EL INCREIBLE POTENCIAL HUMANO

Capítulo 13

La paz mundial — cómo se establecerá

 

YO VIAJO A TODAS LAS PARTES del mundo como embajador de la paz mundial (sin misión política). Confiero con muchos jefes de gobierno sobre problemas universales y sobre la paz mundial. Hablo con reyes, presidentes, otros funcionarios gubernamentales de alto nivel, y con prominentes dirigentes en el campo de la ciencia, la educación, el comercio y la industria. No estoy tratando de establecer la paz mundial. Me limito a servir como embajador o emisario de Aquel que, en nuestra generación, la establecerá.

La mayoría de esos líderes son hombres de talento superior. Sin embargo, no han podido abolir los males de la humanidad ni establecer la paz.

Muchos científicos y líderes dicen que la única esperanza de lograr la paz mundial es la formación de un gobierno mundial supremo, que tenga el control de una fuerza militar única. Sin embargo, al mismo tiempo, admiten la imposibilidad de alcanzar este objetivo, afirmando que semejante poder supremo, en manos humanas, nos esclavizaría a todos.

Un pronóstico sorprendente

Pocos se dan cuenta de ello hoy, pero un famoso personaje, hace siglos, hizo una declaración en la que pronosticó la misma solución. Se anticipó cientos de años a su época, y el mundo de su tiempo rechazó y silenció su mensaje. Más aún: el mundo pronto olvidó su pronóstico.

Los dirigentes mundiales harían bien en investigar aquella predicción a la luz de las condiciones actuales del mundo.

Pocos en verdad saben que Jesucristo vino no como un dirigente religioso para convertir al mundo, embarcado en una cruzada para la «salvación de las almas», sino como un pionero portador de pronósticos de futuras nuevas. Ningún otro hombre en la historia ha sido tan falsamente representado y tan totalmente incomprendido.

Cristo vino como mensajero, portador de un mensaje que Dios Todopoderoso enviaba a la humanidad. Ese mensaje contenía grandes noticias: un anuncio vital y sensacional para el futuro. Ese mensaje pronosticaba la paz mundial. Era la buena nueva para el futuro, proclamada como anuncio anticipado de la paz mundial que habrá de establecerse en esta nuestra época. ¡Ese fue el evangelio de Cristo! La misma palabra «evangelio» significa precisamente «buena nueva».

Pero, ¿cuál fue el contenido de ese mensaje, que los enemigos pudieron suprimir en el primer siglo de nuestra era? El único testimonio oficial que los conspiradores del siglo I no pudieron eliminar — la Santa Biblia — se encarga de darnos la respuesta.

«Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios... Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Marcos 1:1, 14-15).

¿Creer en qué evangelio? ¿En qué buena nueva? La buena nueva del advenimiento del Reino de Dios.

Pero, ¿qué quiere Cristo decir al hablar del Reino de Dios? ¿Cómo sabemos nosotros que su mensaje fue suprimido? Y si el verdadero y original evangelio de Cristo fue suprimido, ¿qué mensaje o mensajes fueron proclamados al mundo para reemplazar al que se eliminó?

El testimonio escrito

Decir que el verdadero evangelio proclamado por Cristo fue suprimido — decir que no fue proclamado más al mundo, por espacio de casi 19 siglos, a partir del año 70 E.C. — constituye, en verdad, una declaración chocante y sorprendente.

Lo confirma el mismo testimonio escrito que los conspiradores no pudieron destruir. La iglesia de Dios fue iniciada el día de Pentecostés, el año 31 de nuestra era (Hechos 2). Aproximadamente 20 años más tarde, el apóstol Pablo, bajo inspiración divina, escribió estas palabras a las iglesias de los gálatas: «Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo» (Gálatas 1:6-7). Los versículos siguientes contienen una doble maldición contra aquellos que prediquen cualquier otro evangelio.

También el apóstol Pablo escribió esto a los corintios: «Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo. Porque si viene alguno predicando a otro Jesús... u otro evangelio que el que habéis aceptado... » (2 Corintios 11:3-4).

Y continuando — versículos 13-15: «Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia... »

Y a los primeros cristianos de Roma: «Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad» (Romanos 1:18). El mensaje que Dios nos envió a través de Cristo fue detenido, suprimido.

Más aún: el mismo Cristo hizo saber claramente que su evangelio — el del Reino de Dios — sería suprimido hasta nuestros tiempos.

Sus discípulos le habían preguntado cuál sería la señal por la cual ellos podrían identificar el final de los tiempos, justo antes de su retorno a la Tierra.

Al responderles, lo primero que hizo Cristo fue advertirles contra posibles engaños. Muchos podrían venir en su nombre les dijo — alegando ser los ministros de Cristo, y aun reconociendo que Él, Jesús, era el Cristo; y al mismo tiempo engañarían a muchos hombres. Pero «... será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14).

Esta proclamación del Reino de Dios no podría ser la señal del final de los tiempos, si el evangelio hubiera estado siendo proclamado a todo lo largo de estos siglos.

Como Cristo mismo directamente profetizó que sucedería, muchos han predicado sobre su persona, diciendo que Jesús es el Cristo — predicando sobre el mensajero, pero suprimiendo su mensaje.

Pero el tiempo del fin está aquí. Después de casi diecinueve siglos, ese mensaje se está propagando mundialmente por la Iglesia de Dios Universal.

