EL INCREIBLE POTENCIAL HUMANO

Capítulo 9

¿Por qué la Iglesia?

 

NO NO PUEDE COMPRENDER el verdadero propósito y la función de la Iglesia sin un entendimiento del pueblo de Israel del Antiguo Testamento. Conocida como el reino de Israel, era una de las naciones que en ese entonces existían. Pero también era una Iglesia conocida como la Congregación de Israel. O como se le llama en Hechos 7:38, «la congregación en el desierto».

Uno no puede comprender ni el papel de la antigua nación de Israel, ni el de la Iglesia de Dios neotestamentaria, a menos que mantenga en mente el propósito de Dios en poner a la humanidad sobre la Tierra.

Dios está reproduciéndose a sí mismo. Su objetivo cardinal para el ser humano es la creación de un carácter santo, justo y espiritual. Mantenga eso constantemente en mente mientras comparamos o hacemos un contraste de «la congregación en el desierto» del Antiguo Testamento y la Iglesia de Dios del Nuevo Testamento. La creación de este carácter justo es la preparación del máximo objetivo de Dios.

Hemos dado una explicación sobre la mente natural del hombre, y cómo es diferente del cerebro animal. Hay un espíritu en el hombre. Este espíritu es de forma intrínseca; no es un alma o una persona. Imparte al cerebro humano el poder del intelecto — de pensar, razonar y decidir. Esto se explica detalladamente en el capítulo siete.

Por lo tanto, esta mente con la que cada ser humano nace es la mente carnal humana. Sobre la cual Romanos 8:7 dice: «Por cuanto la mentalidad de la carne es enemistad contra Dios; porque no se somete a la ley de Dios, ya que ni siquiera puede» (Versión Reina-Valera — Revisión de 1977). Esta mentalidad o mente es limitada a la adquisición del conocimiento físico.

Es imposible comprender las cosas de Dios — conocimiento espiritual — sin recibir el don de su Espíritu Santo — un segundo espíritu añadido al espíritu «humano» con el cual cada persona nace.

La creación que Dios hizo del hombre, como creación física, fue perfecta, pero incompleta. La creación física comenzó con Adán, pero la creación espiritual debe empezar con el segundo Adán — Jesucristo.

Cuando Dios sentenció a la raza humana, que procedió de Adán, a estar separada de Él por espacio de 6000 años, Él hizo una excepción, pues reservó para sí mismo la prerrogativa de llamar a su servicio a aquellos que Él quisiera escoger para realizar su propósito.

Dios había llamado a Abraham, y 430 años más tarde, llamó a sus descendientes por medio de Isaac e Israel, entonces llamados «los hijos de Israel». En ese tiempo eran esclavos en Egipto. Bajo el liderazgo de Moisés, Dios los sacó de Egipto para que heredaran la Tierra Prometida.

En el monte Sinaí, Dios les ofreció un pacto o acuerdo, más tarde conocido como «el Antiguo Pacto». Dios les prometió hacer de ellos la más próspera y poderosa nación en toda la Tierra, si sólo obedecían su gobierno. Pero Dios únicamente les ofreció recompensas temporales, materiales y nacionales — no su Espíritu Santo y la vida eterna.

En el capítulo 10 veremos que la mentalidad hostil que no se somete a Dios ha sido astuta e invisiblemente inculcada en las mentes humanas por Satanás mediante el espíritu humano. Ningún bebé nace con ella. El «príncipe de la potestad del aire» (Efesios 2:2) empieza a implantarla en la mente humana tan pronto que ésta comienza a funcionar y a absorber conocimiento.

Los intelectos modernos han dicho: «De llenarse con suficiente conocimiento, la mente humana podrá solucionar todos los problemas de la humanidad».

Uno de los propósitos del Antiguo Pacto que Israel había de probar, por múltiples generaciones de israelitas, era que aun cuando al ser humano se le proporciona el conocimiento del gobierno de Dios y de su camino de vida, la mente carnal se niega a — y por consiguiente no puede — solucionar sus problemas, vivir en paz, y disfrutar de la plena felicidad y gozo que conducen a la eterna salvación.

Sin embargo, los seres humanos no obedecerán y se negarán a caminar por el sendero de Dios, el cual conduce a la paz, la felicidad y el gozo eterno — si ese segundo Espíritu no es agregado al espíritu «humano».

Las experiencias de muchas generaciones de israelitas probaron que la mente natural del hombre es hostil hacia Dios — que no se sujeta a la ley de Dios, la cual hace posible que se pueda disfrutar de la paz, felicidad y abundancia.

Adán y Eva habían sido instruidos por Dios en cuanto a su camino. Ellos lo rechazaron y prefirieron el sendero del interés propio — el de la vanidad, la codicia, el egoísmo, los celos, la envidia, la competencia, la contienda, la violencia y la destrucción.

Pero a los israelitas del Antiguo Pacto, Dios les reveló el conocimiento del camino de Dios por medio de Moisés y los profetas.

Ellos no tenían excusa alguna. Eran, en Adán, una creación física — pero sin la creación espiritual que únicamente puede realizarse por medio de Cristo, él «segundo Adán», sencillamente se negaron a escoger y andar por el camino de vida que produce la paz y el bienestar universal.

Repito, no tenían excusa alguna. Fue el hombre — el primer Adán — que pensó que podía vivir una vida mucho más feliz sin el Espíritu Santo, el cual despreció.

Dios envió sus profetas a los israelitas del Antiguo Pacto, para que los amonestaran y les suplicaran que cambiaran. Apedrearon a muerte a muchos de sus profetas.

