EL INCREIBLE  POTENCIAL HUMANO

Capítulo 8

¿Por qué existen las perversidades en el mundo?

 

 ES HORA YA QUE NOS DETENGAMOS a analizar las circunstancias en que nos encontramos. Vivimos en un planeta donde la extinción humana es la más grande amenaza que existe. Una sociedad atrapada en las garras de la inmoralidad, el crimen y la violencia. Una civilización abrumada con sufrimientos corporales y mentales. Un mundo frustrado al que sólo le espera un futuro de mayores complicaciones.

Pero, ¿por qué? ¿A qué se deben los derrocamientos constantes de los gobiernos? ¿Por qué han errado los gobiernos, las religiones y el sistema educativo? ¿A qué se debe que más de la mitad de los seres humanos en la Tierra sean analfabetos, pobres — muchas personas literalmente muriéndose de hambre — viviendo en la más repugnante suciedad y miseria imaginables?

Así es, ¿pero por qué? Previamente mencioné como una persona que entra en un cine cuando ya se ha exhibido más de la mitad de una película, puede sentirse confundida por no entender el argumento.

Si alguien trata de comprender el actual estado del mundo basándose solamente en los sucesos que en el presente alcanza a ver, entonces se encontrará verdaderamente confundido y perplejo.

De igual modo que una película tiene que verse desde el principio para poder comprenderse el argumento, es preciso que empecemos esta revelación de verdades desde sus más remotos comienzos prehistóricos.

Ya hemos expuesto el verdadero principio de todas las cosas — antes de la existencia del universo — cuando sólo había dos personajes supremos compuestos de espíritu — uno de ellos conocido como «el Verbo», el cual estaba con Dios. Fue «el Verbo» quien creó todas las cosas bajo la dirección de Dios.

Su primera creación fue la de los ángeles — seres espirituales individualmente creados — aparentemente muchos millones de ellos. Todos existían en un espacio materialmente vacío.

Después se crearon el planeta Tierra y todo el universo material — aparentemente creados simultáneamente.

La Tierra fue poblada por una tercera parte de todos los ángeles. Estos fueron designados para utilizar las propiedades físicas de la Tierra para producir cosas de ella y así realzar su belleza. En otras palabras, para mejorar y terminar, para así decirlo, la creación de la Tierra.

Y ahora, una nueva y vital verdad.

Lo que Dios había creado era cualitativamente perfecto, pero al igual que aquellos muebles de alta calidad que aún no se les ha dado el toque final, la creación de la Tierra tenía que ser terminada por los ángeles. Así que a ellos se les concedieron poderes para crear.

Esta Tierra era en realidad el campo de prueba — tal y como lo es para los seres humanos en la actualidad — en el cual los ángeles calificarían para después darles el toque final creativo a los planetas y a todo el universo infinito. Y ahora eso se ha convertido en el potencial trascendental del hombre.

Era imperativo que los ángeles trabajaran juntos en paz y armonía. Para este propósito Dios puso su gobierno — basado en su ley espiritual — sobre ellos. Esa ley es un sendero de vida — el camino del amor — compuesto de amor desinteresado hacia Dios y genuino interés por el bienestar de los demás. Es el sendero del dar — de ayudar, servir y compartir — de la bondad, la consideración y la misericordia.

Sobre el trono del gobierno de Dios, el Sumo Creador puso la suprema obra maestra de su creación — el arcángel Lucero. Este Lucero, tal y como sus ángeles, fue dotado de una mente independiente — para pensar, razonar, escoger y hacer decisiones. La intención de Dios fue crear dentro de Lucero y sus ángeles, si ellos así lo deseaban, el mismísimo carácter santo y justo de Dios.

Pero Lucero condujo a sus ángeles a la rebelión. En lugar del camino divino del amor — de dar — optaron por el de obtener. Prefirieron la vanidad, el pecado, la corrupción, la perversión de la mente. En vez de crear, optaron por destruir.

Ahora consideremos otro punto de nueva verdad. ¿Se ha preguntado usted alguna vez por qué Satanás todavía se encuentra en la Tierra, ahora astutamente influyendo en la humanidad para que se incline a los falsos valores, la perversión mental y al obtener para sí misma?

Medite en esto y trate de verlo desde el punto de vista de Dios. Previamente expliqué cómo solamente Dios, de todos los seres vivientes, posee este santo y justo carácter. Dios es el único ser en el cual se puede estar absolutamente seguro de que no se apartará de su propio camino de amor.