Algunos han predicado un «evangelio de salvación» (en realidad una falsa salvación) y otros un «evangelio de gracia» haciendo de la gracia, licencia para cometer pecado. Y además, hay aquellos que han optado por un «evangelio social».

Pero Cristo trajo un mensaje vital anunciando el Reino de Dios de su Padre. ¿Qué quiso Él decir con el Reino de Dios? ¿No es sorprendente que casi nadie en la sociedad actual lo sabe?

Un mensaje de gobierno

Pocos parecen comprender que el mensaje de Jesús fue sobre gobierno. Pocos se dan cuenta de que éste no es el tiempo que Dios está tratando de salvar al mundo en el sentido espiritual. Pocos saben que Jesús se interesaba en el aspecto gubernamental.

Jesús nació para ser rey. Fíjese nuevamente en lo que se profetizó en el libro de Isaías sobre Cristo: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro, y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre» (Isaías 9:6-7).

Note lo que fue dicho a su madre María: «... el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida!... Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lucas 1:26-33).

Cuando llevaron a Jesús ante Pilato, éste le preguntó: «¿Luego, eres tú rey?» Respondió Jesús: «Mi reino no es de este mundo» (Juan 18:37, 36).

¿Por qué ha sido engañado el mundo entero — ignorando por qué la humanidad fue creada y cuál es el propósito de la existencia de seres humanos en la Tierra?

Una y otra vez he preguntado, ¿por qué estamos en esta Tierra? ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Cuál es el camino — el sendero que conduce a la paz, el bienestar, la felicidad y la abundancia?

¿Por qué no hay paz mundial? ¿Por qué existen tantas maldades en este mundo? ¿Por qué no puede la ciencia darnos las respuestas? Estas preguntas son las más importantes en la vida humana. ¿Por qué la gente no está interesada en saber las respuestas?

La más grande religión del mundo, en números de adherentes, es el cristianismo. La gente supone que la religión cristiana procede de — se basa en — la Biblia.

Entonces, ¿por qué las diversas sectas y denominaciones del cristianismo tradicional no nos hablan del verdadero tema de la Biblia? ¿Por qué no conocen el auténtico evangelio que Jesús proclamó? Se encuentra en la Biblia — en sus páginas el mensaje no es ocultado. Es sencillo y claro.

¡Ya es hora que alguien clame a voz en cuello a la letárgica, indiferente y soñolienta humanidad que despierte!

¿Hay vida después de la muerte?

Algunas denominaciones fundamentalistas del cristianismo predican sobre la salvación espiritual — de una vida después de la muerte.

¿Existe vida después de la muerte? La verdad se encuentra de una manera sencilla y clara en la Biblia. Y esto fue esclarecido en el capítulo 12.

El evangelio de Jesús fue acerca del Reino de Dios. ¿Tiene ese mensaje algo que ver con la vida después de la muerte — con la salvación espiritual? Pero el mundo entero está engañado y adormecido. El evangelio del Reino de Dios tiene, básicamente, dos temas — el gobierno y la salvación espiritual (que algunos llaman «nacer de nuevo»). El previo capítulo explicó el tema del «nacer de nuevo». El presente capítulo tiene que ver con el gobierno.

Pero nuevamente pregunto: ¿Qué quiso Jesús decir con el Reino de Dios?

La verdad no es meramente sorprendente — es desconcertante y asombrosa. No obstante, es en realidad buenas nuevas — las más gloriosas buenas noticias que jamás haya recibido el estado consciente humano.

El evangelio de Cristo

Jesús iba por todas partes, predicando la buena nueva del Reino de Dios. Enseñaba en parábolas acerca de este Reino. Envió a 70 hombres a que predicaran también, y les ordenó proclamar el Reino de Dios (Lucas 10:9). Envió a los apóstoles, sobre cuyos hombros la Iglesia de Dios fue fundada, a predicar solamente el Reino de Dios (Lucas 9:1-2).

¿No es sorprendente que el mundo haya perdido el conocimiento de lo que todo ello significaba?

El apóstol Pablo predicó el Reino de Dios (Hechos 19:8; 20:25; 28:23, 31).

¿Ha usted oído a los hombres hablar del Reino de Dios más o menos en los siguientes términos? «Por medio de los cristianos que trabajan por todas partes para producir la paz mundial, la tolerancia y el amor fraternal, el Reino de Dios puede ser al fin establecido en los corazones de los hombres».

Porque el evangelio de Cristo fue rechazado hace 1900 años, el mundo ha tenido que suplantarlo con algo. ¡Los hombres han tenido que acudir a una falsificación! Así, hemos oído hablar del Reino de Dios vagamente, como de una especie de generalizada bonanza espiritual, como de un sentimiento positivo en los corazones humanos, con lo que el concepto queda reducido a una nada irreal y etérea. Otros, equivocadamente, han entendido que la Iglesia es el Reino de Dios. También hay otros que lo confunden con un «milenio», y no faltan los que, en este mismo siglo, han dicho que el Imperio Británico era el Reino de Dios.

¿Hasta qué extremos es el mundo capaz de ser engañado?

¡El profeta Daniel también sabía!

El profeta Daniel, que vivió 600 años antes que Cristo, sabía que el Reino de Dios es un reino real: un gobierno que regirá a los hombres en la Tierra.

Daniel era uno de cuatro jóvenes judíos extraordinariamente inteligentes y brillantes, que vivieron en la época del cautiverio del pueblo judío. Estos cuatro jóvenes fueron destinados al palacio del rey Nabucodonosor en el Imperio Caldeo, y se les preparó para que asumieran responsabilidades especiales en el gobierno babilónico. Daniel era un profeta, que había recibido el don de una comprensión especial de lo que percibía en visiones y sueños (Daniel 1:17).