Por medio del profeta Jeremías, Dios imploró: «... Vuélvete, oh rebelde Israel, dice el Eterno; no haré caer mi ira sobre ti, porque misericordioso soy yo, dice el Eterno... Reconoce, pues, tu maldad, porque contra el Eterno tu Dios has prevaricado, y fornicaste con los extraños [las naciones gentiles] debajo de todo árbol frondoso, y no oíste mi voz, dice el Eterno. Convertíos, hijos rebeldes, dice el Eterno, porque yo soy vuestro esposo... » (Jeremías 3:12-14).

Los israelitas del Antiguo Pacto eran de mentes carnales, las cuales eran hostiles a Dios y no se sujetaban a las leyes y los caminos divinos.

Ahora, la Iglesia de Dios neotestamenraria

Acuérdese que los israelitas del Antiguo Pacto vivieron en los días del primer Adán. Satanás, él «príncipe de la potestad del aire», al implantar astutamente su actitud hostil en el espíritu «humano», reinó con supremacía en ese entonces. Y con la excepción de aquéllos en la Iglesia de Dios, aún es así en la sociedad actual.

Tampoco olvide que todas las naciones y pueblos, con la excepción de la nación de Israel, habían sido totalmente separados de Dios y de su conocimiento. Estos pueblos continuaron aplicando sus propias ideas sobre cómo se deben gobernar, aunque sin darse cuenta que estaban siendo influenciados por Satanás. Establecieron sus propias religiones e hicieron sus propios dioses, los cuales procedieron de la imaginación de ellos. Acumularon su propio conocimiento materialista — aunque más de la mitad vivían — como sucede en la actualidad con tantas naciones — en la más miserable pobreza, suciedad y analfabetismo imaginables. Sufrieron las consecuencias de andar por el camino de Satanás.

Fue y aún sigue siendo, con excepción de la Iglesia de Dios y el mensaje de esperanza que ésta propaga, un mundo sin esperanza. Pero Jesucristo, el segundo Adán, había de venir al debido tiempo, trayendo una genuina esperanza tan trascendentalmente maravillosa que la mente humana de sí misma no puede captarla. Fíjese en dos profecías que por inspiración de Dios fueron registradas por los profetas del Antiguo Testamento: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y sé llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo del Eterno de los ejércitos hará esto» (Isaías 9:6-7).

Esta profecía predice la manifestación de Cristo como rey — un gobernante — con el fin de volver a establecer el gobierno de Dios sobre la Tierra.

Después, anunciando su venida como Salvador de la humanidad, leemos: «Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel» (Isaías 7:14).

Ahora veamos esta profecía cumplirse en el Nuevo Testamento: Un ángel se le apareció a José, prometido de María, la madre de Jesús. «José», le dijo el ángel, «hijo de David, no temas recibir a María tu mujer [prometida], porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros» (Mateo 1:20-23).

Esta profecía revela a Cristo como Salvador.

Y nació Jesús — el segundo Adán. Engendrado de Dios antes de su nacimiento humano, como ningún otro ser humano lo había sido. Jesús era hombre y Dios — Dios con nosotros. Dios hecho humano, para que como tal pudiera morir por toda la humanidad. Sí, Dios en la semejanza de la carne humana, que podía vencer a Satanás — el ex-rey Lucero — y así calificar para restaurar el gobierno de Dios sobre la Tierra.

Satanás trató de destruir a Jesús poco después de que naciera — antes de que pudiera crecer y calificar, y anunciar el Reino de Dios. Pero Dios protegió al bebé Cristo, haciendo que José y María huyeran con Él a Egipto hasta que muriera Herodes, rey romano provincial de Judea.

«Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría... » (Lucas 2:40). Jesús fue dotado con el Espíritu Santo de Dios desde su nacimiento.

Ya he dicho que como él «príncipe de la potestad del aire», Satanás astuta e invisiblemente implanta su actitud de rebelión en las mentes humanas, valiéndose del espíritu «humano». Satanás comienza a inculcar esta actitud carnal tan pronto que la mente de un niño o niña pueda pensar y absorber conocimiento. Pero Jesús desde la infancia estuvo Ileno del Espíritu Santo, y pudo resistir él «tirón» magnético que solemos llamar naturaleza humana.

Jesús nunca tuvo una mente carnal — hostil contra Dios. Su mente, desde su más temprana niñez, estaba sujeta a la ley de Dios. Por consiguiente, Él estaba constante y continuamente venciendo a Satanás de una manera que ningún otro ser humano lo ha hecho.

Ahora, volviendo a lo que Marcos registró: «Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia. Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás... » (Marcos 1:9-13).

Después de cuarenta días y cuarenta noches sin un bocado de comida o una gota de agua, Jesús se encontraba físicamente muy débil, pero espiritualmente muy fuerte.

Enseguida comenzó la más increíble batalla que jamás haya tomado lugar — para el galardón más importante de todos los tiempos. El relato detallado de esta suprema lucha se encuentra registrado en el capítulo cuatro de Mateo, comenzando con el versículo uno.

Muchos doctores de medicina creen que ningún hombre puede vivir por cuarenta días sin comida o agua. Son lamentablemente ignorantes en cuanto al ayuno se refiere. Jesús en realidad estaba sufriendo de extrema inanición. No hay palabras que puedan describir el hambre feroz que Jesús sufrió.

Satanás dirigió su ataque directamente a la debilidad máxima de Jesús en ese preciso momento. Lanzó su primer golpe — en este enfrentamiento donde tanto se arriesgaba — a lo que él sabía eran las más grandes debilidades, tanto espiritual como físicamente — la vanidad y el hambre.

«Si», habrá dicho Satanás despectivamente, «si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan».

