EL INCREIBLE POTENCIAL HUMANO

Capítulo 4
Preexistencia antes del universo físico
Para entender — para comprender el pleno significado en el orden de la sucesión del tiempo — debemos retroceder a la prehistoria. La dimensión ausente en el conocimiento también es revelada en la Palabra de Dios — el mensaje y la revelación del conocimiento por parte de Dios a la humanidad.
Lo mismo ocurre en cuanto a poder comprender lo que Dios ha preparado para la humanidad — el máximo potencial humano.
La verdadera comprensión solamente es posible cuando se comienza al principio de la historia.
Si alguien preguntara dónde en la Biblia en realidad se encuentran los verdaderos acontecimientos iniciales, la mayoría de aquellos que poseen por lo menos un conocimiento superficial del libro de más éxito de venta en todo el mundo contestarían:
«Pues, en el primer capítulo del Génesis, por supuesto».
No es así.
El verdadero principio, en el orden de sucesión del tiempo, se encuentra en el Nuevo Testamento — en el primer versículo del capítulo uno del Evangelio de Juan. Los acontecimientos que se relatan en el Génesis ocurrieron más tarde — probablemente hasta millones de años más tarde.
Pero el suceso registrado en Juan 1:1 revela una existencia de quizás muchos años antes de que Dios creara la Tierra y el universo físico.
Nótelo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Continúa, «Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».
El término «todas las cosas» pudiera ser traducido como «el universo». Todo el universo fue creado por Él.
El decimocuarto versículo del primer capítulo de Juan dice: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad».
El Personaje llamado el Verbo fue el que finalmente — hace más de 1900 años — nació y fue nombrado Jesucristo.
El término «el Verbo» es traducido del texto original griego, y literalmente significa «el Portavoz». Sin embargo, «en el principio» Él aún no era el Hijo de Dios. No obstante, las Escrituras revelan que El siempre ha existido y existirá —«desde la eternidad hasta la eternidad». «Sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida . . .» (Hebreos 7:3). Así que piense en esto.
Originalmente, sólo existían estos dos Personajes espirituales — ellos eran la vida misma. Tenían poderes creativos — contaban con supremas mentes perfectas — poseían carácter perfecto, santo y justo.
Pero, no existía nadie más — nada en lo absoluto. Aún no existía la materia — todavía no había un universo físico. No existía ningún otro ser viviente o cosa alguna.
Unicamente estos dos, iguales en mente y poder, excepto que Dios era supremo en autoridad, y el Verbo estaba en perfecta armonía bajo esa autoridad. Eran de una misma mente — de un mismo sentir — y estaban en completo acuerdo.
Pero todas las cosas — el universo y todo lo que en él existe fueron hechas por el Personaje llamado el Verbo. Como leemos en Colosenses 1 :16: «. . . todo fue creado por medio de él [Jesucristo] y para él». Y antes de convertirse en Jesucristo, Él era el Verbo. Durante su existencia humana, Jesús también dijo que Él hablaba aquellas cosas que el Padre le mandaba decir.
¡Sí, piense en ello!
En la eternidad aun antes de la «prehistoria» existían estos dos Seres Supremos. Solos. En la vacuidad del espacio. Ninguna otra forma de vida — ningunos otros seres vivientes. Nada más.
Pero poseían mentes de suprema capacidad. Y, muchísimo más tarde, crearon a los seres humanos conforme a la semejanza e imagen de ellos mismos. Dotaron al hombre con el poder mental. Es lógico pensar que las mentes humanas fueron creadas para que funcionaran de la misma manera que la del Creador, aunque de un modo inferior a la de Él.
Pero, ¿Cómo es que nosotros los humanos usamos nuestras mentes? Somos dotados de algo semejante a los poderes creativos de Dios. El hombre ha construido edificios de materia ya en existencia. Ha inventado máquinas complicadas. ¿Pero cómo? El hombre piensa en lo que va a hacer — traza planes — antes de empezar a construir o producir lo que desea.
Como ejemplo: Después de orar mucho con el fin de saber cuál era la voluntad de Dios, fui permitido construir el más excelente auditorio moderno sobre la Tierra — el Auditorio Ambassador en Pasadena, California. Sin embargo, lo pensé y planeé mucho — contraté a los mejores arquitectos e ingenieros del mundo para trazar completamente mi idea de semejante edificio en planos. Tomó doce años para planear, diseñar y trazar los planos — mucho tiempo antes de comenzar a construir el Auditorio. Cada pulgada cúbica del Auditorio fue diseñada en papel antes de que se empezara la construcción de cualquier parte del edificio.
¿Cuánto más, entonces, habrán planificado y diseñado el gran Dios y el Verbo en sus mentes, antes de crear lo que deseaban?
