EL INCREIBLE POTENCIAL HUMANO

Capítulo 7
Tendiendo el puente entre los seres humanos y los hijos inmortales de Dios
LAS INDUSTRIAS, cuando fabrican algo incluyen un libro de instrucciones que describe el producto y explica la forma correcta de usarlo para que cumpla su fin. Pero el mecanismo más perfectamente diseñado y formado es la mente y el cuerpo del hombre. Es natural que nuestro Hacedor se haya preocupado de poner a nuestro alcance su «manual de instrucciones», el que revela para nuestro propio bien, lo que somos, por qué existimos, adónde vamos y cuál es el verdadero camino.
Ese manual de instrucciones es la Biblia. Sin embargo, el hombre se ha encargado de confundir, mal interpretar y falsificar las enseñanzas de dicho libro.
Y es precisamente en ella que está revelada la dimensión perdida del conocimiento humano en su integridad. En sus páginas nos revela claramente cuál es el increíble potencial humano. Todo se reduce a que el hombre lea ese libro y lo crea.
Ese es también el libro de nuestros orígenes. Explica la historia y la prehistoria, las instrucciones para la época presente y las profecías concernientes al futuro.
Ese libro nos enseña, como ya hemos visto en los capítulos precedentes, que originalmente, desde toda la eternidad, existía Dios. Y con Él coexistía, también desde toda la eternidad, el Verbo, una segunda Persona que igualmente es Dios. Dios creó todas las cosas por el Verbo y por medio del Verbo, Espíritu coexistente con Él (Juan 1:1-4).
En Génesis 1:1, la palabra hebrea escrita por Moisés, que traducimos como «Dios», es Elohim, un sustantivo uniplural o colectivo que significa un Dios compuesto de más de una persona. En otras palabras, una familia divina, de la cual el Dios mencionado en Juan 1:1 es la Cabeza.
Igualmente vimos cómo la Biblia nos revela que Dios primero creó a los ángeles, también seres espirituales compuestos de espíritu, aunque menores que Dios y desprovistos de poderes creativos.
A continuación, creó Dios — es decir, hizo que existiera — el universo físico, inclusive la Tierra. Cuando ésta fue creada, sobre ella fue colocada una tercera parte de los ángeles. Fueron puestos bajo la autoridad del gobierno de Dios que era administrado por un querubín, el gran arcángel Lucero. Bajo el gobierno de Dios, la Tierra estuvo rebosante de paz, felicidad y alegría. Pero Lucero terminó por conducir a sus ángeles a la rebelión. El gobierno de Dios fue rechazado. Sus normas dejaron de ponerse en práctica, La Tierra, como resultado de lo ocurrido, se quedó vacía y estéril, en estado de confusión y en tinieblas.
Entonces, en un período de seis días, Dios renovó la faz de la Tierra. Durante esta «semana de la creación», resumida en el primer capítulo del Génesis, Dios configuró las primeras formas de vida dotadas de sistema reproductivo, es decir, la flora, la vida vegetal. En este reino vegetal había vida reproductiva, pero no un cerebro consciente.
Luego creó Dios la fauna, la vida animal sobre la Tierra. Y en los animales sí puso un cerebro, si bien con un grado limitado de conciencia, un cerebro incapaz del proceso pensante necesario para tomar decisiones racionales, y sin capacidad espiritual o ética.
Vino finalmente la creación del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, pero compuesto de materia física sacada de la tierra. El hombre, destinado a renacer finalmente dentro de la misma Familia Dios, fue creado con una mente similar a la divina, con habilidad de pensar y razonar, de optar y de tomar resoluciones, capaz de asumir actitudes espirituales y éticas.
El propósito de Dios al crear al hombre fue reproducirse a sí mismo, para que tenga un carácter espiritual tan perfecto como sólo el mismo Dios posee — quien ha determinado no pecar y por lo tanto no pecará (1 Juan 3:9).
Un carácter espiritual y sagrado tan perfecto no podía ser creado por mandato. Ese carácter tiene que desarrollarse, y éste es un proceso que requiere tiempo y experiencia.
Ese carácter es la capacidad, concentrada en un solo ente, de llegar a distinguir los verdaderos valores de los falsos, diferenciando el bien del mal, para rechazar éste y escoger aquél y, con el poder de la voluntad, obrar el bien y desechar el mal.
Los animales están equipados con cerebro e instintos. Pero no tienen la facultad de comprender los valores espirituales y morales para escoger entre ellos, ni para desarrollar un carácter espiritual perfecto. Los animales poseen cerebro, pero no intelecto. Poseen instinto, pero ninguna capacidad para desarrollar un carácter sagrado y divino.
Y es esto lo que refleja la diferencia trascendental entre el cerebro animal y la mente humana.
Pero, ¿cuáles son las causas de una diferencia tan vasta?
No hay casi diferencia alguna entre el diseño, la forma y la construcción de los cerebros animal y humano. Los cerebros de los elefantes, ballenas y delfines tienen mayor tamaño que el del hombre, y el del chimpancé es apenas un poco más reducido. Cualitativamente el cerebro humano puede ser ligeramente superior al de los animales mencionados, pero no en medida suficiente para justificar o explicar remotamente la enorme diferencia en el rendimiento de ambos. ¿Cómo se puede entonces explicar satisfactoriamente esa vasta diferencia? La ciencia no puede darnos una respuesta adecuada. Un científico, al escribir su tesis doctoral en el campo de las investigaciones cerebrales, llega a la conclusión de que necesariamente debe haber algún componente no físico en el cerebro del hombre, componente que brilla por su ausencia en el cerebro animal. No obstante, los hombres de ciencia, en su mayoría, se niegan a admitir la posibilidad de la existencia de lo no físico.
¿Qué otra explicación puede haber? Fuera de la ligerísima diferencia cualitativa entre los dos cerebros, la ciencia se queda sin respuesta que ofrecernos, debido a su tozudez en no querer admitir la posibilidad de que lo espiritual exista.