Un ser humano espiritualmente débil se hubiera erizado de rabia, y muy enojado hubiera contestado: «¡Que si soy Hijo de Dios! ¿Qué quieres decir si lo soy? ¡Te voy a probar si soy el Hijo de Dios o no! ¡Te mostraré que puedo hacer milagros!» Y para satisfacer su hambre desesperante, hubiera caído en la trampa calculadora de Satanás.

Pero Jesús se mantuvo firme en su obediencia a Dios. Él contestó: «Escrito está», inmediatamente dirigiéndose a las Escrituras de Dios: «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Satanás había fracasado en su intento más sobresaliente de tentar. Pero él no se da por vencido muy fácilmente. Yo sé eso por experiencia. Satanás atacó nuevamente, diciendo:

«Si eres Hijo de Dios», — Satanás repitió su ataque al punto más débil del ser humano — la vanidad — pero ahora bajo distintas circunstancias. Llevó a Jesús al pináculo del templo, y le dijo: «Échate abajo; porque escrito está» — el mismo Satanás también puede citar las Escrituras, sólo que él las aplica erróneamente y tuerce su verdadero significado. «A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos té sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra», — no vaya a ser que te hagas daño al no sostenerte la gravedad y caigas velozmente y con impacto. Satanás estaba probando la fe de Jesús en Dios, como también ponía ante Él un repetido reto contra la vanidad humana. Los ministros de Satanás pueden citar las Escrituras, pero las tuercen y las tergiversan fuera del contexto y el significado propuestos por Dios.

Jesús no perdió tiempo en contraatacar a Satanás. «Escrito está», dijo nuevamente, «no tentarás al Señor tu Dios».

La escritura sobre las manos de los ángeles sosteniendo a uno era aplicable solamente a una caída accidental. Echarse deliberadamente sería «tentar a Dios». En otras palabras, se estaría dudando del significado verdadero de la Palabra de Dios. Probar al Sumo Creador de esta manera sería manifestar duda en que Él haría lo prometido. Satanás se traía más cosas entre mangas. Ahora tentó a Jesús en cuanto a la codicia y el egoísmo — en obtener y arrogarse el poder.

Satanás ahora llevó a Jesús a un monte muy alto y le mostró todos los reinos de este mundo. Después le dijo: «Todo esto te daré, si postrado me adorares».

En otras palabras, Jesucristo y Satanás sabían que si Jesús calificaba, sería Cristo quien recibiría dominio sobre los gobiernos de todas las naciones de la Tierra. Pero ambos estaban enterados de la sentencia de 6000 años por parte de Dios sobre la humanidad, y que Jesús tendría que esperar casi 2000 años antes de que se le entregaran el poder y la gloria del dominio mundial.

Jesús no negó que este poder gubernativo estaba en las manos de Satanás. Sin embargo, también sabía que era mentiroso y que no cumpliría su palabra, y si la cumplía, comprendía que tendría dominio mundial sólo si se sometía a la autoridad de Satanás. Bien sabía que este poder lo podía recibir de Dios y estaba dispuesto a esperar hasta el tiempo cuando su Padre celestial decidiera dárselo — después de terminarse la sentencia de 6000 años sobre el hombre, cuando Dios lo coronaría y lo enviaría nuevamente a la Tierra con supremo esplendor, poder y gloria.

En esta ocasión, Jesús decidió ponerle fin a esta lucha colosal por el poder mundial. «Vete, Satanás», ordenó Jesús con autoridad. Y Satanás, derrotado en su esfuerzo por retener dominio mundial, le dejó (Mateo 4:10-11).

Pero no piense que Satanás se resignó —de ninguna manera. Él trató de derrotar a los apóstoles de Dios y a su Iglesia. Planeó cómo manipular los poderes humanos para perseguir a la Iglesia de Dios y suprimir el mensaje del evangelio sobre la esperanza mundial. Todavía está guerreando ferozmente contra la Iglesia y el apóstol de Dios, aun en esta generación final de su perverso mundo.

Pero Jesucristo vive, y Dios está en su trono con Jesús a su diestra. Y Satanás solamente puede hacer lo que Dios le permite. Volviendo a Marcos 1:14: «Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado, arrepentíos, y creed en el evangelio». Es decir, creer el mensaje que Jesús proclamó acerca del venidero Reino de Dios, el cual gobernará sobre todas las naciones.

El tiempo se había cumplido. Jesús logró calificar en donde el primer Adán fracasó, en despojar a Satanás del dominio mundial con el fin de restaurar el gobierno de Dios en la Tierra — para establecer la Familia de Dios, nacida del Espíritu, que gobernará en el Reino de Dios.

Partiendo de Nazaret, Jesús residió en Capernaum, en la costa norte del Mar de Galilea. Jesús no era un vagabundo. Él vivió en una casa, contrario a las muchas falsas suposiciones de la actualidad.

Inmediatamente, Jesús mandó llamar a sus discípulos para enseñarlos y prepararlos con el fin de que pudieran ser sus apóstoles después de que su misión personal en la Tierra hubiera terminado, y predicaran su mensaje del Reino de Dios.

Jesús estaba caminando a lo largo de la costa del Mar de Galilea, y Llamó a los hermanos Pedro y Andrés para que lo siguieran. Estos dos hermanos no habían ido en busca de Jesús. Ellos no aspiraron a convertirse en sus apóstoles — habían escogido ser pescadores. Pero ahora, al pedírselo Jesús, lo abandonaron todo y lo siguieron.

Después de esto, Jesús llamó a su discipulado a otros dos hermanos — Jacobo y Juan. Ellos también habían escogido ser pescadores — no apóstoles (Mateo 4:18-22).

Mateo había decidido ser un cobrador de impuestos. Más tarde Jesús habría de decirles a sus doce discípulos: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros» (Juan 1 5:16).