Nabucodonosor fue el primer monarca mundial. Había conquistado un vasto imperio, inclusive Judea. El rey una vez tuvo un sueño que le perturbó mucho, haciendo que se preocupara grandemente. Inmediatamente exigió a sus magos, astrólogos y hechiceros que le interpretaran lo que había soñado, pero, desconcertados, no pudieron complacerle.

Entonces Daniel fue traído ante la presencia del rey.

Daniel no presumió de poseer una habilidad o talento humano para interpretar los sueños. «Pero», dijo, «hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios, y él ha hecho saber al rey Nabucodonosor lo que ha de acontecer en los postreros días» (Daniel 2:28).

Primero, el propósito divino fue revelar a este poderoso rey humano que hay un Dios en los cielos, un Rey que es el regente supremo de todas las naciones, gobiernos y reyes, ¡un Dios que gobierna el universo! Este rey sólo conocía a las muchas deidades demoníacas paganas, pero no sabía nada del verdadero y viviente Dios Todopoderoso, del Dios activo que efectiva y realmente gobierna el universo entero.

El propósito integral de ese sueño fue revelar el gobierno de Dios, poner de manifiesto el hecho de que Dios efectivamente gobierna, es decir, evidenciar el verdadero Reino de Dios. Ese Reino de Dios constituye el único y verdadero evangelio de Jesucristo. En segundo lugar, ese sueño sirvió para revelarnos lo que ha de ocurrir «en los postreros días», y el testimonio de ello ha sido preservado en forma escrita para que hoy podamos conocerlo. Ese testimonio se refiere a hechos que ocurrirán dentro de las dos próximas décadas, ¡en esta última mitad del siglo veinte!

Un mensaje para esta época nuestra

La Biblia no es una lectura aburrida y monótona escrita para un pueblo que vivió hace 2500 años. ¡Para nosotros, hoy, constituye noticia viva y palpitante! Es el anuncio de lo que va a pasar. Es el anuncio del acontecimiento más colosal de la historia, seguro que tiene lugar durante nuestra propia vida, dentro de muy pocos años.

¡Esto es el verdadero evangelio! ¡El mismo que Cristo predicó! Es un mensaje dirigido a usted y a mí, hoy. Y es vital que usted lo comprenda.

Tome su Biblia y lea los versículos 28-35, del segundo capítulo del libro de Daniel.

En su sueño, el rey Nabucodonosor había visto una gigantesca estatua, mayor que cualquiera otra imagen o estatua construida por el hombre, de dimensiones tan tremendas que resultaba sobrecogedora. La cabeza de la imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; el abdomen y los muslos, de bronce; sus piernas, de hierro; sus pies, de una mezcla de hierro y barro.

También el factor tiempo había intervenido en el sueño. Nabucodonosor había estado contemplando la estatua hasta que una piedra sobrenatural cayó de los cielos y desmenuzó los pies de la enorme imagen. Entonces la estatua completa fue desmenuzada en pequeños fragmentos, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Pero la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la Tierra.

¿Qué significaba aquel sueño, si es que realmente tenía un significado? Sí lo tenía, porque este sueño de Nabucodonosor fue obra de Dios. A diferencia de los sueños comunes y corrientes, éste fue causado para enviar al rey el mensaje de la soberanía de Dios y — porque es parte de la Palabra escrita de Dios — también a nosotros quiso Él enviarnos el mismo mensaje, para así revelarnos hechos importantes del verdadero evangelio.

«Este es el sueño», dijo Daniel, «también la interpretación de él diremos en presencia del rey» (versículo 36).

Esta, por consiguiente, es la interpretación divina, no la de Herbert W. Armstrong. La Biblia nos da la misma interpretación de Dios. Hela aquí: «Tú, oh rey, eres rey de reyes» — pues Nabucodonosor fue el primer soberano de un verdadero imperio mundial — «porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad». Dios estaba rebelándose a sí mismo a este dictador humano, para hacerle saber que Él era el mayor entre todos los reyes.

La gente en la actualidad — en forma igual a este rey caldeo — no piensa en Dios como Rey, como el Ser Supremo que efectivamente gobierna, como cabeza y fuente de todo gobierno. Pero el Dios Eterno quiso rebelarse a sí mismo a Nabucodonosor por medio de Daniel, y a usted y a mí por medio de la Biblia, como un Dios soberano, todopoderoso y gobernante, al que hay que obedecer.

«Tú eres aquella cabeza de oro», continúa Daniel. «Y después de ti se levantará otro reino inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce, el cual dominará sobre toda la tierra» (versículos 38-39).

¿Qué es un reino?

Tenga en mente que estamos hablando de reinos. Daniel está refiriéndose a un reino que dominará sobre toda la Tierra. ¡Está hablando de gobiernos! No se está refiriendo a sentimientos vagos o etéreos que habitan en los corazones de los hombres. Tampoco está hablando de iglesias. Está hablando de la clase de gobiernos en sentido literal, no figurado, que realmente tienen poder y autoridad sobre las naciones formadas por hombres aquí en la Tierra. Sus palabras son muy específicas. No hay posibilidad de darles una interpretación torcida.