Cuando el hombre se niega a aceptar la existencia misma de su propio Creador, lo que hace es cerrar su mente a una infinidad de conocimiento básico verdadero, de hechos y de comprensión. Cuando el científico rechaza la verdad del conocimiento revelado y sustituye la fábula en su lugar, se convierte en el más ignorante de todos los hombres, aunque se crea sabio.
Cuando el hombre, en nombre de la ciencia, niega a su Hacedor, cierra su mente a la comprensión de lo que él es, de por qué está aquí, y no puede entender adónde va ni cuál es el camino verdadero. ¡Con razón este mundo está plagado de males! ¡Tiene que haber una causa para cada efecto!
Pero cuando nuestras mentes se abren al conocimiento de nuestro Dios y de sus propósitos, entonces encontramos un acceso glorioso a la dimensión perdida del conocimiento humano: el concepto de que Dios es la Familia Divina, de que ese Dios está reproduciéndose a sí mismo (sirviéndose de la materia en ese proceso) y de que Él abre nuestro entendimiento a inmensos panoramas de nuevos conocimientos.
Reflexionemos sobre todo esto. Dios está compuesto de espíritu. Dios es Creador, Diseñador, Gobernante y Educador. Es dueño de una mente suprema. Él es el carácter perfecto, sagrado y justo.
Pero Dios está sirviéndose de la sustancia material ofrecida por la tierra física para reproducirse a sí mismo. De esa tierra física, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (configuración y forma).
Ahora bien, si el hombre está llamado a convertirse en Dios — mediante ese proceso por el cual Dios se reproduce a sí mismo — entonces el carácter que va a desarrollarse en nosotros debe emanar de Dios, y la vida espiritual de que vamos a gozar también debe proceder de Dios.
En otras palabras, Dios debe tender un puente entre la materia (de la cual el hombre ahora está enteramente compuesto) y el espíritu (del cual está hecho Dios, y estará hecho el hombre en un futuro).
La materia no es espíritu, ni puede ser transformada en espíritu. ¿Cómo es entonces que puede Dios convertir al hombre, material y mortal, en un Dios inmortal compuesto de espíritu?
El hombre está enteramente compuesto de materia. Veamos estas palabras bíblicas: «Entonces el Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7). El hombre fue hecho del polvo de la tierra, y del aire recibe su vida temporal humana — del aire que aspira y expela por la nariz. Su vida está en la sangre (Génesis 9:4, 6), la cual es oxidada por el aire que respira, como le ocurre a la gasolina en el carburador de un automóvil. El aliento, por consiguiente, es «aliento de vida,» aun cuando la vida esté en la sangre.
Fíjese cuidadosamente en que el hombre hecho enteramente de materia, se convirtió en un ser viviente tan pronto que recibió aire para su vida temporal física. La Escritura no nos dice inmortal. El hombre no tiene un alma inmortal. El es un ser vivo, animado, tan pronto que la vida física entra en él.
La palabra hebrea para «alma» es nefesh. En Génesis 1:20-24 a los animales se les llama nefesh tres veces y también ha sido traducida como «ser viviente». Los animales tienen el mismo tipo de existencia temporal físico-química que tiene el hombre, y aquéllos y éste sufren la misma clase de muerte (Eclesiastés 3: 19-20).
«El alma que pecare, esa morirá» (Ezequiel 18:4), dice el Eterno. Y lo mismo se repite en el versículo 20 del mismo capítulo. Adán era un alma, y Dios le dijo, refiriéndose al árbol de la ciencia del bien y del mal:«... por que el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17). Pero Satanás les dijo a Adán y Eva que Dios mentía, y ellos prefirieron creer a Satanás, como casi toda la humanidad ha venido haciendo desde entonces hasta la fecha.
¡Tratemos de entender! El hombre es carne y sangre. Está enteramente compuesto de materia. Y esa materia viviente es un alma viviente.
El alma está compuesta de materia física, no de espíritu. Ya he explicado que el cerebro humano es casi igual al cerebro animal. Pero el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, con el fin de que tenga una especial relación con Él y el potencial de llegar a nacer dentro de la Familia de Dios. Y Dios es Espíritu (Juan 4:24).
Para poder tender el puente — para hacer posible la transición del hombre, compuesto enteramente de materia, a un ser espiritual (compuesto integralmente de espíritu) en el Reino de Dios, y al propio tiempo, para dar al hombre una mente similar a la de Dios — Dios puso un espíritu en cada ser humano.
En Job 32:8 leemos: «Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda».
Esta es una gran verdad, entendida por muy pocos.
A este espíritu yo le llamo el espíritu humano, porque está en cada ser humano, aunque se trata de sustancia espiritual y no de materia. Este espíritu no es el hombre, sino algo espiritual en él. No es tampoco una persona o ser compuesto de espíritu. Y no es un alma — el ser humano físico en sí es el alma. El espíritu humano imparte el poder del intelecto al cerebro humano. El espíritu humano no es lo que suministra vida humana. La vida humana está en la sangre física, oxidada por el aire, por el aliento de vida.
Ese espíritu humano es el componente no físico que está en el cerebro del hombre, pero no en el de los animales. Es el ingrediente que hace posible la transición de lo humano a lo divino, sin transformar la materia en espíritu, al llegar el tiempo de la resurrección. Esto le explicaré más adelante.
Primero, conviene aclarar unos cuantos puntos esenciales respecto a este espíritu en el hombre. Es sustancia espiritual, al igual que el aire y el agua lo son en el mundo de la materia. Este espíritu humano no puede ver. Es el cerebro físico el que ve, a través de los ojos. El espíritu humano tampoco puede oír puesto que es el cerebro el que oye a través de los oídos. Este espíritu humano no puede pensar. Es el cerebro el que piensa, aunque el espíritu es el que le imparte la facultad de hacerlo, lo que no ocurre en el caso de los animales.