Ellos no crearon la materia o lo físico primero. Las leyes y los hechos de la radiactividad nos dicen con certeza que hubo un tiempo en que la esencia física no existía.
Pero el gran Dios, por medio del Verbo, primero diseñó y creó seres compuestos de espíritu — ángeles, cada uno individualmente creado — millones o quizás hasta miles de millones de ellos. Eran compuestos totalmente de espíritu. A ellos se les otorgó vida en sí mismos — vida inherente — inmortalidad. Pero Dios creó mentes en ellos — con poder para pensar, razonar, escoger y hacer decisiones.
La realización de la suprema creación
Pero había una sumamente importante cualidad que ni los mismos poderes creativos de Dios podían crear inmediatamente por mandato — el mismo perfecto, santo y justo carácter inherente en Dios y en el Verbo.
Esta clase de carácter divino tiene que desarrollarse, por la decisión de aquél en el cual ya ha empezado a existir.
Así que mantenga bien en mente este extraordinario y vital truismo — ese perfecto, santo y justo carácter es el reto supremo de la máxima realización para el Omnipotente Dios Creador —es además el medio para realizar su máximo propósito supremo. Su objetivo final.
¿Pero cómo se logrará?
Repito, el carácter perfecto tiene que ser desarrollado. Requiere libre albedrío y la decisión del ente autónomo en el que dicho carácter ha de ser creado. Pero aun así, tiene que proceder y ser inculcado por Dios, pues únicamente Él cuenta con semejante carácter justo para dárselo a otros.
El perfecto, santo y justo carácter en una independiente entidad es la habilidad de discernir el verdadero y correcto camino del falso sendero, de voluntariamente entregarse plena e incondicionalmente a Dios y a su camino perfecto — de entregarse a Dios para que pueda ser conquistada por Dios — para determinar, ante la tentación y el impulso, a vivir y hacer lo correcto. Y aun entonces, tal carácter santo es el don de Dios. Se produce cuando alguien se sujeta a Dios porque quiere ser inculcado con su ley, la cual constituye el camino de vida correcto que procede de Dios.
En realidad, este carácter perfecto solamente viene de Dios, al ser inculcado dentro de un ente de su creación, por consentimiento voluntario, aun después de severas pruebas y tribulaciones.
He dedicado unos cuantos párrafos a este punto porque se trata del pináculo supremo en el propósito completo de Dios. Ahora, en cuanto a los ángeles prehistóricos: Dios 1) los creó con mentes capaces de pensar, razonar, hacer decisiones y escoger libremente por sí mismos, y 2) les reveló claramente su verdadero y justo camino. Pero Dios tuvo que concederles libre albedrío para que pudieran voluntariamente decidir entre aceptar el sendero justo de Dios o andar por sus propios caminos.
¿Cuál fue el objetivo máximo para los ángeles? Sin duda alguna, fue el que ahora, por la rebelión de los ángeles, se ha convertido en el potencial trascendental de los humanos.
Como lugar para experimentar, y donde se tendría la oportunidad para realizar positivos y activos proyectos, Dios creó trajo en existencia — todo el vasto universo.
Dios ahora había creado no tan sólo la materia, sino con y dentro de ella la energía y aquellas leyes como las que el hombre ha descubierto en los campos de la física y la química. Dios formó la materia para que estuviera presente tanto en el estado inorgánico como en el orgánico.
Y por lo tanto, ahora llegamos a lo que es revelado en Génesis 1:1: «En el principio [del universo físico] creó Dios los cielos y la tierra». Fíjese que dice cielos — plural —, los cuales incluyen no tan sólo el cielo de esta Tierra, sino del universo entero.
Por consiguiente, se indica que en ese entonces — después de la creación de los ángeles — tanto el universo como la Tierra fueron creados durante el mismo tiempo. Encuentro fuertes indicaciones de esto en otras evidencias internas de la Biblia.
La creación perfecta
Las palabras hebreas (las que originalmente fueron escritas por Moisés) implican una creación perfecta. Dios se revela a sí mismo como Creador de perfección, luz y belleza. Cada referencia en la Biblia describe el estado de cualquier fase terminada de la creación de Dios como buena «en gran manera» — perfecta.
Este primer versículo de la Biblia en realidad habla de la creación física original: la creación del universo, que incluye a la Tierra, hace quizás millones de años. Y ésta fue una creación espectacular, hermosísima y perfectísima. ¡Dios es un perfeccionista!
En Job 38:4, 7, nos encontramos con que Dios habla específicamente de la creación de esta Tierra. Nos cuenta que los ángeles (creados con la dignidad de «hijos de Dios») exultaron de alegría cuando la Tierra fue creada, lo que nos está poniendo de manifiesto que ellos fueron creados antes que la Tierra, probablemente antes que el universo material. Los soles, los planetas y los cuerpos celestes son de sustancia material. Los ángeles son seres espirituales individualmente creados, compuestos exclusivamente de espíritu.