La interpretación de Daniel no tiene por qué ser confundida. Es Dios quien nos da su propia interpretación mediante el profeta Daniel. La colosal estatua metálica representaba gobiernos nacionales e internacionales, verdaderos reinos en el sentido literal de la palabra.

Representaba una sucesión de gobiernos que regirían al mundo. Primero estaba la cabeza de oro, que representaba a Nabucodonosor y su reino — el Imperio Caldeo. Después de él, vendría un segundo reino o imperio; después, un tercero, «el cual dominará sobre toda la Tierra».

A continuación, en el versículo 40, vemos que las piernas de hierro representan un cuarto imperio mundial, destinado a ser fuerte, como es fuerte el hierro — militarmente más fuerte que sus predecesores. La plata es menos valiosa que el oro; el bronce, menos que la plata; el hierro, menos que el bronce. Es decir, en el proceso de la sucesión, a pesar de que cada nuevo metal es más fuerte y más duro que los anteriores, se va indicando una decadencia moral y espiritual. Las dos piernas simbolizan el hecho de que el cuarto imperio habría de estar dividido.

Después del Imperio Caldeo, vino el Imperio Persa, mucho mayor; a continuación, el Imperio Greco-macedonio. Por último, el Imperio Romano, que se dividió entre el Imperio de Occidente y el de Oriente, con sus respectivas capitales en Roma y Constantinopla.

Pero lleguemos ahora al versículo 44. Tome su Biblia, y encontrará allí, en lenguaje sencillo, la explicación que nos da Dios de lo que es su Reino:

«Y en los días de estos reyes... » Daniel habla ahora de los diez dedos de los pies, hechos en parte de hierro, y en parte de frágil arcilla. Este fragmento (conectando la profecía con Daniel 7 y con Apocalipsis 13 y 17) está refiriéndose a los nuevos Estados Unidos de Europa, que ahora están formándose del substrato del Mercado Común Europeo, ¡y esto es algo que está ocurriendo ante nuestros propios ojos! En Apocalipsis 17:12 se señala con toda claridad que habrá una unión de diez reyes o reinos, los cuales resucitarán al viejo Imperio Romano (Apocalipsis 17:8).

Fíjese bien en el elemento de tiempo. «En los días de estos reyes», dice el profeta Daniel. Es decir, en los días de estas diez naciones o grupos de naciones, en nuestro tiempo, veremos una breve resurrección del Imperio Romano. Notemos, pues, lo que va a ocurrir:

«... el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido... desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre».

Sí, durante este tiempo

Aquí nos encontramos con cuatro imperios universales — los únicos cuatro que hayan existido. Los capítulos 13 y 17 de Apocalipsis nos muestran que después de la caída original del Imperio Romano, habría diez restablecimientos — de los cuales, siete serían gobernados por una iglesia gentil — la «hija» de la antigua Babilonia — una iglesia afirmando que es cristiana, pero que Dios la llama: «Misterio: Babilonia la Grande» (Versión Moderna) — o más claramente, misterios babilónicos.

Seis han surgido y caído. El séptimo se está formando ahora — la última, final y breve resurrección del Imperio Romano por diez naciones o grupos europeos. Estos son los diez dedos mezclados de hierro y barro.

Durante el tiempo de su existencia — y durarán por un período muy breve de tiempo, quizás no más de dos a tres años y medio — el Dios de los cielos establecerá un reino.

Este, entonces, será el Reino de Dios.

Compárese con el capítulo 17 de Apocalipsis. Aquí se representa una iglesia. No una iglesia pequeña, sino una grande. Ella reina sobre «muchas aguas» (versículo 1), que en el versículo 15 son descritas como diversas naciones, hablando distintos idiomas. Ella se hace pasar como la Iglesia de Dios, que las Escrituras dicen (Efesios 5:23; Apocalipsis 19:7; Mateo 25:1-10, etc.) que es la «esposa» o prometida de Cristo, que espiritualmente ha de casarse con Él a su segunda venida.

Pero esta falsa iglesia ha fornicado. ¿Cómo? Pues, por tener unión política directa con gobiernos humanos de este mundo. Se «sentó» (Apocalipsis 17:3) sobre todas las siete resurrecciones del Imperio Romano — conocido como el «Sacro Imperio Romano». Gobernó sobre los reinos humanos como una esposa ilícita, sin contraer matrimonio, dominando su amante — una relación anormal y profana.

Ella, por lo tanto, ha de sentarse sobre esta última «cabeza de la bestia» — la última resurrección del «Sacro Imperio Romano». Será una unión de iglesia y Estado, y ha de durar por muy poco tiempo. Combatirá contra Cristo a su segunda venida — ése será su fin.

Ahora se encuentra a punto de surgir. Por lo tanto, ya se aproxima la segunda venida de Cristo. Estamos muy cerca del fin de este mundo.

Cuando Cristo venga, Él vendrá como Rey de reyes, gobernando al mundo entero (Apocalipsis 19:11-16). Y su Reino — el Reino de Dios —, como dice Daniel, consumirá todos estos reinos mundanos.

Apocalipsis 11:15 lo expresa así: «Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos».

Ese será el Reino de Dios. Ese será el fin de nuestros actuales gobiernos, de esos gobiernos que rigen a Rusia, China, Japón, Italia, Alemania, Estados Unidos y la Mancomunidad Británica de Naciones. Esos gobiernos se convertirán en los reinos, es decir, los gobiernos del Señor Jesucristo, que entonces será Rey de reyes sobre la Tierra entera.