Un texto bíblico — paradójicamente el mismo al cual suelen recurrir los «creyentes» que quieren probar la existencia de un alma inmortal — explica este punto. En el capítulo 2 de la Primera Epístola a los Corintios, vemos cómo Pablo está explicándoles que él no ha ido a ellos usando un lenguaje difícil de entender, como muchos otros hacen para exaltar su vanidad. Pablo les dice que él ha ido a ellos, en espíritu de humildad, con un lenguaje simple, claro, corriente. Y sin embargo, ningún miembro de la elite de este mundo — los príncipes, los gobernantes, los sabios — fue capaz de entender.
¿Por qué no pudieron entender los más sabios? Porque Pablo estaba predicando el mensaje de Cristo, el mensaje del Reino de Dios. Y esto es conocimiento espiritual, es decir, el tipo de conocimiento que no puede ser visto con el ojo físico ni escuchado con el oído físico. El conocimiento espiritual no puede penetrar en la mente humana por medios naturales, pues el espíritu no puede ser visto, oído, palpado, gustado ni olfateado.
Entonces Pablo explica que, siendo así las cosas, ningún hombre podría tener el conocimiento que posee, a no ser por «el espíritu del hombre que esté en él» (versículo 11 ). El animal tiene un cerebro casi idéntico al del hombre. El de algunas especies animales inclusive es mayor. Pero el cerebro irracional de los animales no puede saber ni comprender lo que el hombre sabe. Pero tampoco podría el hombre entender sin el espíritu humano que está en él. En otras palabras, este espíritu es el que imparte el poder del intelecto al cerebro humano.
Sin embargo, esta mente humana está limitada al conocimiento de lo físico. No puede saber ni comprender las cosas espirituales acerca de Dios. ¿Por qué? Porque hasta la mente humana sólo puede poseer el conocimiento que le llega por medio de los sentidos físicos. El animal irracional puede ver, oír, olfatear, gustar y palpar, pero no puede utilizar lo que entra en su cerebro para pensar y usar conocimiento.
Pero prosigamos con 1 Corintios 2:11: «Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios». Es decir, ningún ser humano puede conocer o comprender las cosas de Dios, excepto por la intervención de otro espíritu: el Espíritu Santo de Dios.
En otras palabras, todos los hombres, desde que nacen, tienen un espíritu, llamado «espíritu del hombre», que está en ellos. Note bien que este espíritu no es el hombre, sino algo que está en el hombre. Un hombre, por ejemplo, podría tragarse una canica, y ésta sería entonces algo que está en el hombre, pero que no es el hombre ni parte alguna de él. El hombre fue hecho mortal, del polvo de la tierra. Este espíritu humano tampoco es el alma. Es algo que está en el alma, la cual, a su vez, es el hombre físico.
Continuando con el versículo 14: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente».
Así, desde el nacimiento, Dios nos da a cada uno de nosotros un espíritu, al que yo llamo, por falta de un término mejor, «espíritu humano». Ese espíritu nos da un poder mental que no encontramos en el cerebro animal. Sin embargo, ese poder mental está limitado al conocimiento del universo físico. ¿Por qué? Porque el conocimiento penetra en la mente humana solamente a través de los sentidos físicos.
Pero notemos que Dios no había completado la creación del hombre al tiempo de crear a Adán y Eva. La creación física sí fue completada. Adán y Eva tuvieron este «espíritu humano».
Pero debemos pasar ahora a la creación espiritual. Y ésta requiere un segundo espíritu en el hombre: el Espíritu Santo de Dios.
«Entonces el Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra . . . Y el Eterno Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. Y el Eterno Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal» (Génesis 2:7-9).
En un sentido real y literal, Adán todavía no estaba «completo». El espíritu del hombre ya estaba en él, pero no el Espíritu de Dios. Dios le ofreció el fruto del árbol de la vida, que simbolizaba al Espíritu Santo de Dios. Comer del fruto de este árbol hubiera producido dos consecuencias: (1) abrir la mente de Adán para comprender el conocimiento espiritual, y (2) impartirle a Adán el don del Espíritu Santo de Dios, conduciéndole así a la vida eterna. Pero cuando Dios le explicó su Reino a Adán, éste no le creyó. Desobedeció a Dios y pecó. ¿Qué ocurrió entonces?
«Y dijo el Eterno Dios . . . ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó el Eterno del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto del Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida» (Génesis 3:22-24).
¡No permita, lector, que esto se le escape!
¡No se olvide del gran propósito de Dios! Por medio del hombre, compuesto de sustancia material, Dios está reproduciéndose a sí mismo para agregar otros seres a su Familia — seres santos, justos y libres de pecado. Pero Dios está compuesto de espíritu. ¿Cómo es que Dios tiende el puente entre el hombre mortal y físico, y la Divinidad inmortal, compuesta de espíritu?
El primer ser humano no escogió correctamente y, al recaer, rechazó el gobierno de Dios. Dios le había expulsado del huerto del Edén, y había tomado medidas para impedir su posible retorno al árbol de la vida. Dios, por supuesto, había previsto la posibilidad de que todo esto sucediera. Sin embargo, su propósito divino tenía que cumplirse. ¿Cómo lo mantendría firme?
Hizo falta entonces el «segundo Adán»: Jesucristo. Él se había ofrecido a sí mismo desde antes de que el mundo existiera. Pero Cristo no habría de venir, como un ser humano con el propósito de ser inmolado, hasta cuatro mil años más tarde.
Dios había señalado un período de siete mil años para enseñar a la humanidad la lección rechazada por Adán, para que se diera cuenta del sufrimiento y la angustia que se acarrean al vivir contra la ley de Dios. De esos siete milenios, los primeros seis fueron apartados para que los hombres alejados de Dios (con unas pocas excepciones) siguieran sus propios caminos.
Durante esos seis milenios, Satanás estaría sobre la Tierra. Después comenzaría un milenio durante el cual Cristo reinaría, habiendo ya calificado para la misión de restaurar el Reino de Dios sobre la Tierra. Satanás quedaría entonces, en ese séptimo milenio, totalmente restringido. Durante este último milenio, el Reino de Dios — la Familia reinante de Dios — sería establecido en la Tierra.