A muchos les sorprenderá que yo les diga que los ángeles poblaban la Tierra antes de la creación del hombre, pero el pasaje a que me referí, del libro de Job, así lo implica.
Los ángeles, pobladores de la Tierra, pecaron
Otros pasajes bíblicos señalan que los ángeles habitaban la Tierra antes que el hombre.
Vamos a fijarnos en la secuencia del tiempo que nos señala la segunda Epístola de Pedro 2:4-6: Primero, los ángeles que pecaron; luego, el mundo antediluviano que se inicia con Adán y que se extiende hasta la época del diluvio universal; después de eso, Sodoma y Gomorra.
La Biblia — el Libro de los libros, que encierra el conocimiento revelado por Dios Creador — nos dice que Dios creó a los ángeles como seres compuestos únicamente de espíritu. ¿Puede usted imaginarse a unos ángeles que se convirtieron luego en pecadores? Los ángeles fueron creados con las facultades de raciocinio, decisión y elección. Sin éstas, no hubieran tenido individualidad ni carácter. Ahora bien, el pecado es la infracción de la ley de Dios (1 Juan 3:4). Por consiguiente, los ángeles pecaron rebelándose contra esa ley, que es base del gobierno de Dios.
Note atentamente lo que se nos revela en la Segunda Epístola de Pedro: «Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio; y si no perdonó al mundo antiguo, sino que guardó a Noé, pregonero de justicia, con otras siete personas, trayendo el diluvio sobre el mundo de los impíos» (2:4-5).
Estos versículos demuestran que el pecado universal trae consigo destrucción, también universal, de la Tierra física. El pecado antediluviano, que culminó con la llegada del diluvio, fue un pecado mundial, universal. Veamos lo que nos dice el Génesis: . . . y estaba la tierra llena de violencia . . . porque toda carne había corrompido su camino sobre la tierra . . . porque la tierra está llena de violencia» (6:11-13). «Pero Noé halló gracia ante los ojos del Eterno... Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé» (versículos 8-9). Toda la carne, excepto Noé, había pecado, y ello sobre toda la Tierra. Así pues, el diluvio destruyó la Tierra entera.
El pecado de homosexualidad y otras ofensas se extendieron por los territorios de las ciudades de Sodoma y Gomorra. Y toda la región quedó desolada físicamente. El pecado de los ángeles fue mundial; por consiguiente, la destrucción de la Tierra física fue mundial también.
Los versículos arriba señalados ubican el pecado de los ángeles antes que los pecados antediluvianos que se iniciaron con Adán. El pecado de los ángeles fue anterior a la creación del hombre. Y ésta debería ser una de las sorpresas reveladoras — una fase de la dimensión que le falta al conocimiento humano. Los ángeles habitaron la Tierra antes de la creación del hombre.
Y el gobierno de Dios fue ejercido sobre la Tierra hasta que la rebelión angélica se produjo.
¿Cuánto tiempo estuvieron los ángeles poblando la Tierra? Este dato no nos ha sido revelado. Puede haber sido por un período de millones de años (sobre esto, volveremos luego). Pero esos ángeles pecaron, y el pecado es una infracción de la ley de Dios (1 Juan 3:4). Y la ley divina es la base del gobierno divino. Sabemos, pues, que una gran multitud de ángeles (aparentemente una tercera parte de los que había; Apocalipsis 12:4) pecaron, rebelándose contra el gobierno de Dios. Los pecados traen un castigo como consecuencia. El castigo para el pecado cometido por los ángeles no es la muerte, como sí lo es para el pecado humano. Los ángeles son espíritus inmortales, y se les había dado dominio sobre la Tierra física, para que la usaran como posesión y morada.
El pecado universal de los ángeles trajo como consecuencia la destrucción física de la faz de la Tierra.
Dios es Creador y también Gobernante sobre su creación. Él preserva lo que ha creado por medio de su gobierno. Lo que Dios creó, lo hizo con un propósito — para ser usado, preservado y afirmado. Y este uso es reglamentado por el gobierno de Dios. Cuando los ángeles se rebelaron contra el gobierno de Dios, la preservación de la Tierra física y toda su belleza y gloria original cesaron — y la destrucción física de la superficie fue el resultado.
Dios es Creador, Preservador y Soberano. Satanás es Destructor.
Ahora leemos en Judas 6-7:
«Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día; como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquéllos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno».