Y, como en Marcos 1:14-15, en el relato de Mateo dice que «recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino» (Mateo 4:23).

Hasta que Jesús calificó en restaurar el gobierno de Dios al vencer a Satanás, no podía haber aseguramiento alguno, excepto en la mente y el propósito de Dios, de la restauración del gobierno que Satanás había rechazado.

Por unos tres años y medio, Jesús recorrió lo largo de la tierra de Israel, predicando en sus sinagogas las buenas nuevas de la futura esperanza del mundo y enseñando y preparando a sus discípulos para las responsabilidades que como apóstoles tendrían que desempeñar.

Finalmente, después de ser azotado brutalmente para que su Iglesia contara con acceso a la sanidad física por intervención divina, Jesús fue crucificado — para que por su sangre derramada nuestros pecados pudieran ser perdonados — y pagó la pena de muerte en nuestro lugar.

Nace la Iglesia

Después de estar tres días y tres noches en el sepulcro, Jesús fue resucitado. Por esta resurrección, Él se convirtió en el Hijo primogénito de Dios (Romanos 1:4) — el primero así nacido de entre muchos hermanos que después lo seguirían por una resurrección más tardía.

Después de su resurrección, Jesús pasó cuarenta días con sus apóstoles, «hablándoles acerca del reino de Dios» (Hechos 1:3).

Después ascendió al cielo, a la diestra de Dios en el trono celestial (Hebreos 12:2; Apocalipsis 3:21).

Diez días más tarde (en el año 31 E.C.), se celebró el día santo anual llamado «la fiesta de las primicias», y en el Nuevo Testamento, «el día de Pentecostés».

De los muchos miles que habían escuchado a Jesús proclamar el Reino de Dios durante tres años y medio, solamente 120 creyeron en su mensaje (Hechos 1:15).

En ese día santo festivo, aparte de los 120 discípulos, se habían reunido devotos judíos de muchas partes del mundo.

Después aconteció algo sorprendente y sin precedente. Se trata del despliegue sobrenatural de la venida del Espíritu Santo de Dios para llenar su Iglesia con este poder. Y nunca se ha repetido tan gran espectáculo.

Sucedió repentinamente: «Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados [los 120 discípulos]» (Hechos 2:2). El viento puede hacer un ruido considerable. En otra parte se compara el Espíritu Santo al viento (Juan 3:8). Sea dicho de paso que ningún sonido de viento como éste se oye en las reuniones «pentecostales» del presente.

Pero los discípulos no tan sólo oyeron — ellos vieron este despliegue sobrenatural. «Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos [cada uno de los 120]» (Hechos 2:3). Y ellos, los 120, «fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen» (versículo 4).

Noticias de este despliegue milagroso se divulgaron rápidamente, y fue entonces que se juntaron los muchos judíos devotos de las diversas naciones — «y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar [a los 120] en su propia lengua» (versículo 6). Nótelo, cada individuo los oyó hablar en su propia lengua extranjera. Y entendían claramente lo que hablaban en sus diversos idiomas. El milagro fue más en el oír que en el hablar.

Entonces Pedro, el apóstol principal, por vez primera inspirado por el Espíritu Santo de Dios, predicó un sermón muy inspirante, enseñando que Jesús era Señor (Rey - Gobernante) y Cristo (Salvador).

Dios añadió en «aquel día como tres mil personas» (Hechos 2:41), las cuales fueron bautizadas en ese mismo día.

Y fue así como nació la Iglesia de Dios — la misma que hoy es conocida como la Iglesia de Dios Universal. La sucesión del linaje por el cual la Iglesia de Dios Universal puede ser positivamente identificada como la continuación de la misma Iglesia del capítulo dos de Hechos, será mostrada más tarde.

¿Por qué la Iglesia en la actualidad? Su propósito

Cuando Jesucristo regrese a la Tierra con esplendor, gloria y poder sobrenaturales, vendrá a su templo. ¿Dónde está aquel templo? ¿Cuándo será construido?

Muchos estudiosos de la Biblia han pensado y especulado. Los israelíes ¿destruirán al fin la Cúpula de la Roca, la mezquita que hoy se encuentra en el lugar donde estaban el templo de Salomón y el de Herodes, donde Jesús enseñó cuando se encontraba en la Tierra?

La profecía de Malaquías dice: «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis [Cristo], y el ángel del pacto... » (Malaquías 3:1).

Fue Juan el Bautista quien preparó el camino — pero antes de la primera venida de Cristo. Cuando proseguimos leyendo los versículos 2-6, vemos claramente que esta profecía de Malaquías se refiere a la segunda venida con poder y con gloria, y para reinar.

Entonces ¿quién, como mensajero humano (el que lleva un mensaje) había de preparar el camino para su segunda venida? ¿Y cuál es el templo al cual ha de llegar?

Veamos brevemente la profecía de Hageo. Habla del contingente de judíos que regresaron a Jerusalén 70 años después de la destrucción del templo de Salomón, para construir el segundo templo en ese mismo lugar.

La profecía es acerca de Zorobabel, gobernador del contingente y constructor del segundo templo. Este fue el mismo templo adonde vino Jesús, sólo que ampliado, restaurado y adornado por el rey Herodes.

Pero Zorobabel fue sólo un tipo o modelo. La profecía, como vemos claramente comenzando por el versículo 6, capítulo 2, es para el milenio.

«Porque así dice el Eterno de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho el Eterno de los ejércitos... La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera... » (versículos 6-7, 9).

Está hablando del tiempo del fin, de la segunda venida de Jesucristo.