Mientras tanto, durante los primeros seis mil años, a unos pocos se les daría la oportunidad de entrar en la creación espiritual, la que comienza con el engendramiento del segundo espíritu, es decir, con el don del Espíritu Santo de Dios. Fuera de estos relativamente pocos escogidos, Dios adoptaría una política de «no intervención» en cuanto a los asuntos de la raza humana. Abel, el segundo hijo de Adán, aparentemente siguió el camino de Dios, pues el propio Dios le llamó «justo». «Caminó Enoc con Dios». Noé encontró favor ante Dios, pero todo esto parece haber ocurrido durante los primeros 1900 años, poco más o menos.
Después del diluvio, Abraham, Isaac, Israel y José vivieron conforme a las normas divinas. Entonces Dios escogió y formó a la nación de Israel, pero a los israelitas no les ofreció la salvación espiritual ni la vida eterna, sino sólo bendiciones materiales y nacionales. Dios escogió y se sirvió de unos pocos profetas. Finalmente, Cristo vino e hizo posible para todos la salvación espiritual. Sin embargo, durante los siguientes dos mil años, sólo unos pocos, desde la primera época de nuestra era, han sido llamados a la salvación espiritual.
La reproducción humana: tipo de la reproducción divina
Pocos se dan cuenta de que la reproducción humana tiene una significación sagrada en el plano divino, no aplicable a ningún otro tipo de vida.
La reproducción humana retrata la salvación espiritual que realmente consiste en Dios Padre reproduciéndose a sí mismo dentro de la Familia Dios.
¡Veamos ahora la asombrosa comparación!
El hombre — recordémoslo — está compuesto enteramente de materia, extraída de la tierra (Génesis 2:7 y 3:19). Pero, ¿cómo puede Dios, al reproducirse a sí mismo, tender el puente necesario para convertir al hombre, enteramente físico, en un miembro de la Familia Dios, totalmente compuesto de espíritu?
El proceso comienza con un espíritu (una porción de esencia espiritual) en el hombre enteramente físico. Recordemos que este espíritu no es el hombre. Es sólo algo que está en el hombre. Recordemos también que este espíritu no puede ver, oír o pensar. El hombre sí ve, oye y piensa por medio de su cerebro físico y de sus sentidos corporales. El espíritu en el hombre imparte el poder del intelecto físico al cerebro físico, formándose así la mente humana.
El espíritu actúa, entre otras cosas, como una computadora, agregándole al cerebro sus facultades síquicas e intelectuales. El conocimiento recibido en el cerebro, a través de los sentidos corporales, es inmediatamente «programado» dentro de la computadora espiritual. Toda la memoria es almacenada en ésta. La computadora da al cerebro la memoria instantánea de cualquier porción de los millones de piezas y fracciones de conocimiento que pueden hacer falta en el proceso del razonamiento. Esto equivale a decir que la memoria está grabada en el espíritu humano, esté o no también grabada en la «materia gris» del cerebro.
El espíritu humano también le da al hombre facultades morales y espirituales que los animales no poseen.
Dios había hecho el necesario segundo espíritu — el Espíritu Santo — accesible o disponible a Adán. Pero al rebelarse éste y comer del fruto prohibido, Dios había expulsado a Adán de su primera morada y había clausurado todo acceso al árbol de la vida — simbólico de su Espíritu Santo.
Sin embargo, por la mediación de Cristo, una humanidad arrepentida todavía puede recibir el don de Dios — que es su Espíritu Santo. Cristo dijo a Nicodemo: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios».
Por supuesto, Nicodemo no podía entender plenamente aquellas palabras. Casi nadie en la actualidad las entiende. «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es», explicó Cristo (Juan 3:6). El hombre vino de la tierra. El hombre es carne. Jesús no estaba hablando acerca de otro nacimiento físico, sino de un nacimiento espiritual, tras el cual el hombre será espíritu. No estará más compuesto de materia, sino integralmente de espíritu. ¡Sí, en sentido literal! Entonces habrá nacido de Dios. Dios es Espíritu (Juan 4:24).
Para ser humano, cada uno de nosotros tuvo que ser engendrado por un padre humano. De modo similar, para nacer de nuevo — del Espíritu que es de Dios Padre — uno tiene que ser engendrado por el Padre espiritual — Dios.
Esto se explica en Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo [de Dios] da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos [aun no herederos o poseedores]; herederos de Dios y coherederos con Cristo . . .»
Y el Espíritu Santo de Dios, ahora combinado con nuestro espíritu humano en la mente humana, logra estas dos cosas: (1) engendra al ser humano con vida eterna divina, quien más tarde nacerá dentro de la Familia Dios como un ser divino, que estará entonces enteramente compuesto de espíritu, y (2) le imparte a la mente humana la facultad de comprender los conocimientos espirituales, es decir, de entender las cosas de Dios (1 Corintios 2:1 1 ).
El Espíritu Santo de Dios también imparte el amor, la fe, y el poder divino tan necesario para vencer a Satanás y el pecado. Este cristiano espiritualmente engendrado ahora tiene, condicionalmente, la presencia de la vida eterna — vida de Dios — dentro de él, pero todavía no es un ser espiritual inmortal. Todavía no está totalmente compuesto de espíritu.
Es ahora heredero de Dios, como un hijo lo es de un padre rico, pero todavía no ha nacido de nuevo. Aún no es un sucesor que haya tomado ya posesión de su herencia. Pero si su Espíritu Santo mora en nosotros, Dios vivificará a la inmortalidad nuestros cuerpos mortales, cuando Cristo regrese a la Tierra como Rey de reyes (Romanos 8:11; 1 Corintios 15:49-53).
Veamos a continuación cómo continúa desenvolviéndose esta sorprendente analogía:
Al igual que en el proceso de la reproducción humana el embrión, que luego se convertirá en feto, no ha nacido aún, pero está siendo nutrido en el seno materno, así el cristiano engendrado tampoco ha nacido todavía dentro de la Familia Dios. La vida divina ha sido meramente engendrada.