Pero retornemos al primer capítulo de Génesis. El versículo 1, como ya se explicó, implica una creación perfecta. Dios es el Autor de la vida, la belleza y la perfección. Satanás sólo ha causado tinieblas, fealdad, imperfecciones y violencia. El primer versículo del Génesis se refiere a la creación de una Tierra perfecta, gloriosa y hermosísima. El versículo 2 revela el resultado del pecado de los ángeles.
«Y la tierra estaba [se volvió] desordenada y vacía». Las palabras «desordenada y vacía» son traducción de las voces hebreas tohu y bohu. «Desolada y vacía», o «caótica y en confusión» serían traducciones más atinadas. La forma verbal «estaba» es expresada, en otros pasajes del Génesis (por ejemplo, 19:26), como «se convirtió». En otras palabras, la Tierra originalmente creada era perfecta y hermosa, y fue luego que se convirtió en un planeta caótico, desolado y vacío, como la Luna, con la única excepción de que su superficie se encontraba cubierta por las aguas.
David recibió inspiración divina para revelar en qué forma renovó Dios la faz de la Tierra: «Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la Tierra» (Salmos 104:30).
Ahora nos aguarda algo que constituirá otra sorpresa para una mayoría de los lectores. Se trata de otra fase o sector más de esa dimensión perdida del conocimiento, y es una fase que también está revelada en la Biblia, aunque la religión, la ciencia y la educación superior no han acertado a descubrirla.
A partir del versículo 2 del capítulo 1, el Génesis no está describiendo la creación original de la Tierra. Está describiendo, sí, una renovación de la faz de nuestro planeta, renovación que tuvo lugar después de que la Tierra quedó desolada y en caos como consecuencia del pecado angélico.
Lo que se describe a partir del versículo 2 del Génesis, en todo el resto del primer capítulo bíblico (al que suele llamársele «capítulo de la creación»), efectivamente ocurrió y, según la propia Biblia, debe haber ocurrido hace aproximadamente unos 6000 años, pero todo ello puede haber sucedido millones, billones o trillones de años después de la verdadera creación de la Tierra, que es la referida en el versículo primero.
Más tarde haré algunos comentarios acerca de qué período de tiempo pudo haber transcurrido antes de que los ángeles que poblaron la Tierra se rebelaran.
La Tierra existía, pero se había convertido en algo desolado y caótico. Dios no la había creado en ese estado de confusión. Dios no es el autor de la confusión (1 Corintios 14:33). La misma palabra hebrea — tohu — que significa desolación y vacío, fue inspirada a Isaías (45:18), y es traducida, en el aludido pasaje, como «en vano»: «Porque así dijo el Eterno, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano [tohu], para que fuese habitada la creó... »
Continuemos ahora con el resto del versículo 2 del primer capítulo del Génesis. La Tierra se había convertido en algo caótico, desolado y vacío: «. . . y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo [el océano o superficie acuosa de la Tierra], y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas» (versículos 2-4).
Satanás es el autor de las tinieblas. La rebelión de los ángeles había causado la aparición de la oscuridad. Dios, en cambio, es el autor de la luz y la verdad. La luz despliega y enaltece a la belleza, y también expone el mal. La oscuridad, por el contrario, oculta ambas cosas.
Los siguientes versículos de ese primer capítulo del Génesis describen la renovación de la faz de la Tierra, con la producción de hermosas y fructíferas plantas de todo tipo, con la aparición de los peces, las aves y los animales terrestres, y, por último, con la aparición del hombre.
El gran Lucero
Sin embargo, antes de que nos ocupemos del hombre, hemos de llenar primero ciertos vacíos prehistóricos.
¿Cómo fue que los ángeles pecaron? ¿Cómo fue que tuvo lugar su rebelión?
Recordemos que el Dios Creador también preserva, mejora y realza, con su gobierno, lo que Él ha creado. Y Él lo ha creado con el propósito de que se use. La Tierra, originalmente, estaba destinada a ser habitada y usada por los ángeles.
Cuando Dios colocó a los ángeles (aparentemente a un tercio de los que existían; Apocalipsis 12:4) sobre una Tierra recién creada, perfectísima., hermosa y llena de gloria, designó a un arcángel para que presidiera sobre estos ángeles, haciéndose cargo de la administración del gobierno divino. Este arcángel era Lucero, un maravilloso querubín. Sólo había otros dos querubines de tan excelso rango como Lucero: Miguel y Gabriel.
Ateniéndonos a lo que nos ha sido revelado, estos querubines, constituían el pináculo de los ángeles o seres espirituales, entre los más excelsos que Dios podía crear. Lucero era un ser superior de increíble majestuosa belleza, de brillantez deslumbradora, revestido de inmensa sabiduría e inmenso poder, tan perfecto como Dios lo había creado. Pero Dios, de necesidad, le concedió el poder de libre albedrío, la facultad de decidir. De lo contrario, Lucero no hubiera tenido individualidad ni carácter.
