alimenta al hijo que lleva en su seno, con alimento físico, de modo que ese hijo — en su etapa embrionaria y fetal — pueda crecer y desarrollarse físicamente. Y la madre lo lleva en la parte de su organismo donde mejor la criatura puede estar protegida contra el riesgo de lesiones físicas, hasta que llega el momento del parto.

La madre espiritual — la Iglesia — tiene la misión de «apacentar la grey» (véase 1 Pedro 5:2), por medio del ministerio que Dios le ha dado «a fin de perfeccionar a los santos... para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto... »(Efesios 4:12-13). Al igual que el feto humano se desarrolla y crece físicamente durante el período de gestación que precede a su nacimiento, también nosotros, después de ser engendrados por el Espíritu de Dios, nos desarrollamos y crecemos espiritualmente antes de nuestro segundo nacimiento.

La vida humana comienza con lo que la Biblia llama «simiente corruptible», es decir, la célula espermática. La vida divina, en cambio, empieza con lo que es incorruptible — el Espíritu Santo de Dios que penetra en la persona humana. Pero al igual que el embrión humano debe crecer hasta convertirse en feto, y luego continuar desarrollándose hasta nacer, también el cristiano — en quien se ha iniciado la vida divina por el don que Dios le da de su incorruptible Espíritu — debe crecer hasta alcanzar la perfección, para después nacer dentro de la Familia Dios. Entonces será perfecto, incapaz de pecar.

Pero esa perfección de carácter justo y santo debe desarrollarse con la ayuda de Dios y su Espíritu Santo durante esta vida humana — la etapa de «gestación» espiritual.

La Iglesia no sólo alimentará a sus miembros con la Palabra de Dios (alimento espiritual), sino también protegerá a los hijos engendrados por Dios, no nacidos aún dentro de la Familia Dios, para que no sufran daño espiritual, como bien nos lo enseña el siguiente versículo del apóstol Pablo: «para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error» (Efesios 4:14).

Entonces, cuando llegue el tiempo de la resurrección, la Iglesia, que es nuestra madre espiritual, nos dará a luz y naceremos dentro del Reino de Dios — dentro de la Familia Dios compuesta de espíritu.

Hijos de Dios ahora

Romanos 8:14 nos dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios». El niño aún no nacido, que permanece en el claustro materno, es hijo de su padre y de su madre, aunque no haya nacido todavía. Del mismo modo, si el Espíritu de Dios mora en nosotros, si somos guiados por el Espíritu de Dios, somos también hijos de Dios. Pero todavía estamos en un estado de gestación; aún no hemos nacidos. Sólo somos herederos designados, pero aún no hemos tomado posesión de la herencia que nos está destinada.

Pablo continúa diciéndonos: «Y si hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados» — es decir, en el futuro, cuando llegue el momento de la resurrección (versículo 17).

Notemos cómo este pasaje se refiere a nuestra resurrección gloriosa, cuando nos convertiremos en espíritu, como a un nacimiento:

«Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios», es decir, la época en que Cristo vendrá a reinar, la época en que resucitaremos a la vida espiritual. «... porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (versículos 19-22).

Lo que hemos visto es otra comparación o analogía. Seremos liberados de este mundo y entraremos en el glorioso mundo de mañana y en el Reino que se encargará de gobernarlo. (Note que, aunque nuestra madre la Iglesia está en este mundo, no es de este mundo.)

La creación está esperando el tiempo de la segunda venida de Cristo, la resurrección, y el advenimiento del Reino de Dios, pues la creación va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción. Todavía no está liberada. Lo estará después de la resurrección. Si bien este pasaje no se refiere directamente a nuestro nuevo nacimiento, sí constituye una comparación directa con el nacimiento de un niño que nace al mundo saliendo del claustro materno.

La resurrección — momento en que seremos convertidos en espíritu y heredaremos el Reino de Dios - será el tiempo en que nos liberaremos de la esclavitud de lo corruptible y de este mundo de pecado. ¡Es decir, será un verdadero nacimiento!

Cristo, por su resurrección, nació de nuevo

Continuemos leyendo el capítulo 8 de la Epístola de Pablo a los Romanos: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos» (versículo 29).

Comparemos este texto con los versículos 3 y 4 del capítulo 1 de la misma Epístola: «acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios... por la resurrección de entre los muertos».

Jesús era en la carne, por su primer nacimiento, del linaje de David. Pero por la resurrección de entre los muertos — su nuevo nacimiento — Jesús se convirtió en el Hijo de Dios, es decir, no ya humano, sino compuesto de espíritu. Así Cristo se convirtió en el primogénito entre muchos hermanos, los que también nacerán de nuevo cuando llegue la resurrección de los que pertenecen a Cristo.

Nos damos cuenta, por supuesto, al igual que se dio cuenta Pablo cuando escribió las palabras que acabamos de citar, de que Jesucristo también era Hijo de Dios como ser humano. Aunque nacido de una mujer humana, había sido engendrado por Dios. Esto constituye una comparación de los dos nacimientos: uno, como descendiente de David, nacido de María, su madre humana; otro, como Hijo de Dios, en virtud de su resurrección gloriosa.

Aclaremos enfáticamente que esto no implica que Jesús fue un pecador que necesitaba ser salvo. Jesús fue el pionero que quiso darnos el ejemplo de que también nosotros podemos nacer de Dios.

¿Cómo seremos cuando nazcamos de nuevo?