Satanás ha logrado engañar a la mayor parte de la cristiandad, haciendo que sus miembros crean que ya han nacido de nuevo sólo por haber aceptado a Cristo.
Pero al igual que ocurre con la reproducción humana, en la cual las características humanas de configuración y forma, el cuerpo y el cerebro humanos, gradualmente van formándose durante el período de la gestación, así comienza el carácter justo y sagrado de Dios a formarse y a crecer en el verdadero cristiano. En muchos ese carácter puede ir desarrollándose tan lentamente que, en los primeros momentos, apenas se advierte su presencia, excepto en algunos que tendrán la experiencia del éxtasis del «idilio» espiritual, que puede irradiar en ese «primer amor» o conversión espiritual. Pero, en lo que concierne a nuestro crecimiento en sabiduría espiritual (2 Pedro 3:18) y en carácter espiritual, todavía queda mucho por aprender y desarrollar.
Cuando el hombre está recién converso, es un «embrión» espiritual. Necesita ser nutrido con alimento espiritual. Jesús dijo que el hombre no debe vivir sólo de pan (alimento físico), sino también de toda la Palabra de Dios. La Biblia es la Palabra escrita de Dios, al igual que Cristo es la Palabra — el Verbo — personal de Dios. Y el crecimiento del que hablamos es el desarrollo del carácter, que requiere tiempo y que se alcanza principalmente a través de la experiencia.
Por encima de todo, ese crecimiento requiere el constante estudio de la Biblia, para presentarse a Dios aprobado, y también oración fervorosa e incesante. Cuando usted estudia la Biblia, Dios le está hablando. Cuando usted ora, es usted quien está hablándole a Dios. Y es de esta manera que usted realmente llega a conocer a Dios, al igual que, a través de la conversación, llega a conocer mejor a las personas.
Sin embargo, gran parte de este desarrollo espiritual se logra mediante el compañerismo cristiano con otros seres humanos, espiritualmente engendrados, dentro de la Iglesia de Dios.
Más aún: al igual que el embrión y el feto humanos reciben alimento físico por medio de la madre, la Iglesia de Dios es la madre espiritual de sus miembros. La Iglesia de Dios es llamada en la Biblia «la Jerusalén de arriba, madre de todos nosotros» (Gálatas 4:26).
Fíjese en el paralelismo exacto. Dios ha escogido y llamado a los ministros en su Iglesia para que alimenten al rebaño, «a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:12-13).
Es el deber de los verdaderos ministros de Cristo (¡y cuán pocos hay en la actualidad!) proteger a los santos ya engendrados pero no nacidos aún, contra las falsas doctrinas y los falsos ministros.
La reproducción humana es una maravillosa representación de la manera en que Dios está reproduciéndose a sí mismo.
Recordemos también que Dios quiso que la reproducción humana fuera una cuestión de familia. Ese proceso añade niños humanos a la familia humana. La familia humana es un tipo exacto de la Familia de Dios. Dios no ha dado el matrimonio y la vida familiar a ninguna otra forma de vida, sino sólo a los seres humanos, cuyo potencial es formar parte de la Familia de Dios.
Pero examinemos las cosas un poco más. Al igual que el feto humano debe crecer físicamente hasta ser lo suficientemente grande como para nacer, del mismo modo los cristianos engendrados deben crecer espiritualmente en la gracia y en el conocimiento de Cristo (2 Pedro 3:18), y deben superar y desarrollar el carácter espiritual, durante esta vida, para luego poder nacer dentro del Reino de Dios.
Esto es muy bien explicado en la parábola de las minas y en la de los talentos.
En la de las minas (Lucas 19:11-27), Jesús se nos presenta a sí mismo como un noble que debe viajar a un país lejano (al cielo) para recibir un reino, y luego retornar. Antes de partir llamó a sus diez siervos, y a cada uno de ellos le dio una mina. Mientras el amo se encontraba ausente, uno de los siervos negoció con su mina y ganó otras diez, y a éste se le dio el gobierno de diez ciudades en el Reino de Dios.
Otro ganó sólo cinco minas, la mitad que el anterior, y éste recibió el gobierno de otras cinco ciudades. Al tercero, que no ganó nada, nada se le dio. Nótese que todos los siervos habían comenzado en condiciones iguales.
En la parábola de los talentos (Mateo 25:14-30), tenemos el caso de tres siervos. Uno recibió cinco talentos; el segundo, dos, y el tercero, uno. Al volver Cristo, el que recibió cinco talentos había ganado otros cinco (ganancia que simboliza el crecimiento espiritual y el vencimiento en esta vida), y fue alabado como buen y fiel siervo, otorgándosele responsabilidades en el Reino de Dios. El que había recibido dos talentos — en proporción a su capacidad ganó otros dos, y también recibió su recompensa. Pero el que había recibido un solo talento no hizo nada con él. En otras palabras, en su vida cristiana aquí en la Tierra, no hizo nada para vencer y crecer, por desarrollar espiritualmente su carácter. Las minas o los talentos en estas dos parábolas representan las arras del Espíritu Santo de Dios que se le otorga al recién converso. Pero a medida que el individuo engendrado por el Espíritu Santo obedece aquello que ese Espíritu le ayuda a comprender — al abrirle el entendimiento — empezará a crecer en conocimiento espiritual y a vencer los obstáculos, lo que resultará en que el Espíritu Santo en él crezca. Pero con Jesús fue distinto, ya que a Él no le fue dado el Espíritu Santo por medida (Juan 3:34). Las parábolas enseñan que aquellos que, por haber recibido a Cristo, piensan que ya han «nacido de nuevo» y creen que no tienen que hacer algo por vencer y crecer espiritualmente, o por desarrollar carácter espiritual. Ese siervo representa a los que consideran que ya están salvos, a los que no creen que las «obras» son necesarias para la salvación. Estos no se dan cuenta de que, si bien la salvación es un don gratuito, somos recompensados de acuerdo con nuestras obras. Quienes así actúan, al no hacer nada, no sólo pierden la recompensa, sino también el don gratuito de la vida eterna.