Pero Dios sabía que necesitaba reproducirse a sí mismo. Él deseaba miles de millones de seres dotados de su santo y justo carácter.

Es por este motivo que Dios decidió reproducirse por medio de los seres humanos. Por tanto, (Salmos 104:30) Dios renovó la faz de la Tierra — restaurándola del vacío y la destrucción que causaron los ángeles pecadores — y la preparó para que fuera el campo de prueba de los seres humanos y para desarrollar en ellos el carácter justo de Dios — prepararlos para el mismo trascendental potencial que una vez había sido el de los ángeles.

Hemos visto que en el primer capítulo de Génesis sé encuentra registrado que en seis días Dios renovó la faz de la Tierra con el fin de prepararla para el hombre.

Veamos ahora Génesis 1: 25-26: «E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno. Entonces dijo Dios: Hagamos [no dice «haré»] al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza [forma o configuración] . . . «en otras palabras, conforme al género Dios para que tuviera una relación muy especial con Él.

Pero «. . . Dios formó al hombre del polvo de la tierra . . . «(Génesis 2:7) — no fue formado de espíritu como lo fueron los ángeles.

Ahora fíjese muy bien en lo siguiente.

A Adán, el primer hombre, se le dio la oportunidad de calificar para que reemplazara al ex-Lucero y recibiera el trono del gobierno de Dios.

Pero fíjese muy bien en esto. Para calificar, Adán no tan sólo tenía que aceptar el gobierno de Dios y su camino de vida, sino que también era imperativo que rechazara y diera las espaldas al camino de Satanás.

Era preciso que venciera a Satanás y decidiera no seguirlo.

Permítame recordarle que los primeros once capítulos del libro de Génesis son meramente una muy breve sinopsis de sucesos que tomaron lugar durante los primeros dos miles de años de vida humana sobre la Tierra — hasta los tiempos de Abraham. Los detalles tienen que ser amplificados por aquello que obviamente se implica en los relatos o por lo registrado en otra parte de la Biblia.

Dios explicó plenamente su gobierno a Adán y Eva — les enseñó su ley espiritual y su camino de vida — y que si Adán hacía la decisión correcta, entonces calificaría para recibir el Espíritu Santo de Dios, lo que lo convertiría en un hijo engendrado de Dios. Dios también les explicó a Adán y Eva las consecuencias de la desobediencia y el rechazo del camino recto:

Esto fue simbolizado por el árbol de la ciencia del bien y del mal. Pues Dios amonestó: «. . . porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17).

Después Dios permitió que Adán y Eva fueran tentados por el diablo. Satanás fue muy astuto, ya que por conducto de Eva llegó a influenciar a Adán para que desobedeciera. Eva fue engañada, pero Adán no.

Eva tomó del fruto del árbol prohibido, «y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella» (Génesis 3:6).

«Y dijo el Eterno Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó el Eterno del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida» (Génesis 3:22-24). Dios hizo esto para que Adán y Eva no pudieran regresar a tomar fruto alguno del árbol de la vida que simbolizaba su Espíritu Santo.

En otras palabras, cuando Adán tomó deliberadamente del árbol prohibido, Adán le dijo a Dios — en términos más modernos — «Dios, aunque eres mi Hacedor, no té acepto como mi Dios. Rechazo tu camino de vida y gobierno. Prefiero continuar en el sendero que yo he escogido. No metas las narices en mis asuntos. Me niego a aceptarte como la fuente del conocimiento básico me he tomado la libertad de decidir por mi propia cuenta que es lo que debo o no hacer».

Y Dios respondió: «He puesto ante ti el camino de la verdad. Has escogido el sendero opuesto, y por esta razón tú y aquellos que después nacerán, vivirán en un mundo que estará cortado de mí por espacio de 6000 años. Ve, organiza tus gobiernos y religiones. Origina tu propio conocimiento, apartado de la revelada verdad, y empieza tu propio sistema para difundir ese falso conocimiento. Vive conforme a tu sentido de valores pervertidos. Sin embargo, durante estos 6000 años llamaré a mi servicio a los que escogeré para realizar mi propósito».