¿Qué significa aquello de que la gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, es decir con un esplendor mayor que del templo de Salomón, que fue el más gloriosamente esplendoroso de todos los edificios en la Tierra? Sin duda el segundo templo, construido por Zorobabel, no podía comparar con el esplendor del templo de Salomón, si bien era más grande.

Pero Dios hablaba del templo al cual Cristo vendrá cuando retorne gloriosamente a la Tierra como Rey de reyes y Señor de señores.

Cristo vino la primera vez en tiempos del Israel del Antiguo Testamento a un pueblo carnal y rebelde. Era ése un templo material, así como el pueblo físico y carnal al cual vino.

Pero la segunda vez vendrá con poder y gloria supremos. Y esta vez vendrá a un templo glorioso — a un templo no material ¡sino espiritual!

Hablando de la Iglesia de Dios, dice en el segundo capítulo de la Epístola a los Efesios:

«Así que ya... sois... conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios [la Iglesia]; edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor» (efesios 2:19-21).

¡El Cristo glorificado, que llega a un templo glorificado, con una gloria mucho más grande que la del templo de Salomón!

Tómese nota, pues, de que Cristo no viene a un edificio material sino a su Iglesia, la cual será glorificada con El.

Nótese también en Efesios, capítulo 4: «de quien todo el cuerpo [el cuerpo de Cristo: la Iglesia], bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente... (versículo 16).

Ahora entendamos: El Israel del Antiguo Testamento, tanto la Iglesia como el Estado, existió en tiempos del primer Adán. Tenían el espíritu humano — eran de mente carnal, hostiles contra Dios; no sujetos a la ley de Dios. Pero Dios les dio sus leyes (tanto espirituales como sacrificatorias, ceremoniales y estatutarias). Esto demostró que sin el segundo Espíritu, el Espíritu Santo de Dios, los hombres no escogerían el camino de vida correcto, aunque Dios mismo les había revelado el conocimiento no sólo de sí mismo sino de su gobierno.

Pero la Iglesia de Dios del Nuevo Testamento tuvo el Espíritu de Dios unido al espíritu humano, desde sus comienzos.

Las leyes sobre sacrificios y los ritos ceremoniales habían sido un simple sustituto temporal de Cristo y del Espíritu Santo. Cuando vino la realidad, la sustitución se acabó, pero la ley espiritual básica, la ley del amor codificada en los Diez Mandamientos, permaneció. Ahora la Iglesia, teniendo el Espíritu Santo, estaba obligada a obedecerla no sólo según la palabra rígida sino también según el espíritu, principio o intención de la ley (2 Corintios 3:6).

Ahora llegamos al propósito y la función de la Iglesia de Dios.

Tan pronto como se fundó la Iglesia, los apóstoles Pedro y Juan sanaron a un cojo en forma sensacional y luego Pedro predicó a las multitudes que este hecho había atraído (Hechos 3:1-26). Pero los sacerdotes, capitanes del templo y saduceos inmediatamente echaron a los apóstoles en la cárcel (Hechos 4:1-3). A la mañana siguiente, los Ilevaron ante el sumo sacerdote y su familia, acompañados de otros gobernantes y dignatarios. Les amenazaron seriamente y les ordenaron que dejaran de predicar en el nombre de Cristo.

Estos apóstoles eran seres humanos, y semejante experiencia los afectó. Por eso se fueron directamente a un grupo de miembros de la Iglesia en busca de ánimo, oración y refortalecimiento moral (Hechos 4:23).

Aquellos hermanos leales de la Iglesia «alzaron unánimes la voz a Dios... » (Hechos 4:24) orando unidos, pidiéndole a Dios inspiración y fuerza divina para que los apóstoles pudiesen seguir proclamando el mensaje con valor.

Nótese aquí una función importante de la Iglesia. Los miembros legos no salieron con el mensaje sino que dieron su apoyo unánime a los apóstoles que llevaban el encargo de la gran comisión. Veamos: «Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló... » (Hechos 4:31).

Estos hermanos de la Iglesia pudieron respaldar a los apóstoles sólidamente y con lealtad porque eran «de un corazón y un alma [mente]» (versículo 32).

Más tarde, cuando se instigó una persecución violenta, el apóstol Santiago fue martirizado. Herodes también hizo encarcelar a Pedro, probablemente con la intención de matarlo (Hechos 12:1-4).

«Pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él» (versículo 5).

¿El resultado? Dios envió a un ángel para que soltara las cadenas de Pedro y lo sacara en secreto de la prisión. Pedro huyó a Cesárea.

El error prevalente

En este punto conviene aclarar una idea errónea pero universal. Se trata de la suposición de que Dios está desesperadamente librando una batalla con Satanás, tratando de «salvar» a todos los seres humanos ahora. Ante tal idea, ¡tendríamos que reconocer que Satanás lleva todas las de ganar! Pero no existe tal lucha. Satanás sólo tiene poder para hacer lo que Dios le permite.

El corolario de la anterior suposición es el error, más trágico aun, de pensar que todos aquellos que no se salvan ahora, se pierden, condenados a un fuego infernal eterno (el cual, dicho sea de paso, también es un mito). La vasta mayoría ni se salva ni se pierde. ¡Sencillamente no se les juzga todavía!

Fue nuestro primer padre humano quien decidió. Dios aceptó su decisión y dictó su sentencia sobre el mundo de Adán por 6000 años — con excepción de aquellos a quienes Él llamó para algún desempeño especial. La sentencia de 6000 años está a punto de vencer, y nos espera ahora, a las puertas, un mundo feliz de paz y vida eterna.

Jesucristo ratificó enfáticamente dicha sentencia que Dios había dictado sobre el mundo. Dijo claramente: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Juan 6:44). Y nadie puede venir a Dios excepto por medio de Cristo.