Todo esto clarifica el hecho de que el Reino de Dios es un gobierno en el sentido literal de la palabra. Al igual que el Imperio Caldeo fue un reino, y el Imperio Romano también lo fue, el Reino de Dios será un gobierno que se hará cargo de regir a las naciones de este mundo.

¡Jesucristo nació para ser rey, es decir, gobernante!

Estas escrituras le dicen claramente que Dios es el Gobernante supremo. Le dicen en el lenguaje más claro que Jesús nació para ser rey — que va a gobernar a todas las naciones de la Tierra que su gobierno reinará eternamente.

Pero todo esto es solamente parte de la fantástica, sorprendente y desconcertante verdad sobre el Reino de Dios.

El Reino de Dios gobernará sobre todos los seres humanos y las naciones de la Tierra. Sin embargo, estos seres humanos mortales y las naciones no serán el Reino, ni siquiera en el Reino de Dios. Ellos meramente serán gobernados por este gobierno divino.

Aún tenemos que aprender de qué o de quién se compone. ¿Acaso puede usted como un individuo llegar a ser parte de este Reino?

Puede entrarse en este Reino

En los días de Jesús los líderes religiosos sabían que Él era un maestro venido de Dios con la verdad. Le motejaron de falso profeta, hereje y sedicioso. Sin embargo, sabían que su voz era la de Dios.

Uno de éstos, un fariseo llamado Nicodemo, que ocupaba un oficio de autoridad entre los judíos, vino a Jesús secretamente, de noche.

En el capítulo 12, un aspecto de la visita nocturna de Nicodemo con Jesús fue explicado, pero ahora comprendamos el resto de su conversación.

«Rabí», dijo este fariseo, «sabemos que has venido de Dios... » (Juan 3:2). Sí, los fariseos lo sabían. No dijo, «yo lo sé». Aseveró que «[nosotros] sabemos» — los fariseos. Sabían que ÉL hablaba la verdad; sin embargo, no sólo la rechazaron, sino que lo crucificaron.

Pero Jesús fue directamente al grano. Le habló a Nicodemo del Reino de Dios y le dijo algunas cosas que usted necesita comprender.

Leamos este fragmento del Evangelio de Juan: «Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (3:3). ¡Fíjese bien en esto! ¡El Reino de Dios es algo que puede ser visto, aunque sólo por aquellos que nazcan de nuevo! Es algo que otros no pueden ver.

Pero, ¿se aplica lo anterior a la Iglesia? ¿Pueden los hombres carnales, que no pretenden haber «nacido de nuevo», ver una iglesia? ¡Pues claro que sí! Pero, según la Biblia, no pueden ver el Reino de Dios. ¿Así lo dijo el mismo Cristo! Entonces, si creemos las palabras de Cristo, tenemos que llegar a la conclusión de que la Iglesia no es el Reino de Dios.

Sin embargo, leamos más de la Biblia: «Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (versículo 5). El Reino de Dios, por tanto, es algo en lo que se puede entrar, aunque sólo tendrán acceso al mismo los que hayan nacido del agua y del Espíritu.

Pero continuemos. En el capítulo bíblico que trata de la resurrección, leemos estas palabras: «Pero esto digo, hermanos, que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción» (1 Corintios 15:50). El Reino de Dios es algo en lo que se puede entrar y algo que se puede heredar, pero no es algo humano de carne y sangre.

¿Puede la gente de carne y hueso entrar en la Iglesia? Si es así, entonces el Reino de Dios no puede ser la Iglesia, porque el Reino de Dios es algo donde los hombres de carne, hueso y sangre no pueden entrar.

¿Qué piensa usted que es la «Iglesia»? ¿Es un edificio? La gente de carne y hueso puede entrar en los edificios y catedrales llamados iglesias. ¿Es la Iglesia la asamblea de los conversos? La gente de carne y hueso también puede ingresar en esa asamblea. Pero no puede entrar en el Reino de Dios. Por consiguiente, el Reino de Dios no es la Iglesia.

¿En el corazón de los hombres?

En la actualidad algunos piensan que el Reino de Dios es algún sentimentalismo etéreo o algo «establecido» en el corazón de los hombres. Si es así, entonces el Reino de Dios entra en personas mortales. Pero estas sencillas escrituras dicen que son los hombres (y las mujeres naturalmente) después de que ya no son de carne y sangre — sino seres resucitados con cuerpos compuestos de espíritu — quienes pueden entrar en el Reino de Dios. No entra en los seres humanos, sino que ellos entrarán en este Reino después de que sean resucitados en gloria — cuando ya no sean «carne y sangre».

¿Es el Reino «el dios en usted»? Absolutamente no. ¿Es acaso algo que nace dentro del hombre o que hasta ha entrado dentro de él? Se trata de algo en que el hombre puede entrar después de que «nace de nuevo».

¿Y qué del Imperio Británico? Bueno, yo he viajado por la mayor parte de las Islas Británicas, el Canadá y Australia. Todos sus habitantes son seres humanos de carne, hueso y sangre. Ellos sí entraron en el Imperio Británico — en realidad, ya no es imperio — pero no pueden entrar en el Reino de Dios en su presente estado de carne y hueso. Por consiguiente, el Imperio Británico no puede ser el Reino de Dios.

Pero alguien, quizás mal entendiendo la escritura, probablemente pregunte: «Bueno, ¿no dijo el mismo Jesús que el Reino de Dios "dentro de vosotros está"?» Desgraciadamente, existen algunas versiones de la Biblia que han traducido este pasaje de esa manera, pero se trata de una traducción errónea que ha hecho creer a algunos que el Reino de Dios es una emoción o sentimentalismo dentro del hombre.