Bueno, ¿pero por qué fue necesario dejar a Satanás en la Tierra, con plena libertad para influir y engañar a toda la humanidad por espacio de 6000 años? Existen dos razones:

1) A aquéllos llamados por Dios a su servicio y a la salvación durante estos 6000 años, Él les dará la oportunidad, como hizo con Adán, para que califiquen y así reinen como parte del gobierno divino de Dios. ¿Cómo? Pues, venciendo a Satanás y rechazando su camino, como también escogiendo voluntariamente el sendero de Dios.

2) El gobierno de Dios requiere que el trono nunca quede desocupado. El ex-Lucero tiene que ocuparlo hasta que un sucesor califique y reciba ese puesto.

Aquí pudiéramos añadir una tercera razón. Dios determinó que los 6000 años concedidos a la existencia de una humanidad pecadora, probarían para siempre que el camino de Satanás sólo podía resultar en perversidades, frustraciones, desesperanza y muerte. Con el fin de probar esta verdad, tanto a las dos terceras partes de los ángeles que no siguieron a Lucero, como también a la raza humana, Dios está permitiéndole a Satanás que engañe y maneje a la humanidad por espacio de 6000 años.

Durante estos 6000 años, ha habido tres épocas desde el tiempo del mundo antediluviano, culminando con el Diluvio de Noé, a este presente mundo malo que culminará con la venida de Cristo a introducir el Mundo de Mañana.

Estas tres épocas son 1) todo aquel tiempo que transcurrió desde la creación de Adán al Antiguo Pacto que se hizo en el monte Sinaí con Israel; 2) la época de la «Iglesia del Antiguo Testamento» (Congregación de Israel); 3) la Iglesia de Dios del Nuevo Testamento. Estos serán analizados en el capítulo 9.

Ya debe ser obvio quién es el culpable de las maldades del mundo actual. La presencia de Satanás y de su invisible y astuta, pero poderosísima influencia (consulte el capítulo 11 que expone el tema de la naturaleza humana) sobre la humanidad es la causa básica. El camino de vida que Satanás ha inculcado en las mentes humanas — el camino de la vanidad, la codicia y el egoísmo — de celos y envidia — de competencia y contienda — de rebelión y engaño — estas cosas componen la «naturaleza humana» y la consideramos como la causa directa y específica de lo que el mundo ha padecido. Y toda la humanidad ha sufrido el efecto.

No obstante, recuerde que Dios hizo una excepción. Él decidió llamar a aquellos pocos escogidos para que hicieran su voluntad.

Transcurrieron unos 1900 años. Tal parece que Abel, segundo hijo de Adán, fue llamado por Dios, ya que Cristo lo llamó «Abel el justo» (Mateo 23:35). Enoc caminó con Dios. Después Dios llamó a Noé. Él fue perfecto en su descendencia física o generaciones y también caminó con su Creador, y Dios lo llamó con el propósito de mantener con vida a unos pocos durante el Diluvio.

Dios llamó a Abraham para que se alejara del estilo de vida que existía en Babilonia — para que saliera de la civilización influenciada por Satanás — y anduviera por el camino de Dios. Abraham no había buscado a Dios — no obstante, él fue la rara excepción de un ser humano que obedeció sin dudar, ni tratar de dar excusas para no someterse a la voluntad de su Creador.

Cuatrocientos treinta años después de Abraham, Dios llamó a Moisés. Moisés fue preparado para su llamado, habiendo sido criado como un príncipe en el palacio del Faraón. Pero Moisés, humanamente, protestó. Él nunca fue en busca de Dios o de la comisión a la que Dios lo llamó. Él protestó, en esencia diciendo: «Oh Señor, me es imposible hacerlo. Sufro de un impedimento del habla — tartamudeo». Después Dios le dijo a Moisés que había designado a su hermano Aarón como su portavoz.

En esencia, Dios le dijo a Moisés: «Harás lo que te mando». Y a partir de entonces lo hizo.

Dios llamó a Moisés para que guiara y sacara a los descendientes de Abraham — que para entonces sumaban unos dos o tres millones — de la esclavitud egipcia. A estos «hijos de Israel» en el monte Sinaí, Dios hizo una proposición. Si ellos se convertían en su nación, y consentían en ser gobernados por sus leyes y estatutos, Él los haría la más sobresaliente nación de la Tierra — entregándoles las tremendas y temporales bendiciones nacionales físicas (solamente en esta vida) que los harían la más próspera, poderosa y pacífica nación sobre la Tierra. El pueblo aceptó.