Es necesario que usted comprenda plenamente el grado de suprema magnificencia de que estaba revestida esta criatura de Dios. Dos pasajes bíblicos distintos nos hablan de cuál era su original estado de perfección.
Hemos de fijarnos primero en lo que se nos revela en el capítulo 14 de Isaías. Este famoso capítulo comienza refiriéndose al tiempo, que ya está próximo a llegar, en el cual Dios habrá intervenido ya en los asuntos de este mundo. El pueblo de Israel (no necesaria o exclusivamente los israelíes ni los judíos) habrá caído en esclavitud, y Dios habrá intervenido para retornarlos a su hogar palestino.
«Y en el día que el Eterno te dé reposo de tu trabajo y de tu temor, y de la dura servidumbre en la que te hicieron servir, pronunciarás este proverbio contra el rey de Babilonia, y dirás: ¡Cómo paró el opresor, cómo acabó la ciudad codiciosa de oro!
Quebrantó el Eterno el báculo de los impíos, el cetro de los señores; el que hería a los pueblos con furor, con llaga permanente, el que se enseñoreaba de las naciones con ira, y las perseguía con crueldad» (Isaías 14:3-6).
Isaías no está hablándonos de Nabucodonosor, el rey de Babilonia, y el tiempo a que se refiere aún no ha llegado, aunque ya no le falta mucho. Este pasaje bíblico nos habla del sucesor moderno de aquel antiguo Nabucodonosor, de alguien que será el gobernante del Sacro Imperio Romano que pronto resucitará, algo así como unos «Estados Unidos de Europa», una unión de diez naciones que pronto se establecerá, originándose en el actual Mercado Común. Ésta Europa unida conquistará a Israel (sí usted se da cuenta de cuál es el Israel de hoy, y no me estoy refiriendo a los judíos, conocidos hoy como israelíes). Todo esto se encuentra íntimamente relacionado con otras profecías, que la falta de espacio no nos permite explicar ahora.
Pero este «rey de Babilonia», al tiempo de la profecía, habrá sido totalmente derrotado por la intervención del Cristo viviente con todo su poder y majestad. Continuemos, pues, la lectura de la profecía:
«Toda la tierra está en reposo y en paz; se cantaron alabanzas. Aun los cipreses se regocijaron... y los cedros del Líbano, diciendo: Desde que tú pereciste, no ha subido cortador contra nosotros» (versículos 7-8).
Quiero, justamente aquí, intercalar una información interesante. Los cedros del Líbano, bíblicamente famosos, han sido casi totalmente cortados. Sólo quedan pequeños grupos de estos árboles, en las montañas más altas. Yo los he visto y los he fotografiado. Sin embargo, quizá los ejemplares más hermosos de cedros del Líbano que aún quedan en la Tierra, son los que están plantados en los terrenos de las oficinas de la Institución Ambassador en Inglaterra. Los tenemos en gran estimación. Y es curioso notar que esta profecía, escrita aproximadamente 500 años antes de Cristo, registre el hecho de que estos hermosos y majestuosos árboles iban a ser talados en tan gran escala.
Este capítulo 14 del libro de Isaías nos habla de la derrota de este futuro rey, a manos del Cristo glorificado y todopoderoso. La profecía se refiere a este rey como al principal brazo militar y dirigente político de Satanás, totalmente engañado por éste en los años que ya se nos están avecinando.
Si proseguimos la lectura y llegamos al versículo 12, este tipo humano y terrestre de Satanás súbitamente se refiere a Satanás mismo, el ex-arcángel Lucero:
«¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones». Pues esto es lo que Lucero hacía, por medio del dirigente militar y político que tenía en su poder, del que se nos habla en los primeros once versículos del capítulo.
El nombre «Lucero» significa «brillante estrella del alba» o «portador de luz», y así fue como Dios lo creó en un principio. Pero sigamos con Isaías: «Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono». Note que Lucero tenía un trono, que era un gobernante. Y ese trono suyo estaba en la Tierra, pues se nos dice que iba a subir al cielo. Sigamos:
«... y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (versículos 13-14). Resulta obvio que Lucero tenía en mente el plan de derrocar al Dios Creador, y arrebatarle su trono para ocuparlo él como suprema deidad.
Todo indica que Lucero planeaba ponerse a sí mismo, por sobre todo el universo, en lugar de Dios.
Pero luego vemos, cuando el contexto vuelve a referirse al tipo humano y terrestre: «Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo» (versículo 15).
A partir de este punto, la ilación continúa refiriéndose al tipo humano. He aquí una obra maestra del poder creativo de Dios: un ser individualmente creado, que amenaza volverse contra su propio Hacedor, como un «frankenstein» resuelto a destruir a su creador, para asumir todos los poderes y regir el universo entero.