Así pues, aclaremos de una vez por todas que el propósito de la Iglesia definitivamente no es predicar ni persuadir a todo el mundo para que se salve espiritualmente ahora, antes de la segunda venida de Cristo.

Algunos han pensado que la gran comisión corresponde a la Iglesia en su totalidad, y que es evangelizar y «salvar» al mundo ahora. El resultado ha sido un gran número de misioneros provenientes de las filas del cristianismo tradicional.

Veamos ahora los tres pasajes donde se explica la gran comisión.

Examinemos cómo se plantea la gran comisión en Mateo 28: «Pero los once discípulos [Judas ya había muerto] se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo... » ¿A quién le habló? No a la Iglesia en su totalidad sino únicamente a los discípulos que habían de convertirse en los apóstoles. «... Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos [aprendices — aquellos a quienes se les enseña] a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:16-20).

Nótese cuidadosamente. Esta gran comisión de ser enviado con el mensaje evangélico de Cristo, se dio únicamente a los que eran apóstoles, y la palabra «apóstol» significa «uno que es enviado» con el mensaje.

Algunos, interpretando mal el pasaje que citamos arriba, creen que todas las personas en todas las naciones habían de convertirse en aquel entonces. Obviamente, el sentido de la frase es de ir a todas las naciones y enseñar y hacer discípulos en ellas, pero no convertir a cada individuo de cada nación en discípulo. Además, «bautizándolos» sólo puede referirse a aquellos que eran llamados especialmente por Dios, ya que Cristo dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere».

Ahora veamos cómo Marcos plantea la gran comisión. Muchas versiones traducidas directamente del griego omiten los versículos 9-20 del capítulo 16, considerando que no son inspirados sino que fueron añadidos más tarde. Sin embargo, veamos lo que dicen los versículos 15-16:

«Y les dijo [a los 11 apóstoles]: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura». Es decir, anunciad la buena nueva del Reino de Dios venidero. «El que creyere y fuere bautizado será salvo... » Pero Jesús había dicho que nadie puede venir a Él (es decir, creer) si su Padre no lo llama. De manera que solamente creerían y serían bautizados aquellos que Dios llamaría. Por lo tanto no hay ninguna contradicción. La gran comisión se dio a los apóstoles, a aquellos que fueron «enviados» con el mensaje, y no a los legos de la Iglesia.

Entonces ¿qué? ¿Acaso los legos no tenían función alguna en la proclamación del evangelio? Definitivamente sí, como ya lo hemos visto. Su función era respaldar a los apóstoles, apoyarlos con sus diezmos y sus ofrendas. Ellos constituyen parte de un grupo bien organizado, como veremos en mayor detalle.

No hay indicio alguno en la versión de Mateo ni en la de Marcos, de que habían de bautizarse otras personas fuera de las llamadas por Dios para un servicio especial.

Ahora veamos Mateo 24, una profecía para nuestra generación actual. «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14).

La Iglesia, un cuerpo organizado

¿Es la Iglesia de Dios sólo cierto número de cristianos aislados y dispersos, cada uno actuando a su manera para divulgar el evangelio o para lograr su propia salvación y vida eterna?

Jesucristo Llamó especialmente a sus apóstoles y los preparó. A ellos les dio la gran comisión, y no a la totalidad de la Iglesia. Pero ¿y la Iglesia de Dios? ¿Cómo está organizada? Se trata de un organismo espiritual, pero también está organizada en el plano físico, como veremos ahora.

La Iglesia es la Familia de Dios engendrada por Él (Efesios 2:19) con los miembros «edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2:20).

El versículo 21 prosigue explicando que la Iglesia es como un «edificio, bien coordinado, [el cual] va creciendo para ser un templo santo en el Señor».

Este es el templo al cual Cristo vendrá cuando regrese con gloria. Es este cuerpo de Cristo, la prometida de Él, la que será su esposa cuando Él regrese (no olvidemos que el Antiguo Pacto fue también un pacto de matrimonio).

«Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella... a fin de presentársela a sí mismo una iglesia gloriosa... » (Efesios 5:26-27).

Y de esa misma boda, dice: «¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han Ilegado las bodas del Cordero [Cristo], y su esposa [la Iglesia resucitada y glorificada] se ha preparado» (Apocalipsis 19:6-7).

No sólo es un organismo espiritual sino también una organización bien coordinada. Léase 1 Corintios 12: «No quiero, hermanos, que ignoréis... » (versículo 1 ). «... Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo» (versículo 20).

Pero es un cuerpo bien organizado (versículos 4-6, 11-12). «Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo... Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere. Porque así como el cuerpo es uno... » — unido, organizado como un grupo de acuerdo unánime, no compuesto por individuos disgregados tratando de servir a Dios cada cual a su propia manera.

«Porque así como el cuerpo es UNO y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Porque por un solo espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo... » (versículos 12-13). «Para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros» (versículo 25).

«Y a unos puso Dios en la iglesia primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas» (versículo 28).

Ahora volvamos a Efesios. ¿Qué podemos decir del miembro que se sale de la Iglesia para tener su propia relación con Cristo, para lograr su propia salvación? ¡Está fuera del cuerpo de Cristo!

Nótese bien que la Familia de Dios está edificada sobre un fundamento. ¿Construiríamos un edificio sobre un fundamento de arena? La Iglesia de Dios está edificada «sobre el fundamento de los apóstoles [Nuevo Testamento] y profetas [Antiguo Testamento, cuyas profecías son para nosotros hoy — 1 Corintios 10:11], siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo» (Efesios 2:19-20).

¿Cuán bien organizada? «En quien todo el edificio [la Iglesia], bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor» (versículo 21).

«De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor» (Efesios 4:16).