Desde ese momento, Dios entró en un pacto con ellos — más tarde conocido como «el Antiguo Pacto» — sirviendo Moisés como mediador. Fue un contrato matrimonial en que Israel consintió en obedecer a su Esposo (Dios), y Dios convino en hacer su parte y convertirlo en la nación más importante sobre la Tierra si lo obedecía. Pero, Satanás aún se encontraba muy activo en este planeta. Los israelitas optaron por el adulterio espiritual — peor que tener relaciones sexuales con una ramera.

Dios llamó a Jonás para la muy especial misión de amonestar a la ciudad de Nínive de su inminente destrucción. Jonás trató de huir de Dios, escondiéndose en una nave. Pero cuando Dios llama a alguien para una misión especial, El se asegura que ésta se realice.

Dios llamó al profeta Isaías, el cual protestó que era un hombre de labios inmundos. Pero Dios limpió sus labios. Entonces Isaías contestó: «Heme aquí, envíame a mí».

Dios llamó al profeta Jeremías. Sin duda alguna, de la misma manera que lo hizo con Jesucristo años más tarde, Dios lo consagró aun antes de que naciera. Sin embargo, Jeremías alzó sus manos y protestó, diciendo: «No sé hablar, porque soy niño». Dios firmemente le dijo: «A todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande». Jeremías obedeció.

El apóstol Pablo, originalmente conocido con el nombre de Saulo, enérgica y fervorosamente persiguió a la Iglesia de Dios. Pero Dios lo derribó, haciéndolo entrar en razón, y después se convirtió en uno de los más grandes hombres de Dios desde Adán.

Aun yo no busqué a Dios. Escogí ser publicitario y periodista. Cuando yo tenía 25 años, un ángel en un sueño intenso que tuvo mi esposa reveló que Dios me estaba llamando a su servicio. Me sentí abochornado, ya que lo que menos deseaba ser era un ministro de Jesucristo.

Dije a mi esposa: «No sé si ese sueño tenga algún significado. Por qué no contárselo al ministro de la iglesia que se encuentra en la esquina. Quizás pueda decirte si en realidad tiene algún significado». Como sucedió con Jonás, Pablo y otros que se les había permitido seguir en su propio camino por un poco más de tiempo, así fue en mi caso y por el momento este sueño fue muy pronto olvidado. Transcurrió una década. Después Dios me motivó al más intenso — casi de día y de noche — estudio e investigación de mi vida, que resultó del reto dual que ofendió mi vanidad.

El intenso estudio bíblico resultó en que renunciara a todas mis previas creencias religiosas y que desde ese momento Dios me abriera el entendimiento a su Palabra — conduciéndome al verdadero arrepentimiento — siendo conquistado por Dios y su Palabra en una entrega incondicional — y, en fe viviente entregarle una vida que para mí ya no tenía valor. Si en alguna manera le era útil, humildemente se la entregaba. Y como la vida de otros siervos que Él ha conquistado, la usó por estos cincuenta y un años.

Ahora para regresar al hilo de nuestro relato. A su tiempo, Dios mandó a su Hijo unigénito — él «Verbo» que había estado eternamente con Dios.

Era él «segundo Adán».

Como el primer Adán, no solamente tenía que creer y obedecer a Dios, sino que también era preciso que venciera a Satanás y rechazara su camino.

Oh sí, Él fue tentado en todos los puntos como el resto de nosotros — sólo que Él nunca pecó.

Satanás aún se encontraba en la Tierra. Él fue violentamente perturbado por la venida del segundo Adán. Jesús fue el Mensajero del Nuevo Pacto, llevando el mensaje de ese Pacto procedente de Dios. Ese mensaje fue su evangelio. Satanás estaba determinado de evitar que fuera proclamado porque incluía desterrar a Satanás de sobre la Tierra.

Trató de que el bebé Cristo fuera matado. Pero Dios salvó a su hijo Jesús. Por unos treinta años, Jesús tuvo que hacer frente a las tentaciones de Satanás, pero Él venció.

Después se presentó la más severa tentación que jamás haya tenido que enfrentar hombre alguno. Jesús ayunó por cuarenta días y cuarenta noches sin un bocado de comida o una gota de agua. Pero este ayuno le ayudó a acercarse aun más a su Padre Dios.