El suyo no era un gobierno basado en los principios del amor, del dar, de la generosidad hacia el prójimo, sino centrado en el egoísmo, la vanidad, la concupiscencia, la codicia, la envidia, los celos, el espíritu de competencia, el odio, la violencia y la destrucción; apoyado en las tinieblas y el error, no en la luz y la verdad; en fealdad, no en la belleza.
Pero pasemos ahora a otro pasaje bíblico: el que nos describe suprema creación angélica de Dios, contenido en el libro del profeta Ezequiel.
Lucero, un ser creado
La narración total del capítulo 26 de Ezequiel nos habla del gran centro comercial antiguo que fue la ciudad de Tiro. Esta fue la metrópoli comercial del mundo antiguo, aun cuando Babilonia era la capital política. Tiro era el Nueva York, el Londres, el Tokio y el París de la antigüedad.
El capítulo 27 contiene pasajes que pueden compararse a los incluidos en el capítulo 18 del Apocalipsis, respecto a un futuro dirigente político-religioso (versículos 9-19).
Pero, cuando llegamos al capítulo 28, el tema se refiere; mucho más a la época que pronto nos aguarda, la misma descrita en el capítulo 14 de Isaías (al que nos acabamos de referir hace poco), y allí se nos habla del príncipe de Tiro, un gobernante de esta Tierra. Estas son las palabras que Dios inspiró al profeta Ezequiel: «Hijo del hombre, di al príncipe de Tiro [se refiere en realidad a un poderoso dirigente religioso que surgirá pronto, en nuestros tiempos]: Así ha dicho el Eterno el Señor: Por cuanto se enalteció tu corazón, y dijiste: Yo soy un dios, en el trono de Dios estoy sentado [2 Tesalonisenses 2:4] en medio de los mares (siendo tú hombre y no Dios), y has puesto tu corazón como corazón de Dios; he aquí que tú eres más sabio que Daniel; no hay secreto que te sea oculto. Con tu sabiduría y con tu prudencia has acumulado riquezas, y has adquirido oro y plata en tus tesoros . . . y a causa de tus riquezas se ha enaltecido tu corazón.
«Por tanto, así ha dicho el Eterno Dios y Señor: Por cuanto pusiste tu corazón como corazón de Dios, por tanto, he aquí yo traigo sobre ti extranjeros, los fuertes de las naciones . . . al sepulcro te harán descender, y morirás con la muerte de los que mueren en medio de los mares» (Ezequiel 28:2-8). Compárelo con 2 Tesalonisenses 2:3-4 que habla del «hombre de pecado . . . el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios . . . tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios».
¡Qué ser tan supremo!
Pero, al llegar al punto que hemos visto, el tipo humano menor se eleva al nivel de un anticipo espiritual superior, que es el mismo Lucero.
El profeta Ezequiel continúa diciéndonos: «Vino a mí palabra del Eterno, diciendo: Hijo de hombre, levanta endechas sobre el rey de Tiro, y dile: Así ha dicho Dios el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado de hermosura» (versículos 11 y 12).
Lea de nuevo esos versículos. Dios nunca habría dicho cosa semejante acerca de un ser humano. Este no era un ser humano, sino un ser espiritual lleno de sabiduría, perfección y belleza. Era una de las obras maestras de Dios como ser individualmente creado, una de las mayores perfecciones creadas por el Dios Todopoderoso.
«En Edén, en el huerto de Dios estuviste . . .» (versículo 13). Sin embargo, sabemos que habitó en esta Tierra. «. . . de toda piedra preciosa era tu vestidura . . . los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación» (versículo 13). Era un ser creado, no un hombre nacido. Era un ser espiritual, no de carne humana. Estaba dotado de un extraordinario genio musical. Y ahora que se ha pervertido en sus pensamientos, acciones y forma de ser, es el verdadero autor de la también pervertida música moderna con todas sus discordancias. Piense, lector, en el supremo talento, habilidad y potencial de un ser creado con las capacidades de que estaba investido Lucero. Y todas esas capacidades se pervirtieron, se disiparon, se convirtieron en odio, destrucción y desesperanza.
Pero cobre ánimo, pues el potencial humano, si tenemos la voluntad y el valor de resistir las asechanzas de Satanás y de perseverar en los caminos de Dios, es infinitamente superior al potencial de Lucero, aun al que tenía cuando fue originalmente creado, antes de entregarse a la rebelión y a la iniquidad.