Sí, Cristo organizó su Iglesia. «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de a Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo» (Efesios 4:11-13).

¿Y qué decir del miembro aislado, de la «coyuntura» o parte que se va por su cuenta o que sigue a un hombre en lugar de la Iglesia de Dios, la cual ha brotado en sucesión continua desde la Iglesia apostólica fundada por Cristo en el año 31 E.C.? Es como un trozo de madera o piedra que se encuentra totalmente fuera del Cuerpo de Cristo, y por lo tanto no forma parte alguna de ese cuerpo que ha de unirse con Cristo en matrimonio.

Hemos visto que Dios les dio a los miembros legos de la Iglesia la misión especial de respaldar a sus apóstoles en la responsabilidad de ir al mundo con el evangelio — de apoyarlos con sus oraciones, aliento, diezmos y ofrendas.

Pero esta tarea de dar sus oraciones, su aliento y su apoyo económico fue una tarea asignada por Dios, como medio para desarrollar en ellos el mismo carácter santo y justo de Dios de manera que se hicieran aptos, juntamente con los apóstoles y evangelistas, para reinar con Cristo en el Reino de Dios. Este medio para desarrollar el carácter en los miembros legos de la Iglesia es el medio del altruismo, no el sistema satánico del egoísmo.

El camino de Dios y su ley es el camino del dar, del amor por los demás. Aquel que trate de ser un cristiano separado y aislado, que procure obtener su propia salvación, está adoptando el camino del egoísmo, que es el camino de Satanás. Yo, por lo menos, no intentaría meterme en el Reino de Dios por el camino de Satanás.

Nótese de nuevo por qué Dios ha puesto apóstoles, evangelistas, pastores y otros ancianos en su Iglesia. No es sólo para difundir el evangelio de esperanza al mundo sino también para «perfeccionar a los santos... para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto... »

Ahora bien, un individuo solo y aislado ¿puede edificarse a sí mismo fuera de la Iglesia? Muy improbable. Y ése no es el camino de Dios.

¿Cómo Dios infunde su verdad en la Iglesia? No es por medio de cada individuo separadamente sino por medio de los apóstoles y de los demás ministros bajo ellos.

En tiempos de los primeros apóstoles en el siglo primero, no toda la Biblia se había escrito. Dios se valió de unos pocos profetas, mediante los cuales se comunicó. Los profetas daban el mensaje a un apóstol. Hoy la Biblia está completa. Dios no se ha valido de profetas en su Iglesia en nuestros días.

Sin embargo, los legos de la Iglesia recibieron enseñanzas e instrucciones de los apóstoles. Los primeros doce recibieron enseñanzas de Cristo personalmente — lo mismo que Pablo. Jesucristo fue el Verbo personal de Dios y la Biblia es la Palabra escrita de Dios. Es toda la misma verdad y la misma enseñanza. El apóstol de Dios para nuestros días fue instruido por la Palabra de Dios escrita, ¡y es exactamente la misma enseñanza!

Pero ¿y qué del creyente separado y aislado que trata de obtener la salvación solo o siguiendo a un hombre cualquiera o alguna de las centenas de sectas Llamadas cristianas? El tal se encuentra cortado de la enseñanza verdadera, la cual Cristo revela a su apóstol y por medio de éste.

¿Qué ocurre si alguien en la Iglesia está en desacuerdo con algún punto doctrinal? Pues está fuera de armonía con la Iglesia de Dios. Y Dios tiene sólo una Iglesia.

Se manda que todos en la Iglesia hablen una misma cosa: aquello que Cristo ha enseñado a su apóstol por medio de su Palabra escrita o en persona.

El apóstol Pablo escribió a la Iglesia en Corinto: «Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa» (1 Corintios 1:10). Algunos querían seguir a Pedro, otros a Apolos y otros a Pablo. Pero Pablo era su apóstol, y Cristo les enseñó por medio de Pablo.

El creyente individual, que se haya separado, seguirá lo que en su concepto es la verdad de Dios; pero ésta no es la manera en que Dios obra.

Dios, en su sabiduría todopoderosa, ha levantado la Iglesia como su medio para enseñar la misma verdad a todos, y para que todos hablen una misma cosa. Para que no hable cada cual lo que bien le parezca.

Dios levantó la Iglesia no sólo para que sus apóstoles y evangelistas fueran por el mundo anunciando la buena nueva del venidero Reino de Dios, sino también como el medio por el cual el cuerpo formado por los legos podría desarrollar el carácter santo y justo de Dios, dando de sus oraciones continuas por los apóstoles, dando su voz de aliento, dando sus diezmos y ofrendas.

Entonces ¿qué ocurre con el individuo que sigue a un hombre fuera de la Iglesia o que trata de conseguir su propia salvación obteniendo en vez de dar lo que los miembros deben aportar a la Obra? Recordemos la parábola de las diez minas en Lucas l9. Esta indica cómo Cristo da a cada miembro una mina (que representa el Espíritu Santo) en el momento de convertirse. Pero el cristiano tiene que crecer en el conocimiento y la gracia de Cristo, y al hacerlo, mediante la actitud y el acto de dar en la Iglesia de Dios, recibe una cantidad creciente del Espíritu de Dios. En cambio, el miembro aislado y separado probablemente saldrá perdiendo (véase Lucas 19:20-24).

¿Por qué la Iglesia?

Por último, respondamos a la pregunta: ¿Por qué la Iglesia? ¿Por qué Cristo no optó por «salvar» a los individuos separadamente? ¿Cuál es el verdadero objeto de la Iglesia?

El propósito y la función de la Iglesia han sido totalmente incomprendidos, como ocurre con casi todo lo de la Biblia. Satanás ha engañado a todo el mundo (Apocalipsis 12:9).