«Siervo malo y negligente . . . Quitadle, pues, el talento . . . y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes» (Mateo 25:26, 28, 30); ésta es la forma en que Cristo reacciona frente a quienes así proceden.
A muchos seres humanos se les ha engañado con la idea de una falsa salvación.
Y para concluir el paralelo: al igual que el feto físico gradualmente va desarrollando rasgos físicos, órganos y características, uno por uno, también los cristianos engendrados deben desarrollarse en cuanto a su carácter espiritual a lo largo de toda la vida, perfeccionando los rasgos de amor, fe, conocimiento de las cosas espirituales, paciencia, gentileza, bondad y templanza. Ese cristiano debe ser un hacedor de la Palabra de Dios. El feto que no crece morirá y nunca nacerá.
Tendiendo el puente
Veamos, por último, cómo Dios planeó tender el puente que hay entre la composición física y la espiritual, para reproducirse a sí mismo mediante seres humanos, que proceden de la tierra física.
Primero, puso en el hombre físico un espíritu «humano». No es, sin embargo, este espíritu humano el que toma las decisiones, el que se arrepiente del mal o el que fortalece el carácter. Como ya he señalado antes, este espíritu humano no imparte vida, no puede ver, oír, pensar ni sentir. Su función es proporcionarle al hombre la facultad física, por medio de su cerebro, para que pueda hacer todas estas cosas. Pero este espíritu humano sí registra todos nuestros pensamientos, todo conocimiento recibido a través de los sentidos corporales.
El hombre humano está hecho literalmente de barro. Dios es como el alfarero maestro que da forma, con el barro, a distintos recipientes. Si el barro es demasiado duro o rígido, no adquirirá la forma que el alfarero desea darle. Si es demasiado blando y está muy húmedo, le faltará firmeza para conservar la forma en los puntos donde el alfarero lo flexiona.
Isaías nos dice: «Eterno, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros» (64:8).
Sin embargo, Dios nos ha dado a cada uno de nosotros una mente propia. Si uno rechaza a Dios y a sus caminos, Dios no puede tomar a esa persona e inculcar en ella un carácter divino. El barro humano debe ser dúctil, presto a ceder. Si el ser humano se vuelve rígido y se resiste, se asemejará al barro seco y duro con el cual nada puede hacer el alfarero. Y si el hombre carece de voluntad, propósito y determinación, entonces no conservará la forma que Dios quiere impartirle. Si el hombre es débil, indeciso y no posee un carácter bien desarrollado, entonces nunca soportará las pruebas hasta el final, y perderá la lucha.
Nosotros somos, en verdad, la obra de las manos de Dios. Pero a nosotros también nos toca hacer nuestra parte en el curso de nuestro desarrollo espiritual. Si somos perezosos y negligentes en estudio de la Biblia y en la oración, o si permitimos que otros intereses materiales se vuelvan más importantes que nuestra salvación, también seremos perdedores.
Pero si tenemos la fuerza de carácter necesaria para ceder a los deseos de Dios — si nos ponemos en sus manos —, entonces Él nos llenará de su Espíritu, y por su justicia — su carácter — abrirá nuestras mentes a su conocimiento espiritual. Pero es necesario que lo queramos así, y que trabajemos para que todo ello se realice. Tenemos que poner esto antes que cualquiera otra cosa.
Tiene que ser la justicia de Dios, ya que la nuestra le es como trapo de inmundicia. Dios nos inculcará con su conocimiento, su justicia y su carácter, pero es necesario que así lo deseemos y que así lo procuremos con diligencia.
Mientras más recibamos del carácter divino, mediante el Espíritu Santo de Dios, más y más estará Dios reproduciéndose a sí mismo en nosotros.
Por último, en la resurrección, seremos como Dios. Estaremos en un estado en el cual no podremos pecar, porque así lo habremos decidido nosotros mismos, porque nos habremos alejad del pecado, y habremos luchado denodadamente contra éste, hasta vencerlo.
¡Entonces el propósito de Dios se habrá cumplido!
¿Por qué estamos hechos de sustancia material?
Vamos a detenernos de nuevo para pensar y reflexionar.
¿Por qué quiso Dios hacer al hombre de sustancia física, en vez de hacerlo de sustancia espiritual, como había hecho a los ángeles?
¡Recordemos que el propósito de Dios es reproducirse a mismo! Sus hijos divinos han de ser engendrados por Él, y luego nacidos dentro de su Familia Dios. Cristo, nuestro pionero, fue engendrado por el Padre, en una manera en la cual ningún otro hombre lo ha sido, cuando fue concebido por el Espíritu Santo en la virgen María. Así Él fue el hijo engendrado por Dios, el Hijo de Dios (el Unigénito, en este sentido). Y Cristo es ya el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29), nacido Hijo de Dios por una resurrección de entre los muertos (Romanos 1:4), como bien puede ocurrirnos a nosotros en un futuro.
Para destacar la preeminencia que sobre los ángel tiene Cristo, preeminencia que es también potencial nuestro, recordemos que somos coherederos con Cristo, y de éste dice Dios que fue «hecho tanto superior a los ángeles . . . [y] heredó más excelente nombre que ellos. Porque ¿a cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy . . .?» (Hebreos 1:4-5).
En el libro de Job, en los capítulos 1, 2 y 7, hay referencia los ángeles como a hijos de Dios, pero sólo como hijos «creados» Dios nunca llamó a los ángeles hijos engendrados. Pero cuando nosotros los humanos recibimos el Espíritu Santo de Dios, entonces nos convertimos en sus hijos engendrados y en sus herederos, para recibir su nombre por herencia, al igual que los hijos de cualquier padre reciben el nombre de éste.
Cuando lleguemos a nacer de Dios, seremos espíritu. ¿Por qué, pues, quiso Dios formarnos de sustancia material, extraída del barro?