La Biblia nos da la respuesta a esta pregunta: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya... »(Filipenses 3:20-21 ).

En un pasaje del capítulo 3 de la Primera Epístola del apóstol Juan, se dice claramente que nosotros — es decir, los cristianos conversos, engendrados por Dios — ya somos, ahora, hijos de Dios (como anteriormente explicamos), aunque «aún no se ha manifestado lo que hemos de ser». Nosotros, en el futuro, seremos diferentes. Como Jesús dijo a Nicodemo, seremos espíritu inmortal. Y sigue diciéndonos Juan: «... pero sabemos que cuando él [Cristo] se manifieste, seremos semejantes a él... » Es decir, nos pareceremos a Cristo.

Pero, ¿cómo es el Cristo glorificado? Sus ojos reverberan como llamas. Sus pies brillan como bronce bruñido. Su cara emite destellos como el Sol en todo su esplendor. ¡Su resplandor es tal que nuestros ojos se cegarían si pudiéramos verlo ahora! (Apocalipsis 1:14-16; 19:12-13; Mateo 17:2.)

¡Y así es como usted y yo seremos si finalmente nacemos de Dios!

Nuestro potencial trascendental

Hay otro pasaje bíblico, que muy pocos han comprendido, y que revela nuestro increíble potencial trascendental. Comienza en Hebreos 2:6: «¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él?»

Aunque esto fue explicado más detalladamente en el capítulo 3, es importante que sea resumido en conexión con el tema de este capítulo — vida después de la muerte.

En verdad, ¿por qué habría el gran Dios de estar pendiente de nosotros los mortales? ¿Por qué nos puso sobre la faz de la Tierra? ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Cuál es nuestro potencial trascendental? Este potencial va mucho, muchísimo más allá de cualquier cosa que usted haya podido pensar o imaginar. ¡Es algo increíblemente impresionante!

¿Está usted dispuesto a creer lo que se halla explícitamente declarado en la Biblia? Helo aquí, comenzando en el versículo 7 del segundo capítulo de Hebreos:

«Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos... » Es decir, sobre la creación.

¡Todavía no el universo!

«Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él... » ¿Puede usted medir la trascendencia de estas declaraciones bíblicas? ¡El universo entero, en toda su vastedad e infinidad, le está sujeto al hombre! Pero ese poder es sólo para los hijos ya nacidos de Dios. El hombre no se encuentra aún en ese estado. Cristo es la única excepción. «Pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas», termina de decirnos Pablo al final del versículo 8.

Pero, ¿qué es lo que sí vemos ahora?

«Pero vemos a Jesús coronado de gloria y de honra» (versículo 9). Sí, a Jesús se le ha dado ya la administración ejecutiva del gobierno de Dios — del Reino de Dios — sobre la totalidad del universo. Pero Cristo, hasta que llegue el tiempo en que hemos de heredar y poseer el gobierno de la Tierra, lo que ocurrirá cuando Él retorne, le está permitiendo a Satanás proseguir aquí con su obra de engaño.

Continuemos ahora leyendo: «Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos» (versículos 10-11).

Cristo, nuestro hermano mayor

Somos, como ya hemos citado, herederos de Dios y coherederos con Cristo, como hermanos suyos. Él se nos ha adelantado a la gloria, por medio de su resurrección, como el pionero.

Cristo es el primogénito entre muchos hermanos. EL ha heredado «todas las cosas» — el universo. Nosotros aún no somos herederos. Todavía estamos atravesando el proceso de nuestra gestación para luego nacer de Dios. Jesucristo es ahora nuestro hermano mayor y sumo sacerdote, encargado de supervisar nuestro desarrollo espiritual y de prepararnos para que en el futuro seamos reyes y sacerdotes que reinaremos juntamente con Él.

Durante los primeros mil años, gobernaremos en la Tierra. Pues Él «nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» (Apocalipsis 5:10).

Reinando con Cristo

Durante esos primeros mil años, Jesús reinará desde el trono de su antecesor terrenal, David, en Jerusalén. (Véase Isaías 9:6-7.) Cristo dice: «al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro... » (Apocalipsis 2:26-27). Pero, ¿cómo y desde qué lugar hemos nosotros de regir?

También Cristo dijo estas palabras: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono» (Apocalipsis 3:21 ).

Cuando hayamos nacido de Dios, seremos seres espirituales. Ya no seremos seres humanos de carne, hueso y sangre. Entonces se nos conferirá poder.

Como profetizó Daniel, los justos se harán cargo de los reinos de la Tierra y los gobernarán por espacio de mil años, estableciendo la paz mundial y el gobierno divino bajo Cristo.

¿Qué ocurrirá después? El capítulo 2 de la Epístola a los Hebreos nos dice que entonces, de nuevo bajo Cristo, recibiremos poder para gobernar el universo entero en toda su vastedad. Porque ese poder le ha sido dado a Cristo, y nosotros, como coherederos suyos, lo compartiremos con Él.

Sí, hay vida después de la muerte para aquellos que sean obedientes a los mandatos de Dios. Será una vida espiritual, cuyo potencial excederá a nuestros más fantásticos e increíbles sueños. ¿Podemos los humanos darnos cuenta del tremendo significado de estas sorprendentes verdades? Nuestra meta principal debe ser la de heredar la vida inmortal. Pues es el deseo de nuestro Padre misericordioso y de su Hijo Jesucristo entregarnos el don de la vida eterna.