Jesucristo no vino con una campaña para salvar almas. La idea falsa más ampliamente difundida es aquella de que Cristo está luchando contra Satanás por «salvar a todo el mundo ahora», y que todos los que no se salven quedarán «perdidos» — condenados. No serán ni lo uno ni lo otro, puesto que ni siquiera están siendo juzgados todavía.

Pero en Adán, por decisión suya, la humanidad quedó sentenciada a 6000 años de separación de Dios (esto con excepción, claro está, de los pocos llamados para una misión especial).

Jesucristo ratificó esta sentencia enfáticamente (Juan 6:44). Ningún pasaje de la Biblia contradice esta clara afirmación de Jesucristo.

Jesús escogió y llamó a sus apóstoles, y durante tres años y medio los preparó para que fueran, juntamente con los profetas y con Él mismo, el fundamento sobre el cual se edificaría la Iglesia. También dio ejemplo a sus apóstoles durante esos tres años y medio proclamando el Reino de Dios venidero. Luego murió por los pecados de la humanidad y fue resucitado y ascendió al trono de Dios en el cielo.

En el día de Pentecostés del año 31 E.C., envió al Espíritu Santo, haciéndolo manifiesto en forma visible y audible, para fundar su Iglesia.

Aquel día de Pentecostés, fue Pedro, jefe de los apóstoles, quien proclamó el mensaje del evangelio, y Dios añadió a 3000 personas que fueron bautizadas el mismo día.

Uno o dos días más tarde (posiblemente al día siguiente), Pedro y Juan sanaron a un cojo y Pedro predicó el evangelio. Dios añadió otros 2000 a su Iglesia.

Pocos parecen caer en cuenta de que ni Cristo ni los apóstoles se embarcaron en una cruzada para salvar almas, ya que ésta no es sino una costumbre protestante moderna. Los apóstoles, al igual que Cristo, proclamaron el evangelio, las buenas nuevas de un mundo mejor. No era una invitación emocional a «entregarle el corazón al Señor».

Es cierto, desde luego, que en un principio los apóstoles recalcaron el hecho de que ellos eran testigos presenciales del Mesías y de su resurrección, porque los judíos escépticos se negaban a aceptar a Jesús como Mesías. Los apóstoles lo habían acompañado durante tres años y medio antes de su crucifixión y durante 40 días después de su resurrección.

Pero también proclamaron el mismo mensaje que Jesús les había dado — el mensaje del Reino de Dios. No se ponían a «ganar almas para el Señor», sino que Éste «añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos» (Hechos 2:47).

Cuando los apóstoles se tuvieron que enfrentar a persecuciones feroces, amenazas y encarcelamientos, los legos de la Iglesia los animaron, oraron fervientemente por ellos, y los apoyaron económicamente.

Aclaremos, pues, la verdad de una vez por todas. ¡El propósito de la Iglesia no era «salvar al mundo ahora»!

Dios tuvo un doble propósito al fundar su Iglesia en un mundo aislado de Dios:

1) Proveer un grupo unido de creyentes guiados por el Espíritu para que respaldaran a los apóstoles (y evangelistas) que habían sido entrenados específicamente para ir al mundo con el mensaje de Cristo. Esto era su parte en la gran comisión. Su obra era dar: dar de sus oraciones, de su confianza y de su apoyo económico para la obra evangélica organizada. Y éste es el medio del cual se vale Dios, y su «campo de entrenamiento» para:

2) Vencer a Satanás y desarrollar constantemente el carácter santo y justo, que los hace aptos para sentarse con Cristo en el trono del gobierno mundial.

La manera de desarrollar el carácter santo de Dios es la de dar. El camino de Dios es el camino del dar, del amor desinteresado. El camino de Satanás es el egoísmo, la búsqueda del propio bien, la hostilidad hacia el camino de Dios y su Iglesia.

Quiénes permitan que una actitud de hostilidad y rebelión contra la Iglesia de Dios y contra su gobierno en la Iglesia les induzca a salirse, a juntarse solos o a seguir a un hombre, ¡están simplemente buscando su propia salvación egoísta! Ese no es el camino de Dios.

La gloria que nos espera

Felizmente, la sentencia de 6000 años que pesa sobre el mundo de Adán y que lo aparta de Dios, tocará a su fin en nuestra generación. El mundo hoy (que sigue siendo de Satanás, excluyendo naturalmente a la Iglesia de Dios), se está dirigiendo vertiginosamente a la crisis suprema de la tribulación global. Pero dicen que «tras la tormenta viene la calma».

Repentinamente, cuando el mundo menos lo espere, Jesucristo vendrá con poder y gloria sobrenaturales. «A la hora que no penséis», dijo Jesús.

¡Pero su Iglesia estará preparada!

«Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron [murieron]. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor» (1Tesalonicenses 4:15-17). ¡El viene a reinar sobre todo el mundo!

Entonces se cumplirá la profecía de Apocalipsis 19:6-7: la voz poderosa del arcángel que clamará: «¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos... » La Iglesia resucitada gloriosa reinará con Cristo mil años.

Satanás será relegado. Dios llamará a todos los seres vivientes a su salvación. Después del milenio vendrá el Juicio del Gran Trono Blanco (Apocalipsis 20:11-12), cuando todos aquellos que estaban apartados de Dios serán resucitados en carne mortal y llamados a la salvación y a la vida eterna.

Luego, la gloriosa eternidad. Todos los santos, hechos inmortales, heredarán el trascendental potencial humano: renovarán la faz de todos los planetas deteriorados y terminarán la gloriosa y hermosa creación a lo largo y ancho del universo — ¡con gloria y felicidad eternas!