Aunque físicamente débil, espiritualmente estaba fuerte. El relato de esa tentación se encuentra en los primeros once versículos del capítulo cuatro de Mateo. Fue la más titánica lucha de todas. Jesús fue tentado como ningún otro hombre lo había sido. Sin embargo, Él resistió y venció a Satanás y se mantuvo fiel al camino de Dios.

Todo esfuerzo por parte de Satanás para vencer a Jesús, calificaba aun más a Jesucristo para reemplazar al diablo y restaurar el gobierno de Dios — para establecer el Reino de Dios, que es la Familia de Dios.

A Jesús se le requirió vencer a Satanás —era necesario que lo resistiera y lo derrotara con el fin de calificar para sentarse sobre el trono desde donde gobernaría toda la Tierra

¿Pero qué de aquéllos llamados por Dios desde Abel hasta el presente?

Fíjese en algo que no han comprendido todas las iglesias, seminarios teológicos y estudiantes de la Biblia.

Note lo que Cristo mismo dijo en Apocalipsis 3:21: «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono».

Al que venza — ¿venza qué? Fíjese, venza «así como yo he vencido». Pero que se le requirió a Jesús que venciera para poder sentarse ahora en el trono de su Padre y más tarde en el suyo — como heredero del trono de David en Jerusalén.

Considere y medite en esto. Si a Jesús se le requirió vencer a Satanás — el ex-Lucero, quien aún se encuentra en el trono donde Dios originalmente lo puso — para calificar en suceder al descalificado Lucero en ese trono, ¿debe acaso esperarse menos de nosotros los humanos para que también podamos sentarnos en ese trono con Cristo?

Mantenga este hecho en mente. Las palabras de Jesús que arriba citamos solamente son aplicables a aquéllos llamados antes de que Cristo regrese en todo poder y gloria para sentarse con Él en su trono cuando así lo haga Él.

He dicho muchas veces que el mundo en general ha sido cortado de todo contacto con Dios — por 6000 años datando desde Adán. Jesús claramente dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere... «(Juan 6:44). A menos que sea traída a Cristo por Dios el Padre, toda la humanidad está totalmente separada de Dios.

¿Entonces acaso es Dios injusto? ¿Están los demás perdidos — condenados, sin una oportunidad, a la final segunda muerte en «el lago de fuego»?

¡De ninguna manera!

Le mostraré que aquéllos no llamados ahora sencillamente no están siendo juzgados. No están «perdidos», pero tampoco «salvos». Qué trágico es que estos cristianos profesantes ignoren la verdad.

Pero primero, note lo que también dice Jesús en Apocalipsis 2:26-27: «Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro... »

Aquéllos llamados y traídos a Cristo por Dios tienen que seguir venciendo a Satanás «hasta el fin» de esta vida. Pero no tan sólo se sentarán con Cristo en su trono, sino que bajo su autoridad gobernarán a todas las naciones. Esto será el cumplimiento de la profecía encontrada en Daniel 7:18.

Los festivales representan la obra maestra que está realizándose aquí en la Tierra

Ahora llegamos a una verdadera revelación.

Dios dio sus festivales anuales, con sus siete Días (Sábados) Santos anuales a su «Iglesia» — entonces llamada la Congregación de Israel — en los tiempos de Moisés.

Fueron intentados para representarle al pueblo de Dios, año tras año, su plan maestro de redención — que conduce al increíble potencial humano.

Estos festivales fueron ordenados que se cumplieran para siempre. Jesús, los apóstoles y la primitiva Iglesia de Dios los observaron. Pero, según el leal saber y entender del autor, sólo una Iglesia continúa observándolos en la actualidad — la Iglesia de Dios Universal.

Dichos días revelan una verdad sorprendente, que de lo contrario sería ocultada del conocimiento humano.

La raza humana comenzó con Adán. Pero la salvación y la calificación espiritual para el trascendental potencial humano empezaron con Cristo. La creación humana comenzó con Adán, pero la creación espiritual principió con el segundo Adán.

Empieza con el perdón de los pecados, después de que uno se arrepiente. La persona convertida se entrega por completo a Dios y con fe viviente cree en lo que Cristo dice.

Por consiguiente, el primero de estos festivales es la Pascua. Representa anualmente al pueblo de Dios, la sangre derramada de Cristo — él «Cordero de Dios» sacrificado para pagar en nuestro lugar la pena del pecado que nosotros los humanos nos hemos acarreado.