¿En el corazón de los fariseos?

Examinemos esto. Tome en cuenta que si en realidad dice esto, entonces está contradiciendo todas las otras escrituras que le he citado. Si la Biblia se contradice, entonces no puede creer lo que enseña y usted no podrá tomarla en serio — y nada podrá probar en sus páginas.

Primero, ¿a quién le estaba hablando Jesús? Nótelo.

«Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque el reino de Dios está entre vosotros» (Lucas 17:20-21 ). Acabo de citar la versión de Reina-Valera, revisión de 1960, que traduce este versículo correctamente.

Jesús les hablaba a los inconversos, carnales, hipócritas y mentirosos fariseos. Fíjese, Él «les respondió y dijo» — habían sido los fariseos quienes le hicieron la pregunta. ¿Eran ellos miembros de la Iglesia? No, nunca lo fueron. Si alguien cree que el Reino es la Iglesia, y que el Reino estaba «dentro» de los fariseos, ¿estaba entonces la Iglesia dentro de los fariseos? ¿No es semejante creencia bastante ridícula?

Fíjese nuevamente en lo que exactamente dijo Jesús. Acuérdese que la Iglesia aún no había sido establecida. Jesús no dijo «el Reino de Dios será establecido en sus corazones». Él no dio ninguna de las interpretaciones que la gente suele insertar en este versículo. Él dijo a los fariseos, «el reino de Dios está» — tiempo presente, ahora. Cualquier cosa que estaba diciendo que era el Reino de Dios, lo dijo en tiempo presente, no futuro.

Lucas originalmente escribió estas palabras en lengua griega. Las palabras griegas fueron traducidas al español en algunas versiones como «dentro de vosotros está». Pero la versión Reina-Valera, revisión de 1960 las traduce, «el reino de Dios está entre vosotros». La revisión de 1977 de Reina-Valera las ha traducido, «el reino de Dios está en medio de vosotros». El contexto indica que éstas son las mejores traducciones del idioma griego original.

Jesús no se estaba refiriendo a una iglesia que pronto iba a establecerse. No estaba hablando de sentimentalismos en la mente o en el corazón. Estaba hablando de su reinado como el Mesías. Los fariseos no le preguntaron acerca de una iglesia. Ellos nada sabían sobre el pronto establecimiento de la Iglesia Neotestamentaria. No hicieron ningún interrogante sobre un bello sentimentalismo. Ellos sabían por las profecías que se encuentran registradas en los libros de Daniel, Isaías, Jeremías y otros, que el Mesías pronto había de venir. Sin embargo, pasaron por alto las profecías de su primera venida como el «Cordero de Dios», que había de ser sacrificado por los pecados de la humanidad. Que tenía que nacer como bebé, crecer, ser rechazado y despreciado por ellos, tal y como se encuentra registrado en el capítulo 53 de Isaías. Únicamente se fijaron en las profecías de su segunda venida como rey conquistador con dominio absoluto como el cumplimiento del Reino de Dios.

Gobierno mundial

Jesús explicó a los fariseos, en Lucas 17:20, 21, cómo serían las cosas. Les dijo que no se trataba de un reino local o limitado sólo para los judíos. No se trataría de un reino más, entre los muchos reinos de los hombres, que puede ser visto y señalado: «Helo aquí... helo allí». Pero Él, el mismo Cristo, había nacido para ser el Rey de ese Reino, tal y como se lo dijo a Pilato (Juan 18:36-37). La Biblia emplea indistintamente los términos «rey» y «reino» (Daniel 7:17-18, 23). El Rey del futuro Reino efectivamente estaba entre los fariseos, en medio de ellos, cuando les explicaba estas cosas. Y en el lenguaje con que les habló, eso es precisamente lo que les dijo, como se encargan de señalar las notas marginales en algunas traducciones.

Jesús procede entonces, en los siguientes versículos, a describir su segunda venida, cuando el Reino de Dios regirá sobre toda la Tierra. Lucas 17:24 se refiere al relámpago que fulgura y resplandece, como también lo hace Mateo 24:27, describiendo su segunda venida para gobernar al mundo entero. En el versículo 26 nos dice que, como sucedió en los días de Noé, así ocurrirá cuando Cristo venga en gloria y majestad para ser Soberano mundial. Y el versículo 30 se refiere al día en que Él será revelado.

Claramente Jesús no dijo que el Reino de Dios estuviera entre aquellos hipócritas fariseos que le odiaban. Ni tampoco dijo que la Iglesia sería el Reino de Dios.

Ahora podemos continuar con los otros fragmentos bíblicos, y el significado del Reino de Dios se hace obvio.

Jesús explícitamente dijo que esos fariseos no estarían en el Reino de Dios. Dirigiéndose a ellos, les habló así: «Allí será el llanto y el crujir de dientes, cuando vosotros [fariseos] veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos. Porque vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios» (Lucas 13:28-29).

El Reino de Dios es algo en lo que los hombres entrarán, cuando tenga lugar la resurrección de los justos. Y Abraham todavía no se encuentra allí (Hebreos 11:13, 39-40).