Pero continuemos con esta particular revelación de la dimensión ausente en el conocimiento humano, cuya importancia es crucial. «Eras el querubín que cubrías con tus alas», dice Dios, refiriéndose a Lucero (Ezequiel 28:14, Versión Moderna). Y esto nos lleva al capítulo 25 del Exodo, donde Dios le dio a Moisés el diseño para el Arca del Testimonio. La descripción comienza en el versículo 10, y los versículos de 18 a 20 nos muestran, en el diseño material, a dos querubines estacionados a cada lado del trono de Dios en los cielos: el trono del gobierno de Dios sobre el universo entero. Y las alas de estos dos querubines cubren el trono de Dios.
Lucero fue enseñado junto al mismo trono de Dios
Allí mismo, junto al trono de Dios, Lucero adquirió experiencia en la administración del gobierno divino. Y Dios lo escogió, por esa misma experiencia, para hacerlo jefe ejecutivo de su gobierno, dándole jurisdicción sobre los ángeles que poblaban toda la Tierra. Así, pues, seguimos leyendo en Ezequiel:
«Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad» (28:15). Lucero poseía gran conocimiento, sabiduría y comprensión. Pero también había sido investido de las facultades de razonamiento y elección. Y con todo su caudal de conocimientos, inclusive el de resultados y consecuencias, este ser soberbio, entre lo más elevado que Dios pudo haber creado, se rebeló contra su Hacedor y abandonó el camino que conduce hacia todo bien. Él, quien había sido preparado en la administración de la ley y el orden, se entregó a la anarquía.
Mientras Lucero se mantuvo en el camino recto, una felicidad y una alegría inefables reinaron sobre toda la Tierra. Había una paz gloriosa, hermosa armonía, amor perfecto, cooperación. El gobierno de Dios producía un estado de cosas maravillosamente feliz, todo ello mientras Lucero fue leal en el cumplimiento de las responsabilidades que se le habían asignado.
¿Qué hizo que los ángeles pecaran?
Ciertamente no fueron los ángeles los que persuadieron a Lucero para convertirse en traidor. Fue en el mismo Lucero que se originó la iniquidad. Pero, ¿Al cabo de qué tiempo ocurrió esto? Nosotros no lo sabemos. Dios no nos lo ha revelado. Puede haber sido después de un año, o menos, hasta millones y millones de años.
Tampoco sabemos, una vez que Lucero tomó la decisión de rebelarse y de invadir los cielos para apoderarse de todo el universo, cuánto tiempo le tomó convencer a los ángeles de que le siguieran.
Pero sí conozco el método de que se valió. Es el mismo método que todavía está usando hoy para engañar a los humanos y conducirlos a la deslealtad, el egoísmo y la rebelión contra la ley de Dios. Primero, sembró en uno o dos ángeles sentimientos de envidia, de celos y de rencor contra alguna supuesta injusticia. Hecho esto, no fue difícil llevarlos hasta la deslealtad. Entonces, utilizó a estos pocos ángeles descontentos para, valiéndose astutamente de ellos, corromper a los demás. Así es como actúa Satanás.
Si en el gobierno de Dios sobre la Tierra — la Iglesia — no son expulsados los rebeldes a su autoridad, entonces ellos destruirían el gobierno por completo. Pero una vez separados de los obedientes, ellos no podrían hacerles daño alguno.
Pero piense cuánto tiempo debe de haberle llevado a Lucero, resentido y amargado, a convencer a millones de santos ángeles para que fueran desleales y se declararan en rebelión abierta juntamente con él. Puede haberle tomado cientos, miles o millones de años. Y todo ello ocurrió antes de que el primer ser humano hubiera sido creado.
Todo esto sucedió después de la creación original de la Tierra, a la que se refiere el primer versículo del Génesis. El versículo 2 describe una condición resultante de esa rebelión angélica. Los acontecimientos descritos en el versículo 2, por consiguiente, pueden haber ocurrido muchos millones de años después de la creación original de la Tierra.
La Tierra, en consecuencia, quizá fue creada hace millones de años. Pero continuemos ahora con la lectura del capítulo 28 del libro de Ezequiel:
«A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector. Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra...» (versículos 16-17). Al llegar a este punto, el contexto vuelve a referirse al dirigente humano político-religioso cuya aparición no está muy lejana para nosotros en esta época. El príncipe de la antigua Tiro fue una anticipación de este dirigente que todavía está por venir, aunque ya no demorará.
Ya me referí antes a cómo la destrucción física, la fealdad y la oscuridad habían cubierto la faz de la Tierra, como resultado del pecado de Lucero (que ahora es el Diablo) y de los otros ángeles que con él pecaron (que ahora son los demonios). Y vimos también cómo, en el término de seis días, Dios renovó la faz de la Tierra (Génesis 1:2-25).
Pero, ¿por qué creó Dios al hombre (Génesis 1:26)?