Después sigue el Festival de los Panes sin Levadura — siete días en que ninguna levadura ha de comerse o encontrarse en las casas de los seguidores de Dios. La levadura leuda — como lo hace la vanidad — el epítome del pecado. Este festival dura siete días, inmediatamente después de la Pascua — con el primer y último de estos días siendo Días Santos anuales (santas convocaciones).

Estos primeros festivales ocurren en la primavera — desde el catorce hasta el veinticinco del primer mes del calendario sagrado de Dios. La Fiesta de las Primicias (Pentecostés en el Nuevo Testamento) representa, como en Jerusalén, la primera o la temprana cosecha de grano en la primavera. La Fiesta de las Primicias (Pentecostés) anualmente le recuerda al pueblo de Dios que ahora, antes de la segunda venida de Cristo, ellos son considerados meramente la relativamente muy pequeña primera siega espiritual — mientras que todos, menos los pocos que Dios ha llamado, han sido separados de Dios y su salvación espiritual.

Los restantes cuatro festivales ocurren durante la estación de la cosecha otoñal — representando la siega espiritual principal. Estas fiestas santas ocurren durante la principal cosecha física en la estación otoñal del año.

El cuarto festival, un solo Día Santo, es la Fiesta de las Trompetas. Representa la venida de Cristo en supremo poder y gloria para gobernar a todas las naciones — y para ofrecer la salvación espiritual a todos los que entonces se encontrarán con vida.

El quinto festival es otra fiesta de un solo día — un día de ayuno. En la Biblia es llamado el Día de Expiación. Es observado por el judaísmo como «Yom Kippur».

Este tan solemne día representa el destierro de Satanás por parte de Cristo para que la humanidad al fin pueda ser «una» con Dios. La humanidad separada de Dios no puede ser una con Él hasta que Satanás sea quitado del medio. Entonces todos serán llamados y traídos a Cristo por Dios — si así lo desean — y serán herederos de la salvación espiritual que se alcanza por medio de Cristo.

Cinco días más tarde empieza la Fiesta de los Tabernáculos, la cual dura siete días. Este festival representa la siega espiritual principal — los mil años en que Cristo y aquellos que han calificado gobernarán a todas las naciones. Satanás será desterrado en el bíblicamente simbólico «pozo del abismo». Por supuesto que vencer a Satanás ya no será un requisito. El primero de estos siete días es un Sábado anual.

El día que sigue a la Fiesta de los Tabernáculos es un festival de un solo día — además es el séptimo Sábado anual. Representa una resurrección al juicio de todos los que no fueron previamente llamados. De todos aquellos seres humanos miles de millones — que vivieron bajo la influencia de Satanás y murieron sin ser llamados — sin haberse «perdido» ni «salvado» espiritualmente. Este gran número de individuos que no conocieron y obedecieron a Dios serán resucitados mortales — serán humanos de carne y sangre, tal y como lo fueron anteriormente. Después les será posible examinar los previos resultados de aquellos 6000 años en que la Tierra fue influida por Satanás — cuando predominaba la perversidad humana, el pecado, y como resultado de estas cosas, el sufrimiento, la angustia y la muerte. Después, por vez primera, Dios los llamará. Satanás será desterrado para siempre. Pero así y todo tendrán que hacer sus propias decisiones.

Con acceso al registro de lo sucedido a un mundo dominado por Satanás durante 6000 años, así como al registro del período de 1000 años en que la humanidad fue instruida por Cristo y los santos inmortales, ellos podrán estudiar los resultados y compararlos.

Es de esperarse que casi todos se sometan al llamado de Dios y reciban la salvación espiritual y la vida eterna.

Pero eso no es todo.

Después seguirá una resurrección final (Apocalipsis 20:13) de todos aquellos que hayan sido llamados a una redención espiritual durante los últimos 7000 años, que rechazaron la amorosa misericordia de Dios y se rebelaron contra Él sabiendo la verdad. Tendrán que enterarse plenamente de lo que han rechazado y contra lo que se rebelaron. Todos ellos habrán muerto ya una vez, y ahora con la segunda muerte, perecerán para siempre en el lago de fuego, el cual es descrito en 2 Pedro 3:7, 10.

Sin embargo, ya no sufrirán más, tal y como es revelado en Malaquías 4:1-3. No quedarán raíz o rama alguna de ellos serán como cenizas bajo las plantas de los pies de los que viven. Serán como si nunca hubieran existido (Abdías 16-17).

Pero para los salvos que reciben vida inmortal, «ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:4).