Todavía no ha llegado

Pero alguien pudiera preguntarse: ¿No dijo Cristo que el Reino de Dios estaba ya cercano? Sí, esto ya fue citado en Marcos 1:15. Esto, naturalmente, ha hecho que algunos interpreten equívocamente lo que Cristo dijo y lo que quiso decir con sus palabras. Así, algunos han dado por sentado que el Reino de Dios quedó establecido durante el tiempo cuando estuvo Jesús en la Tierra, por lo que suponen que ese Reino es la Iglesia.

Pero Jesús no dijo que el Reino de Dios hubiera sido establecido. Estaba siendo predicado, anunciado (Lucas 16:16). No dijo que ese Reino estuviera ya en la Tierra. Más aún: el mismo Jesús se encargó de corregir dicho error: «... prosiguió Jesús y dijo una parábola... por cuanto ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente» (Lucas 19:11).

¿Por qué Jesús contó esta parábola? Porque algunos, inclusive en aquella época, equívocamente pensaban que el Reino de Dios habría de aparecer inmediatamente, porque creían que ese Reino iba a ser la Iglesia.

Continuemos: «Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver» (versículo 12). Cristo es ese «hombre noble». Nos está hablando de su ascensión al trono de Dios su Padre, en los cielos. Note que Él iría allí para recibir un reino. Note también que Él habría de volver, después de haberlo recibido. ¡Pero Cristo aún no ha vuelto! Otras secciones de las Escrituras explican esto, y a ellas nos referiremos luego.

Por ahora, continuemos con la parábola que Cristo decidió contar, porque algunos hombres suponían que el Reino de Dios habría de manifestarse de inmediato, es decir, en aquel mismo primer siglo de nuestra era: «Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno» (versículo 15). Cuando Cristo retorne, todos seremos llamados ante el tribunal del juicio de Cristo, para rendir cuentas.

Pasemos ahora al versículo 17, donde se nos dice que aquel que había ganado diez minas recibió la autoridad para regir sobre diez ciudades. Y al que ganó cinco minas, se le dio potestad sobre cinco ciudades.

En esta parábola, se está hablando de la segunda venida de Cristo, y de cómo Él delega la autoridad para gobernar, confiriéndosela a los santos que se han convertido durante esta era cristiana, es decir, entre la primera y la segunda venida de Cristo.

Por consiguiente, esta parábola fue contada para hacernos ver con toda claridad que el Reino de Dios es un gobierno, en el sentido literal de la palabra, que será establecido cuando ocurra la segunda venida de Cristo, ¡y no antes! La Iglesia, por tanto, no puede ser el Reino de Dios. Pero la verdadera Iglesia de Dios va a ser transformada, por medio de una resurrección y de un cambio instantáneo de la mortalidad a la inmortalidad. Va a ser convertida en el Reino de Dios. La Iglesia, cuando todos sus miembros hayan sido transformados en seres inmortales, se convertirá en el Reino de Dios. Pero ahora, en estos momentos, todavía no es el Reino de Dios.

Los santos gobernarán

Leamos ahora la descripción de la forma en que Cristo recibió la autoridad para gobernar el Reino. Cristo es el hombre noble que fue al cielo para recibir su reinado y luego regresar.

Y hemos visto cómo el profeta Daniel habla del establecimiento del Reino de Dios, a la venida de Cristo, reino que consumirá a todos los gobiernos nacionales que existen en la Tierra y que regirá sobre todas las naciones. Esto se encuentra registrado en el segundo capítulo del libro de Daniel. Fíjese ahora en el capítulo 7:

«Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre [Cristo], que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él» (versículo 13). Jesús continuamente se refirió a sí mismo como el «Hijo del hombre», a lo largo de todos los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cristo subió a los cielos entre nubes (Hechos 1:9) y ascendió hasta el mismo trono de Dios (Marcos 16:19). Pero prosigamos:

«Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que nunca será destruido» (Daniel 7:14).

Toda esta narración es bien clara. Cristo ascendió hasta el trono de Dios en los cielos. Dios es soberano sobre la totalidad del universo. Esta visión nos muestra a Dios Todopoderoso, Padre de todos los resucitados que viven en Cristo, en el momento de conferir dominio a su Hijo. El dominio significa la autoridad soberana o suprema. Y a ese Hijo también le fue dado un reino. ¿Dónde ha de establecerse ese reino? La Biblia dice: «para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran». Los pueblos y las naciones que hablan diferentes lenguas están aquí, en la Tierra. Cristo, pues, recibió el dominio sobre todas las naciones, ¡sobre el mundo entero!

Importancia de la palabra «hasta»

Ahora le invito a que lea en su Biblia el versículo 21, capítulo 3, del libro de los Hechos. En el mismo se dice que los cielos recibieron a Cristo hasta — es decir, no permanentemente, sino «hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas». Restaurar significa restituir las cosas al estado que antes tenían. Y se está hablando de la restauración de las leyes de Dios, del gobierno de Dios. Es decir, de la restauración de la felicidad y la paz universal.

En el capítulo 7 del libro de Daniel, este profeta había experimentado un sueño y visiones. Había visto cuatro bestias salvajes. Fíjese en el versículo 16. La interpretación comienza en el versículo 17. Y ésta es la interpretación divina, no la mía: «Estas cuatro grandes bestias son cuatro grandes reyes que se levantarán en la tierra. Después recibirán el reino los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, eternamente y para siempre» (versículos 17-18).

Note que se está afirmando que no sólo Cristo va a reinar, sino también los santos de Cristo, es decir, los verdaderos cristianos conversos, aquellos engendrados como hijos de Dios. ¡Ellos tomarán posesión del Reino de Dios! Ellos gobernarán con Cristo. Y el Nuevo Testamento afirma claramente que los santos conversos son coherederos con Jesucristo.