Examine esta situación como lo hace Dios. Él nos ha dado mentes humanas, como su mente divina, sólo que inferiores y limitadas. Dios nos hizo conforme a su imagen y a su semejanza (forma y figura), sólo que compuestos de materia en lugar de espíritu. Pero Dios dice: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Filipenses 2:5). Podemos, hasta cierto punto, pensar hasta como Dios. De qué manera habría Dios examinado la situación mientras renovaba la faz de la Tierra después del debacle colosal de los ángeles.
Él había creado una hermosa y perfecta creación en la Tierra. La había poblado con santos ángeles — probablemente millones de ellos. Él designó al querubín Lucero como rey, para que los gobernara y ocupara un trono terrenal. Lucero, como un ser espiritual creado, fue la obra maestra suprema procedente de los poderes creativos de Dios. Él fue el más perfecto en hermosura, poder, mente, conocimiento, intelecto, sabiduría — la máxima perfección que Dios podía crear. Dios no puede crear nada más elevado o perfecto por mandato inmediato.
Sin embargo, este gran ser, inteligente, instruido y preparado ante el mismo trono celestial de Dios sobre el universo, y a quien se le había dado autoridad sobre la administración del gobierno de Dios, rechazó ese gobierno. Se corrompió, negándose rebeldemente a administrarlo y hasta a obedecerlo.
Desvió del camino correcto a los ángeles y los incitó al pecado de la rebelión y la deslealtad.
Ahora también tome lo siguiente en cuenta. Aparentemente, todo el universo fue creado cuando lo fue la Tierra. No hay pruebas, ni en la Palabra revelada de Dios, ni en la ciencia, de que los planetas en el infinito espacio exterior habían sido habitados con alguna forma de vida. Pero Dios no hace nada en vano. El siempre tiene un propósito.
Parece que todos los planetas que hoy pueblan el universo entero se encuentran devastados y vacíos (tohu y bohu), como una vez lo estuvo la Tierra, según la describe Génesis 1:2. Pero Dios no creó los planetas en ese estado de inercia como el que tiene hoy nuestra Luna. Evidentemente, si los ángeles hubieran mantenido la Tierra en su estado de hermosura original, si la hubieran mejorado, cumpliendo las instrucciones de Dios y obedeciendo sus leyes, se les habría ofrecido la imponente posibilidad de poblar los otros cuerpos celestes y de instaurar en los mismos el formidable programa creativo concebido por Dios.
Sin embargo, cuando se rebelaron en la Tierra y se hicieron traidores, su pecado debe de haber traído la destrucción física también a los otros planetas, que potencial y condicionalmente les estaban sujetos.
Cuando Dios pasó revista a esta tragedia cataclísmica, debe de haberse dado cuenta de que, puesto que el ser más elevado y perfecto creado por Él cayó en la rebelión, esto dejaba a Dios como el único ser incapaz de pecar.
Y Dios es el Padre de la Familia divina.
Veamos lo que nos dice el Evangelio de Juan 1:1-5: Él «Verbo», que sé «hizo carne» había existido desde siempre, desde toda la eternidad, con el Padre. Dios Padre había creado todas las cosas, el universo entero, por Aquel que se convirtió en Jesucristo (Hebreos 1:1-4; Colosenses 1:16-17).
Cuando Jesucristo estuvo en la Tierra, presentó sus ruegos y oraciones a su Padre en los cielos, y Dios el Padre se refirió a Cristo como «mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». Cristo vivió en la Tierra como un ser humano, y fue tentado como lo somos nosotros, pero no cayó en el pecado.
En el primer versículo del Génesis, se menciona a Dios, y la palabra correspondiente, en el texto hebreo original, es Elohim, un nombre colectivo o uniplural, como lo son los sustantivos «familia», «iglesia» o «grupo». La familia es Dios. Hay una familia, pero más de una persona en esa familia.
Dios comprendió que ningún otro ser, excepto Dios mismo en la Familia de Dios, era lo suficientemente digno de crédito como para suponer que nunca pecaría. Y Dios comprendió también que, para lograr su propósito, sólo el mismo Dios podría hacerse cargo de la suprema misión, y entonces resolvió reproducirse a sí mismo por medio de los hombres, hechos a su imagen y semejanza, pero hechos primero de carne y sangre materiales, sujetos a la muerte si pecaban, aunque con la posibilidad de renacer dentro de la Familia divina engendrada por Dios Padre.
Y Dios vio que esto podría hacerse por medio de Cristo, que se entregó a sí mismo con este propósito.
Y es por ello que Dios puso al hombre sobre la Tierra. Es la razón que motivó al Supremo Todopoderoso Dios a emprender la obra más colosal y extraordinaria de todas — la de reproducirse a sí mismo. El capítulo siguiente hará esto indisputablemente claro.