Ya he dado una respuesta parcial a esta pregunta. Los ángeles, siendo espirituales, son inmortales. Los que pecaron deberán soportar su castigo para siempre, y ese castigo no es la muerte. Su castigo es la pérdida de la gloriosa oportunidad que Dios les dio de cumplir su propósito divino aquí en la Tierra. Su castigo es tener que vivir para siempre en el resentimiento, la amargura, la actitud de rebelión, la desesperación y la frustración, al saber que sus propios pecados les acarrearon esta pena. Una vez que los ángeles pervirtieron sus propias mentes, no era posible que recuperaran el equilibrio y la armonía. La felicidad y la alegría los han abandonado para siempre.
El hombre, por el contrario, si peca y rehusa arrepentirse, morirá la segunda muerte, pereciendo sin remedio (Juan 3:16), y será como si nunca hubiese existido (Abdías 16). Esto refleja la misericordia de Dios.
Lo físico cambia, la espiritual es inalterable
Pero hay otra razón de capital importancia. Tal y como expresó el filósofo humanista Elbert Hubbard, «Nada es permanente, sino el cambio». La materia no se queda como es, inalterable permanentemente, sino que continúa cambiando. Quizá pensemos que la piedra y el hierro son inalterables. Sin embargo, vemos cómo, después de unos cuantos miles de años, las piedras gigantescas de las murallas de Jerusalén ya no son nuevas y revelan su edad. Todo lo que ahora vemos sobre la Tierra cambiará con el transcurso del tiempo.
El espíritu, en cambio, es inalterable, con excepción del poder mental que Dios puso en los seres angélicos, con las facultades de pensamiento, razonamiento, decisión, opción y voluntad. Pero la sustancia espiritual, excepción hecha del poder mental de Dios o le los seres espirituales, es inalterable. Una vez que Satanás y sus demonios hicieron su decisión errónea, siendo compuestos de espíritu, no les era posible cambiar.
Al reproducirse a sí mismo, Dios exige el desarrollo de un carácter justo. Y esto, a su vez, exige cambio. Si Dios nos hubiera hecho de espíritu, el espíritu no podría cambiar. Por otra parte, el hombre, hecho de materia, está sujeto a cambio. El hombre, si es llamado por Dios, puede darse cuenta de que ha pecado, y puede arrepentirse, dejar su vida pecaminosa y buscar el camino de Dios. Y una vez que lo haya hecho, puede dirigirse por un nuevo camino, con la ayuda divina. Puede crecer en conocimiento espiritual, desarrollar carácter, vencer sus hábitos, sus debilidades y faltas. Y todo esto es hecho por el hombre mediante el cerebro físico.
El espíritu humano en el hombre capacita al cerebro con intelecto físico, y el Espíritu de Dios, unido con el espíritu humano, proporciona al cerebro la comprensión espiritual. Estos espíritus registran el conocimiento y el carácter, y los preservan, al igual que la apariencia y la configuración física. Estos espíritus no desarrollan el carácter justo, pero Dios, por medio del Espíritu Santo, nos da su fe, su justicia, siempre y cuando nosotros fervorosamente las deseemos. Pero, una vez que el carácter ya se ha desarrollado en el hombre físico, ¿Cómo puede Dios tender el puente para convertir al hombre en espíritu?
El molde espiritual
Le he demostrado que las Escrituras representan al hombre como barro — cosa que literalmente es — y a Dios como su alfarero. Pero también podríamos llamar a Dios nuestro Escultor, ya que, con nuestra obediencia y decidida voluntad, somos la obra de sus manos, en lo que concierne al desarrollo espiritual del carácter. Como dijo Job: «Si el hombre muriere ¿volverá a vivir? Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación [cambio]. Entonces llamarás, y yo te responderé [en la resurrección]; tendrás afecto a la hechura de tus manos» (Job 14:14-15).
Esto nos conduce al tema de la muerte del hombre físico y resurrección, a la que Job llamó «liberación» o cambio, en el Reino de Dios.
Es oportuno recordar ahora el versículo de Isaías a que nos referimos antes: «Ahora pues, Eterno, tú eres nuestro padre; nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros» (Isaías 64:8).
Dios no podía configurarnos, cambiarnos y desarrollar en nosotros su carácter, si hubiéramos estado hechos de espíritu. «¿Dirá el barro al que lo labra: ¿Qué haces?; o tu obra: No tiene manos?» (Isaías 45:9).
Otro pasaje bíblico, a menudo mal interpretado y aplicado, es éste: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras . . . » (Efesios 2:8-9). Nosotros no ganamos la salvación por las buenas obras. Pero cuando la recibimos como un don de Dios, el grado de recompensa nos será otorgado conforme a nuestras obras (Mateo 16:27). Esas obras son las que realizamos al vivir según las normas divinas, las cuales hacen posible que desarrollemos el carácter de Dios.
Pero leamos el resto del pasaje que transcribimos primero, el cual casi siempre es omitido, de propósito, por los que confunden a los hombres con relación a este punto: «no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:9-10).
He tratado de señalar que a nosotros nos toca hacer contacto con Dios, y también he señalado que Él es nuestro alfarero — o escultor — que diseña, modela y configura nuestra vida y carácter justo en la imagen de su carácter, a medida que nosotros así lo deseamos y nos sujetamos a su voluntad.
El carácter divino en nosotros — ya lo he dicho antes — no puede ser creado por un mandato instantáneo. Ese carácter debe ser gradualmente desarrollado. Debemos desearlo y buscarlo. Es preciso que nos rindamos a la voluntad de Dios. Ahora bien, ese carácter procede de Dios. Por consiguiente, si nos mantenemos en estrecho contacto diario con nuestro Creador, por medio de su espíritu y de nuestro espíritu — porque hemos de recordar que «el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Romanos 8:16) —, entonces Dios moldeará y configurara nuestro carácter. Si Dios nos hubiera hecho de espíritu, esto no podría llevarse a cabo.