En ese mismo capítulo 7, el profeta Daniel se refiere a otra potencia. La cuarta bestia de su sueño — el cuarto imperio (el Imperio Romano) — es descrita como un animal de diez cuernos, lo que allí se explica (y también en el Apocalipsis 13 y 17) como diez «resurrecciones» del Imperio Romano, después de la caída de dicho Imperio en el año 476 E.C. Pero entre esas resurrecciones ocurridas después del año 476, surgió otro pequeño «cuerno»: un reino religioso que gobierna los últimos siete de los cuernos, es decir, los últimos siete reinos romanos revividos o resucitados. (Véase el versículo 20.)

Leamos ahora acerca de este «pequeño cuerno» — el reino religioso — en el versículo 21 : «Y veía yo que este cuerno hacía guerra contra los santos y los vencía, hasta que vino el Anciano de días, y se dio el juicio a los santos del Altísimo, y llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino».

Los santos — no ya seres de carne y hueso, sino seres inmortales — han de poseer el Reino a la segunda venida de Cristo.

El propio Jesús lo hizo saber así con absoluta claridad, pues es Cristo quien habla en Apocalipsis 3:21:

«Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono». El trono del Padre está en los cielos, donde Jesucristo se encuentra ahora, pero el trono de Cristo, en el cual los santos se sentarán con Él, es el trono de David, en Jerusalén (Lucas 1:32). Más aún: «Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro... » (Apocalipsis 2:26-27).

No podemos conocer el TIEMPO

Después de su resurrección, en el monte de los Olivos, momentos antes de ascender al cielo, Jesús les explicaba a sus discípulos cómo recibirían el PODER inspirador y engendrador del Espíritu Santo de Dios, en el día de Pentecostés que se aproximaba.

Los discípulos querían saber si el Reino de Dios iba a ser establecido en aquel entonces. La Iglesia sí fue establecida en ese importantísimo día. Pero, ¿era aquello el establecimiento del Reino de Dios?

Los discípulos le preguntaron: «Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?»

Jesús, una vez más, aclaró que la Iglesia no era el Reino de Dios.

«Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. Y habiendo dicho estas cosas, viéndola ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos» (Hechos 1:6-9).

La misión que Dios le dio a la Iglesia fue la de predicar su evangelio a todo el mundo. Los apóstoles habrían de recibir el Espíritu Santo, que los engendraría como santos — como cristianos —, situándolos dentro de la Iglesia de Dios. Esto les infundiría el poder necesario para cumplir la misión de la Iglesia. Pero ello no es equivalente al establecimiento del Reino de Dios. Cristo les dijo a los apóstoles que ellos no iban a saber en qué momento el Reino iba a ser establecido.

¿Qué quiso decir Jesús cuando les dijo: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones»? Ya Cristo había explicado esto en otra oportunidad, cuya reseña se encuentra registrada en Mateo 24:36, cuando estaba hablando acerca del fin de este mundo y de su segunda venida:

«Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre». Jesús se refería a su segunda venida y al establecimiento del Reino de Dios. Nadie, excepto Dios el Padre, sabe cuándo esto habrá de acontecer.

Sin embargo, aunque no sabemos, aun en la actualidad, el día o la hora de la segunda venida de Jesucristo, sí sabemos por las profecías en la Palabra de Dios, que el tiempo está muy cercano. Note en Lucas 21:25-32 que Jesús estaba preanunciando los acontecimientos mundiales, los que en el presente están conduciendo a la «angustia de las gentes» o naciones; a problemas y guerras alrededor de la Tierra: «confundidas... desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que sobrevendrán en la tierra . . . » — problemas mundiales como nunca antes han sido experimentados. «... Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca».

Por consiguiente, los acontecimientos mundiales muestran que estamos en la mismísima generación final de este presente mundo malo y perverso.

Dos alternativas críticas

Los problemas de alcance internacional comenzaron en 1914 con la Primera Guerra Mundial. Hubo un receso desde 1918 hasta 1939. Ahora nos encontramos en el segundo receso, pero en la actualidad contamos con energía nuclear. Hay muchas bombas de hidrógeno almacenadas, con una potencia y volumen capaces de destruir varias veces toda la humanidad de este planeta. Hay otras armas destructivas en existencia, cualquiera de ellas con la capacidad de borrar toda vida humana de esta Tierra.

Renombrados científicos de fama internacional dicen que solamente un extraordinario gobierno mundial podría evitar la destrucción de este planeta. No obstante, los seres humanos no pueden o no están dispuestos a unirse para formar semejante gobierno mundial.

Ya es hora de que nos encaremos al duro, frío y existente hecho. La humanidad tiene dos alternativas: o existe un Omnipotente, Todopoderoso Dios que está a punto de intervenir y establecer el Reino de Dios para gobernar a todas las naciones con poder sobrenatural y supranacional para traernos paz — o toda la humanidad será destruida (Mateo 24:22).

Mas el reciente «receso» pronto terminará y empezará una Tercera Guerra Mundial nuclear — conocida en la profecía bíblica como la «Gran Tribulación» (Mateo 24:21-22). Pero Dios acortará ese postrero supremo conflicto mundial, y enviará a Cristo nuevamente a la Tierra como Rey de reyes y Señor de señores con el fin de que el gobierno divino sea restaurado en esta Tierra por el Reino de Dios.