Ahora bien, como señaló Job, nosotros morimos. La nueva vida viene por medio de la resurrección. Cuando morimos, todo conocimiento cesa. El cerebro físico cae en un estado inconsciente y se descompone.
¿Con qué cuerpo resucitaremos? Esta pregunta tiene su respuesta en 1 Corintios 15:35-38: «Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? . . . Y lo que siembras [sepulturas en la tierra] no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano, pero Dios le da el cuerpo como él quiso . . .»
El cuerpo que muere no es el mismo cuerpo que tendremos en la resurrección.
Y ahora llegamos a algo muy importante con respecto al espíritu en el hombre, al que yo llamo el «espíritu humano». Este no imparte vida humana, ni ve, ni oye, ni piensa. El hombre humano es el que hace sus decisiones, y es en el hombre físico que el carácter debe desarrollarse y fortalecerse. Es el barro humano, que Dios configuró a su imagen. El espíritu en el hombre registra lo que el cerebro llega a conocer, inclusive la actitud, las facetas del carácter, no sólo del cerebro humano, sino también del cuerpo entero. Hasta registra la marca de las huellas digitales.
Compárese ese espíritu con el molde de un escultor. El escultor tal vez desee esculpir la figura de un hombre en bronce. Pudiera usar barro para formar un modelo, o cualquier otro material. Entonces el escultor hace un molde del modelo que configuró. Este molde es una forma hueca, hecha del modelo terminado. Dentro del molde, el escultor vierte el bronce líquido derretido. Entonces el molde es eliminado, pero allí queda la figura de bronce, que es una copia exacta del modelo original.
El espíritu que hay en cada ser humano hace las funciones del molde. Preserva la memoria del hombre, su carácter, su configuración precisa.
Yo no estimo que ese espíritu humano sea un molde hueco, pero sirve el mismo propósito que el molde del escultor. Si uno ha recibido el Espíritu Santo, entonces, al llegar la resurrección, el ser resucitado estará compuesto de espíritu, no de materia, como estaba compuesto el modelo humano. Pero en la forma resucitada espiritual, súbitamente el hombre volverá a la vida. Y le parecerá que apenas ha pasado una fracción de un segundo desde el momento en que, al morir, perdió la conciencia. Su memoria estará intacta. Se verá a sí mismo con la configuración que tenía en vida. Inclusive sus huellas digitales serán las mismas.
Y el carácter que él permitió que Dios construyera dentro de él estará allí. ¡Ese hombre existirá para siempre! Y al igual que Dios Padre, él también, por su propia voluntad, se encontrará en una situación en la que no podrá pecar (1 Juan 3:9).
El cuerpo de la resurrección no será el mismo cuerpo de carne y sangre que tenemos en esta vida humana. Dios no convierte en espíritu la carne y la sangre materiales. La carne y la sangre físicas, después de la muerte, se descomponen y corrompen, pero el espíritu que estaba en el cuerpo, como el molde del escultor, preserva intactos la forma, la memoria y el carácter.
Ahora fíjese en lo que ocurre cuando alguien muere: «Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio» (Eclesiastés 12:7). Después de la muerte, el cuerpo — ya sea sepultado, incinerado o tratado de alguna otra manera — retorna a la tierra, pero el espíritu que estaba en el hombre — ahora que ha registrado en él todas las cosas: la forma del cuerpo, la identidad facial, la memoria y el carácter — retorna a Dios. Ese espíritu será preservado en forma inalterada.
Santos tales como Abraham, Moisés, David y Daniel murieron hace muchos miles de años. Deténgase, lector, y reflexione sobre esto. Dios tenía que proveer alguna manera de preservar por miles de años la forma, la apariencia, la mente y el carácter de los justos. Esos santos estaban compuestos de carne y sangre corruptibles. Y esa materia — de la que estaban íntegramente compuestos — ya hace tiempo que se ha corrompido. Sin embargo, al tiempo de la resurrección, a ellos les parecerá que sólo ha transcurrido una fracción de un segundo desde el momento en que, con la muerte, perdieron el conocimiento al morir.
Mientras permanecen muertos, esos justos no saben absolutamente nada. «Porque los que viven saben que han de morir, pero los muertos nada saben» (Eclesiastés 9:5).
El espíritu que retorna a Dios es el espíritu humano que estuvo en el hombre a todo lo largo de su vida. No se trata de «alma inmortal». Y ya hemos notado que el alma es mortal y corruptible.
Los que murieron con el Espíritu de Dios en ellos estarán en la primera resurrección (Apocalipsis 20:4-5). Y resucitarán mortales en un cuerpo glorioso de composición espiritual, sus rostros tan resplandecientes como el Sol.
Todos los otros, los no llamados por Dios a la salvación eterna durante sus vidas humanas, resucitarán después del reinado milenial de Cristo, en el Juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11-12). Y resucitarán mortales, una vez más con cuerpos físicos compuestos de carne y sangre, al igual que antes. En este gran juicio, ellos serán llamados, y sus ojos abiertos a la verdad de Dios. Finalmente, habrá una última resurrección (Apocalipsis 20: 13-15): la de aquellos que, habiendo sido llamados por Dios durante sus vidas humanas mortales, lo rechazaron o se alejaron de Él. Estos juntamente con aquellos que rechacen a Dios durante el Juicio del Gran Trono Blanco, irán al lago de fuego (2 Pedro 3:10-11), que es la segunda muerte. Y serán cenizas bajo las plantas de los inmortales en el Reino de Dios (Malaquías 4:3) será también como si nunca hubiesen existido (Abdías l6).
Entonces, frente a los millones de inmortales redimidos, se verá el tremendo y grandioso potencial humano, cuando el Dios Creador haya colocado el universo entero bajo nuestra jurisdicción (Hebreos 2:7-8).
Pero hay mucho más por revelar. ¿Por qué ha habido tantos problemas, sufrimientos, angustias y maldades durante estos últimos 6000 años? Para cada consecuencia hay que haber un motivo.
¡Todavía hay tanto de este bosquejo de la plena verdad Dios que necesita ser revelado!